Sancho aparece como la principal víctima de la farsa de su señor (él mismo lo manifiesta en II, LXV, 1271). Su condición social, rústico, le impide acercarse a la vida como a un juego. En él sólo caben dos opciones: o creer o no creer. Las clases bajas no pueden jugar, eso es cosa de nobles más o menos acomodados. Don Quijote, al final de la primera parte, regresa a su casa y en ella será atendido como Alonso Quijano, un hidalgo venido a menos pero hidalgo al fin y al cabo.
“No se sabe nada de sus estudios superiores, aunque se le tenga por hombre culto; pero su figura carece de algo que caracteriza al self made man: el paso de una clase social a otra. Alonso Quijano no se mueve de la suya, aunque otros lo crean o lo teman: está donde estaba y donde estaba morirá” (Torrente, 1984: 51).
Pero hay algo más en la actitud de Sancho: su lealtad. Es el personaje que mejor encarna las virtudes éticas de la firmeza y la generosidad en el Quijote, poniendo por encima la generosidad.
“Par Dios, señora —dijo Sancho—, que ese escrúpulo viene con parto derecho; pero dígale vuesa merced que hable claro, o como quisiere, que yo conozco que dice verdad, que si yo fuera discreto, días ha que había de haber dejado a mi amo. Pero ésta fue mi suerte, y ésta mi malandanza: no puedo más, seguirle tengo; somos de un mismo lugar, he comido su pan, quiérole bien, es agradecido, diome sus pollinos, y, sobre todo, yo soy fiel, y, así, es imposible que nos pueda apartar otro suceso que el de la pala y azadón. Y si vuestra altanería no quisiere que se me dé el prometido gobierno, de menos me hizo Dios, y podría ser que el no dármele redundase en pro de mi conciencia, que, maguera tonto, se me entiende aquel refrán de “por su mal le nacieron alas a la hormiga”, y aun podría ser que se fuese más aína Sancho escudero al cielo que no Sancho gobernador. Tan buen pan hacen aquí como en Francia, y de noche todos los gatos son pardos, y asaz de desdichada es la persona que a las dos de la tarde no se ha desayunado, y no hay estómago que sea un palmo mayor que otro, el cual se puede llenar, como suele decirse, de paja y de heno; y las avecitas del campo tienen a Dios por su proveedor y despensero, y más calientan cuatro varas de paño de Cuenca que otras cuatro de límiste de Segovia, y al dejar este mundo y meternos la tierra adentro, por tan estrecha senda va el príncipe como el jornalero, y no ocupa más pies de tierra el cuerpo del papa que el del sacristán, aunque sea más alto el uno que el otro, que al entrar en el hoyo todos nos ajustamos y encogemos, o nos hacen ajustar y encoger, mal que nos pese y a buenas noches. Y torno a decir que si vuestra señoría no me quisiere dar la ínsula por tonto, yo sabré no dárseme nada por discreto; y yo he oído decir que detrás de la cruz está el diablo, y que no es oro todo lo que reluce, y que de entre los bueyes, arados y coyundas sacaron al labrador Bamba para ser rey de España, y de entre los brocados, pasatiempos y riquezas sacaron a Rodrigo para ser comido de culebras, si es que las trovas de los romances antiguos no mienten” (II, XXXIII, 989-990).
Es muy cierto que podría objetarse a la tesis que pretendo defender que la situación económica de Alonso Quijano no era precisamente desahogada (como se ve, por ejemplo, en II, II, 701). Esto es fundamental, porque la interpretación que defiendo en este ensayo es que el juego en el Quijote responde a un privilegio estamental, no a un privilegio de clase -la clase viene marcada por la posición socio-económica, mientras que el estamento es independiente de ella-. Alonso Quijano es un hidalgo aunque su situación sea ruinosa. De hecho, encontramos en la obra una visión muy irónica de una sociedad estamental que a duras penas se mantiene en un mundo que empieza a ordenarse por el dinero. He aquí la lectura que realiza Güntert del encuentro entre Sancho y el morisco Ricote. Güntert también interpretará dialécticamente este episodio, en claves de dialéctica económica.
“Lo que permite que Ricote se desplace y reúna experiencias tan diversas es su riqueza. Nomen omen. Ricote es el hombre nuevo, tolerante, que se integra a un mismo tiempo en distintas culturas y deviene apátrida, lo que le hace depender más aún del dinero, su único seguro de vida. El encuentro entre Sancho y Ricote está, en consecuencia, lleno de significado, y es que uno y otro personifican, respectivamente, a los hombres de la Edad Media y a los de una nueva era” (Güntert, 2007: 198).
En la segunda parte, la distinción entre clase y estamento se vuelve fundamental, como veremos, al acercarnos al tratamiento de los personajes de los duques, pero sigamos nuestro análisis.
Esta distinción entre clase y estamento, sin embargo, la ignora Osterc cuando realiza sus análisis dialécticos del Quijote. Este crítico marxista examinará la obra en términos clasistas y considerará que don Quijote y Sancho representan la negación de la opresión de clases y de la opresión de unas naciones sobre otras. Nada más alejado, en este sentido, de mi interpretación del Quijote en términos de dialéctica social. Don Quijote representa la imposición de un deber ser, como veremos, que disuelve y anula toda dialéctica. El papel de Sancho y de personajes como el de Andrés es el de servir de índice de la injusticia del modo de actuar quijotesco.
“Sin embargo, todos recuerdan a un hidalgo pobre, pero noble y generoso, quien, dejando la vida cómoda del hogar, emprendió el camino de la lucha contra las injusticias, en pro de un mundo mejor y una vida más feliz y más digna de ser vivida” (Osterc, 1981: 762).
Es cierto, don Quijote lucha contra las injusticias, pero a su manera. Intenta actuar ocultando e ignorando las verdaderas dialécticas que subyacen a tales injusticias. No le interesa que su acción se desenvuelva en un mundo en el que la palabra dada no cuenta nada, eso es problema de otros, el actúa y se va, da igual cuáles sean las consecuencias. La interpretación de Osterc aparece arropada bajo la terminología marxista y dialéctica, pero no deja de ser una interpretación sumamente idealista que toma a don Quijote como icono de unas actitudes que, precisamente por su ignorancia consciente de las dialécticas que efectivamente funcionan, no forman parte de la solución, sino del problema.
También chirría excesivamente su interpretación pacifista del personaje cervantino:
“Ahora bien, entre los problemas que don Quijote, en pugna por su ideal, aborda y trata de solucionar, figura uno de suma trascendencia para la humanidad entera, a saber, el de la guerra, sus orígenes, su carácter y sus motivos” (Osterc, 1981: 762).
Don Quijote no es, como veremos con más detenimiento en el siguiente capítulo, ningún pacifista. Es más, no cabe pensar personaje más violento, ya que aboga por una lucha pre-política no sometida a ninguna ley que no sea parte de su imaginado código caballeresco. Lo veremos con detenimiento.
Datos personales
- Dr Violeta Varela Álvarez
- London, United Kingdom
- Investigadora en el Instituto de Estudios Medievales y Renacentistas de la Universidad de Salamanca y en el Centro de Estudios Clásicos y Humanísticos de la Universidad de Coimbra. Doctora en filosofía por la Universidad de Salamanca (Febrero de 2008). Autora de cinco libros: "Una revolución hacia la nada" (2012), "Don Quijote de la Mancha: literatura, filosofía y política" (2012) "Destino y Libertad en la tragedia griega" (2008), "Contra la teoría literaria feminista" (2007) y "El mito de Prometeo en Hesíodo, Esquilo y Platón: tres imágenes de la Grecia antigua" (2006). Ha publicado varios trabajos en revistas académicas sobre asuntos de literatura, filosofía y teoría literaria. En su carrera investigadora ha trabajado y estudiado en las universidades de Oviedo, Salamanca y Oxford. Fundamentalmente se ha especializado en la identificación y el análisis de las Ideas filosóficas presentes en la obra de numerosos clásicos de la literatura universal, con especial atención a la literatura de la antigüedad greco-latina y la literatura española.
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- "El mito de Prometeo en Hesíodo, Esquilo y Platón: tres imágenes de la Grecia Antigua" (2006)
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No es que esto sea Ítaca, pero verás que es agradable
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Si amas la literatura y adoras la filosofía, éste puede ser un buen lugar para atracar mientras navegas por la red.
Aquí encontrarás acercamientos críticos de naturaleza filosófica a autores clásicos, ya sean antiguos, modernos o contemporáneos; críticas apasionadas de las corrientes más "totales" del momento: desde la moda de los estudios culturales hasta los intocables estudios "de género" o feministas; investigaciones estrictamente filosóficas sobre diversas Ideas fundamentales y muchas cosas más. Puede que hasta os echéis unas risas, cortesía de algún autor posmoderno.
Ante todo, encontraréis coherencia, pasión, sinceridad y honestidad, antes que corrección política, retóricas complacientes y cinismos e hipocresías de toda clase y condición, pero siempre muy bien disimuladas.
También tenemos la ventaja de que, como el "mercado" suele pasar de estos temas, nos vengamos de él hablando de algunos autores con los que se equivocó, muchísimos, ya que, en su momento, conocieron el fracaso literario o filosófico y el rechazo social en toda su crudeza; y lo conocieron, entre otras cosas, porque fueron autores muy valientes (son los que más merecen la pena). Se merecen, en consecuencia, el homenaje de ser rehabilitados en todo lo que tuvieron de transgresor, algo que, sorprendentemente, en la mayoría de los casos, sigue vigente en la actualidad.
En definitiva, lo que se ofrece aquí es el sitio de alguien que vive para la filosofía y la literatura (aunque, sobre todo en el caso de la filosofía, se haga realmente duro el vivir de ellas) y que desea tratar de ellas con respeto y rigor, pero sin perder la gracia, porque creo que se lo debemos, y si hay algo que una ha aprendido de los griegos es, sin duda, que se debe ser siempre agradecido.
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También tenemos la ventaja de que, como el "mercado" suele pasar de estos temas, nos vengamos de él hablando de algunos autores con los que se equivocó, muchísimos, ya que, en su momento, conocieron el fracaso literario o filosófico y el rechazo social en toda su crudeza; y lo conocieron, entre otras cosas, porque fueron autores muy valientes (son los que más merecen la pena). Se merecen, en consecuencia, el homenaje de ser rehabilitados en todo lo que tuvieron de transgresor, algo que, sorprendentemente, en la mayoría de los casos, sigue vigente en la actualidad.
En definitiva, lo que se ofrece aquí es el sitio de alguien que vive para la filosofía y la literatura (aunque, sobre todo en el caso de la filosofía, se haga realmente duro el vivir de ellas) y que desea tratar de ellas con respeto y rigor, pero sin perder la gracia, porque creo que se lo debemos, y si hay algo que una ha aprendido de los griegos es, sin duda, que se debe ser siempre agradecido.
lunes, 7 de diciembre de 2009
IX. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?
Otro episodio clave en la segunda parte, a la hora de juzgar la conducta de don Quijote, es el de la Cueva de Montesinos. En este episodio, don Quijote afirma que, tras quedarse dormido, despertó en un extraño paisaje en el que le sucedieron toda clase de encuentros sorprendentes. La verdad o la falsedad de lo narrado por don Quijote es algo que será debatido, en sucesivas pinceladas, a lo largo de toda la segunda parte de la obra. El debate siempre es ambiguo: la cabeza encantada y el mono parlante que lo sabe todo del pasado y del presente (dos grandes fraudes con los que se pretende engañar a un don Quijote muy escéptico) le dirán que en parte es verdad y en parte mentira lo sucedido en la cueva. Cuando Sancho y su señor, engañados por los duques, suben en Clavileño, Sancho afirma que en el vuelo (falso) abrió los ojos y vio toda clase de fenómenos celestes. No tiene desperdicio la respuesta que le ofrece don Quijote, sabiendo como sabe que lo que Sancho cuenta es falso:
“Y llegándose don Quijote a Sancho, al oído le dijo:
- Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más” (II, XLI, 1055).
El relato de la cueva de Montesinos, a mi juicio, no es más que una parodia de los clásicos relatos etiológicos que tanto proliferaban en la antigüedad y que tan importantes fueron en la literatura helenística (véase Calímaco, por ejemplo), así como de los relatos de transformaciones mitológicas del tipo de las Metamorfosis de Ovidio. Cervantes nos ofrece en el episodio de la cueva una parodia de las formas de religiosidad mitológicas. Se trata además de un capítulo muy jocoso, como lo demuestra el diálogo que tienen al respecto don Quijote y Sancho y que reproduzco a continuación.
“—Verdad debe de decir mi señor —dijo Sancho—, que como todas las cosas que le han sucedido son por encantamento, quizá lo que a nosotros nos parece un hora debe de parecer allá tres días con sus noches.
—Así será —respondió don Quijote.
—Y ¿ha comido vuestra merced en todo este tiempo, señor mío? —preguntó el primo.
—No me he desayunado de bocado —respondió don Quijote—, ni aun he tenido hambre ni por pensamiento.
—¿Y los encantados comen? —dijo el primo.
—No comen —respondió don Quijote—, ni tienen escrementos mayores, aunque es opinión que les crecen las uñas, las barbas y los cabellos.
—¿Y duermen por ventura los encantados, señor? —preguntó Sancho.
—No, por cierto —respondió don Quijote—; a lo menos, en estos tres días que yo he estado con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo tampoco.
—Aquí encaja bien el refrán —dijo Sancho— de “dime con quién andas: decirte he quién eres”. Ándase vuestra merced con encantados ayunos y vigilantes: mirad si es mucho que ni coma ni duerma mientras con ellos anduviere. Pero perdóneme vuestra merced, señor mío, si le digo que de todo cuanto aquí ha dicho, lléveme Dios, que iba a decir el diablo, si le creo cosa alguna” (II, XXIII, 900).
En este relato, nada de lo narrado por don Quijote escapa a las experiencias que ha tenido previamente a entrar en la cueva. Se trata de una hábil mixtura, realizada por el caballero, de lo que hasta entonces se ha contado en la segunda parte, incorporando también lo que acaba de contarles el primo del licenciado que les sirve de guía.
Sancho es, según mi interpretación, el único personaje que se deja arrastrar sin darse cuenta del carácter lúdico del asunto. No estoy de acuerdo con las tesis de Torrente que afirman que Sancho se encuentra involucrado en el juego de forma consciente.
“Sancho es un “trabajador” que descubre el juego y se apasiona por él, hasta el punto de que, al anuncio de su pretendido cese, busca ansiosamente nuevos juegos que lo sustituyan: su interés por la posible ficción pastoril que su amo anuncia como salida, como medio para mantenerse dentro de la literatura, es mayor que el del mismo don Quijote” (Torrente, 1984: 90).
No es cierto. Sancho no juega. El juego, además, le hace daño, como se demuestra en la segunda parte. Sancho sólo se da cuenta de que está en un juego cuando don Quijote es vencido por el de la Blanca Luna, y es entonces cuando, por generosidad, decide animar a Alonso Quijano a hacerse pastor. La actitud de Sancho es tierna, es una especie de “no te desanimes, podemos jugar a más cosas, no tienes porque volver a la realidad si no quieres”. Pero Alonso Quijano, que ha llegado a romper las reglas del juego al decirle a Sancho que deje de azotarse por Dulcinea, ya no quiere prolongar un juego que casi siempre es a costa de su amigo más fiel y de su compañero más leal, el único que ha tenido en realidad.
Sancho, como he dicho, necesita creer a don Quijote para poder seguirle, y en su actitud pasará de ser un incrédulo a ser un absoluto convencido de las hazañas de su señor –con matices que explicaré al acercarme a la interpretación del final de la obra-. Con el personaje de Sancho, entramos de lleno en la dialéctica social y estamental que se encuentra en la obra de Cervantes, verdadero objeto de este capítulo.
“Y llegándose don Quijote a Sancho, al oído le dijo:
- Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos. Y no os digo más” (II, XLI, 1055).
El relato de la cueva de Montesinos, a mi juicio, no es más que una parodia de los clásicos relatos etiológicos que tanto proliferaban en la antigüedad y que tan importantes fueron en la literatura helenística (véase Calímaco, por ejemplo), así como de los relatos de transformaciones mitológicas del tipo de las Metamorfosis de Ovidio. Cervantes nos ofrece en el episodio de la cueva una parodia de las formas de religiosidad mitológicas. Se trata además de un capítulo muy jocoso, como lo demuestra el diálogo que tienen al respecto don Quijote y Sancho y que reproduzco a continuación.
“—Verdad debe de decir mi señor —dijo Sancho—, que como todas las cosas que le han sucedido son por encantamento, quizá lo que a nosotros nos parece un hora debe de parecer allá tres días con sus noches.
—Así será —respondió don Quijote.
—Y ¿ha comido vuestra merced en todo este tiempo, señor mío? —preguntó el primo.
—No me he desayunado de bocado —respondió don Quijote—, ni aun he tenido hambre ni por pensamiento.
—¿Y los encantados comen? —dijo el primo.
—No comen —respondió don Quijote—, ni tienen escrementos mayores, aunque es opinión que les crecen las uñas, las barbas y los cabellos.
—¿Y duermen por ventura los encantados, señor? —preguntó Sancho.
—No, por cierto —respondió don Quijote—; a lo menos, en estos tres días que yo he estado con ellos, ninguno ha pegado el ojo, ni yo tampoco.
—Aquí encaja bien el refrán —dijo Sancho— de “dime con quién andas: decirte he quién eres”. Ándase vuestra merced con encantados ayunos y vigilantes: mirad si es mucho que ni coma ni duerma mientras con ellos anduviere. Pero perdóneme vuestra merced, señor mío, si le digo que de todo cuanto aquí ha dicho, lléveme Dios, que iba a decir el diablo, si le creo cosa alguna” (II, XXIII, 900).
En este relato, nada de lo narrado por don Quijote escapa a las experiencias que ha tenido previamente a entrar en la cueva. Se trata de una hábil mixtura, realizada por el caballero, de lo que hasta entonces se ha contado en la segunda parte, incorporando también lo que acaba de contarles el primo del licenciado que les sirve de guía.
Sancho es, según mi interpretación, el único personaje que se deja arrastrar sin darse cuenta del carácter lúdico del asunto. No estoy de acuerdo con las tesis de Torrente que afirman que Sancho se encuentra involucrado en el juego de forma consciente.
“Sancho es un “trabajador” que descubre el juego y se apasiona por él, hasta el punto de que, al anuncio de su pretendido cese, busca ansiosamente nuevos juegos que lo sustituyan: su interés por la posible ficción pastoril que su amo anuncia como salida, como medio para mantenerse dentro de la literatura, es mayor que el del mismo don Quijote” (Torrente, 1984: 90).
No es cierto. Sancho no juega. El juego, además, le hace daño, como se demuestra en la segunda parte. Sancho sólo se da cuenta de que está en un juego cuando don Quijote es vencido por el de la Blanca Luna, y es entonces cuando, por generosidad, decide animar a Alonso Quijano a hacerse pastor. La actitud de Sancho es tierna, es una especie de “no te desanimes, podemos jugar a más cosas, no tienes porque volver a la realidad si no quieres”. Pero Alonso Quijano, que ha llegado a romper las reglas del juego al decirle a Sancho que deje de azotarse por Dulcinea, ya no quiere prolongar un juego que casi siempre es a costa de su amigo más fiel y de su compañero más leal, el único que ha tenido en realidad.
Sancho, como he dicho, necesita creer a don Quijote para poder seguirle, y en su actitud pasará de ser un incrédulo a ser un absoluto convencido de las hazañas de su señor –con matices que explicaré al acercarme a la interpretación del final de la obra-. Con el personaje de Sancho, entramos de lleno en la dialéctica social y estamental que se encuentra en la obra de Cervantes, verdadero objeto de este capítulo.
VIII. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?
Para empezar, cuando don Quijote emprende su tercera salida, hay cuatro hechos substanciales que no pueden dejar de tenerse en cuenta:
- Se ha publicado un libro en el que se narra lo sucedido en sus dos primeras salidas. Como bien indica Torrente:
“El autor llama “caballero” a su personaje porque “es ya pura y simplemente el protagonista de un libro de caballerías”, ni más ni menos que don Amadís o don Belianís” (Torrente, 1984: 157).
- Don Quijote y sus hechos se han convertido en vox populi: el libro que narra sus aventuras ha conocido gran éxito.
- Don Quijote está perfectamente informado, a través del bachiller Carrasco, del éxito que ha alcanzado la edición de sus andanzas. Ahora asume una conciencia de responsabilidad acerca del personaje creado de cara a terceros: los lectores de sus aventuras.
- El narrador resulta más falso que nunca.
“Y si esto, ser personaje histórico (o literario, que empieza ya a ser lo mismo), lo era ya antes de comenzarse el cuento, el narrador, que lo sabe, no ignora algo que parece de gran importancia para el entendimiento del personaje, es a saber: que no es un “fracasado”, sino un “triunfador”; que no regresa “vencido”, sino “victorioso”. Desde el momento mismo en que alguien da cuenta de sus hazañas, aunque todas ellas se hubiesen frustrado, el propósito inicial, el bien apetecido que lo sacó de su casa y de sus casillas una y otra vez, está cumplido. A partir de esta convicción se empieza a experimentar cierta antipatía hacia el narrador, que no ve más allá de sus narices, que presenta a don Quijote como un pobre vencido” (Torrente, 1984: 159).
Es cierto, como señala Torrente Ballester, que Alonso Quijano ha logrado su fin, pero hay varios datos más que conviene tener en cuenta: cuando el juego empieza a universalizarse y a perder su significado dialéctico frente a la realidad vigente, don Quijote empieza a aburrirse y, cuando empieza a aburrirse, como en la estancia con los duques, se da cuenta de que extraña a Sancho. Don Quijote se aburre con los duques porque, como bien señala Torrente (1984: 186), “El verdadero quijotismo –ya se ha insistido en ello- consiste en crear, mediante la palabra, la realidad idónea al despliegue de la fingida personalidad. Consiste –en consecuencia- en mantener, contra toda evidencia y con la ayuda (verbal) de los encantadores, la realidad de la ficción así creada”. De hecho, estoy muy de acuerdo con Torrente cuando afirma que el gran error de los duques es que han leído mal la primera parte, han caído en todas las trampas, han considerado a don Quijote loco y a Sancho bobo, por eso la estancia con ellos provoca el hastío de don Quijote, porque aquí su deber ser dialéctico, del que haré mención más adelante, el que él tanto apreciaba, se ha convertido en paralelo: don Quijote ya no juega en la realidad, sino en una obra de teatro creada ad hoc para un loco, y como se está viendo y tratando de demostrar, ése no es su caso. Bien lo dice Torrente (1984: 197), «la esencia de don Quijote en cuanto a su “ser”, no a su conducta, consiste en “aparecer” como caballero real y “en serlo” fantástico a sabiendas». A sabiendas de él y con el desconocimiento de los demás, añadiría yo. He aquí la diversión: que el juego se ejercite en público siendo privado.
Esto es fundamental porque acentuará una característica que en la primera parte aparecía (ya he hecho referencia a ello, cap. XIX), aunque muy atenuada: la consciencia de don Quijote de su estatuto ficcional. Alonso Quijano no se vuelve loco, Alonso Quijano crea un personaje al que decide dotar de existencia efectiva en el mundo que le rodea (dentro de la ficción de la novela, por supuesto). Alonso Quijano crea un papel, crea un personaje. Le dota además de todo lo necesario para recrear la ficción o deber ser que pretende imponer: armas, escudero, normas de actuación (muy acomodaticias en la primera parte, todo hay que decirlo). En la segunda parte ese personaje creado por Alonso Quijano es protagonista de un libro, la ficción que creó se ha oficializado como tal ficción. Es más, esa oficialidad de la ficción viene acompañada de una valoración epistemológica: las aventuras de don Quijote han sido plasmadas por un historiador y responden a la verdad (esto se ve muy claro en la segunda parte, especialmente en las referencias al Quijote de Avellaneda como falso). Todo esto hace que el juego sufra modificaciones:
- Sus normas no serán ya tan acomodaticias y ad hoc.
- El juego de don Quijote ahora es compartido por todos los que han leído su historia. Las acciones de don Quijote perderán la articulación dialéctica que le enfrentaba a su mundo circundante.
El segundo punto también se encontraba en la primera parte: el licenciado, el barbero, Dorotea… todos ellos se van sumando al juego según lo van conociendo, pero ahora el juego se hace global, la imprenta ha hecho que un fenómeno local, que afectaba sólo a Alonso Quijano, a sus vecinos y a quienes le iban conociendo, se convierta ahora en un fenómeno nacional y cognoscible por todos aquellos que puedan leer el libro (un libro escrito en una lengua imperial, de ahí que su fama pueda llegar incluso a la China, como el mismo Cervantes dice en el prólogo).
Ahora el juego se universaliza. Aquellos que se van tropezando con don Quijote ya le conocen y desean jugar con él, o a su costa, mejor dicho. Esto hace que el juego se asiente y se reafirme:
“Y todos o los más derramaban pomos de aguas olorosas sobre don Quijote y sobre los duques, de todo lo cual se admiraba don Quijote; y aquél fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero, y no fantástico, viéndose tratar del mesmo modo que él había leído se trataban los tales caballeros en los pasados siglos” (II, XXXI, 962).
Ni él se cree el éxito y la magnitud que ha alcanzado su iniciativa lúdica, de ahí su asombro y su intento de mantener las formas frente a los duques:
“—Dime, truhán moderno y majadero antiguo: ¿parécete bien deshonrar y afrentar a una dueña tan veneranda y tan digna de respeto como aquélla? ¿Tiempos eran aquéllos para acordarte del rucio o señores son éstos para dejar mal pasar a las bestias, tratando tan elegantemente a sus dueños? Por quien Dios es, Sancho, que te reportes, y que no descubras la hilaza de manera que caigan en la cuenta de que eres de villana y grosera tela tejido. Mira, pecador de ti, que en tanto más es tenido el señor cuanto tiene más honrados y bien nacidos criados, y que una de las ventajas mayores que llevan los príncipes a los demás hombres es que se sirven de criados tan buenos como ellos. ¿No adviertes, angustiado de ti, y malaventurado de mí, que si veen que tú eres un grosero villano o un mentecato gracioso, pensarán que yo soy algún echacuervos, o algún caballero de mohatra? No, no, Sancho amigo: huye, huye destos inconvinientes, que quien tropieza en hablador y en gracioso, al primer puntapié cae y da en truhán desgraciado. Enfrena la lengua, considera y rumia las palabras antes que te salgan de la boca, y advierte que hemos llegado a parte donde, con el favor de Dios y valor de mi brazo, hemos de salir mejorados en tercio y quinto en fama y en hacienda.
Sancho le prometió con muchas veras de coserse la boca, o morderse la lengua, antes de hablar palabra que no fuese muy a propósito y bien considerada, como él se lo mandaba, y que descuidase acerca de lo tal, que nunca por él se descubriría quién ellos eran” (II, XXXI, 965-966).
Lo dice muy bien Torrente, nuevamente:
“A partir del momento en que, como el narrador advierte, creyó por primera vez que era de verdad caballero andante, empieza a dejar de ser don Quijote, ya que abandona el ejercicio que lo constituye en tal, es, a saber, la transformación de la realidad para adecuarla a sus deseos. Aquí todo se lo dan hecho. Y lo más probable es que el autor se haya dado cuenta de este riesgo, ya que repetidas veces recupera al personaje mediante gatos y manos femeninas que arañan y pellizcan. La entrega que el personaje hace de sí mismo a este mundo, cuya ficción posiblemente conozca, ¿obedece a cansancio o constituye un autoengaño que, como otros muchos a otras gentes, le permite ser feliz? A esto sólo se puede responder con discutibles conjeturas. La única pista válida para llegar a una conclusión es la melancolía que le acomete a partir de la estancia en el castillo” (Torrente, 1984: 115).
Es más, la mayor parte de quienes los encuentran y conocen desean que no acabe el juego (II, LXV, 1269-1270). Por eso la actitud de don Quijote será también distinta. Ahora la diversión estriba en poner en apuros a Sancho viendo la realidad tal cual es (II, X, 765-779); don Quijote ya no busca aventuras en cualquier situación –puesto que ahora las aventuras se encargan de proporcionárselas los lectores de la primera parte del Quijote-, ahora reflexiona y resuelve racionalmente muchas de las posibles aventuras, muestra un gran autocontrol y planea estrategias de acercamiento a los posibles objetivos (II, XIII, 802; II, XVI, 822; II, XVIII, 846; en II, LXXI, 1310, duda de la muerte de Altisidora; en II, LXII, 1240, duda del artificio de la cabeza parlante; II, XLI, 1054; ya no ve castillos donde había ventas como en II, LIX, 1211); e incluso, en algunos momentos, parece que ha llegado a cansarse (II, XXIX, 954-955), y todo ello a pesar de que el narrador, como ya indiqué, no parece darse cuenta del cambio de actitud de don Quijote (II, XVII, 829), haciendo gala de su habitual cinismo. Sancho vive desconcertado porque no cesa de intentar aprovecharse (II, XVII, 830), sin mucho éxito, de las actitudes que su señor hacía valer en la primera parte, ahora absolutamente modificadas (compárese de nuevo lo que dice don Quijote de Dulcinea en los citados párrafos de la primera parte, capítulo XV, y lo que se dice en II, VIII, 749).
Es cierto que en el capítulo XVII de la segunda parte asistimos al episodio de la lucha de don Quijote con un león (nunca materializada por pereza del animal), pero ello no implica un mayor grado de locura que el de muchos ejecutivos que deciden eliminar su hastío o su estrés practicando deportes de alto riesgo. Sancho lo dice: su señor no es loco, sino atrevido (II, XVII, 832). Estoy completamente de acuerdo con la interpretación que Torrente ofrece de este hecho:
“¡Y es, precisamente, la ocasión en que cualquiera diría que está loco, y a cualquier lector se le ocurre! Sólo quien le conoce, porque, a don Quijote, sólo Sancho lo conoce, da la palabra justa” (Torrente, 1984: 180-181).
El carácter de personaje que para Alonso Quijano supone don Quijote, quedará absolutamente claro, además, al final de la obra cuando el hidalgo, al verse vencido con sus propias normas por el caballero de la Blanca Luna (el bachiller Sansón Carrasco), se plantea el crear otro personaje: el de pastor. Quiere empezar otro juego y pretende que todos sus amigos y vecinos jueguen con él: ya ha pensado un nombre para el licenciado, para el barbero, para Sancho; cada uno tendrá además su enamorada…, salvo el cura, por supuesto.
Esto es algo que no puede ni debe ser pasado por alto en una interpretación consecuente de la derrota y posterior muerte de Alonso Quijano y su personaje. Debo confesar que se me escapa el significado profundo de interpretaciones como la que muestro a continuación.
“Interesa analizar el episodio en que se baten a duelo Don Quijote y El Caballero de la Blanca Luna, ubicado en el capítulo LXIV de la segunda parte de la obra, con el fin de establecer una posible relación entre la muerte simbólica del protagonista con la muerte entitativa de la representación de la caballería andante en cuanto heroicidad. Así, la muerte del Quijote admitiría una intelección regida por un sentido de renuncia, donde el narcisismo del yo sería desplazado por una entrega al teocentrismo. En Barcelona, destino emprendido por el Quijote en la segunda parte del libro, tiene lugar su "muerte simbólica" tras el lance en la playa contra el Caballero de la Blanca Luna, que no era otro que el bachiller Sansón Carrasco. Vencido por el Caballero de la Blanca Luna, el Quijote se desilusiona de su valor y de su heroicidad, y halla por primera vez hondo dolor: Se desilusiona tanto de sus proezas como del valor de su brazo, pero no de Dulcinea (de ahí que no puede ni quiere admitir la superioridad en belleza de la dama que le impone, tras la victoria, el Caballero de la Blanca Luna). Desarmado y triste por la pérdida de la andante caballería, se acerca con Sancho a su aldea mientras piensa en Dulcinea; el caballero otea el horizonte ansiosamente contemplando con avidez cada uno de los rostros que por allí pasan. Era su última ilusión la de encontrar, tal y como él la creara, a la siempre lejana, a la siempre bella amada, de la cual jamás fuera herido, ni burlado, ni vencido. Sin embargo, el Quijote vivencia la muerte de la ilusión del encuentro con Dulcinea y con ello la muerte simbólica del sentido de su lucha” (Navarrete, 2005).
Todo lo tocante al nuevo juego, de naturaleza esta vez pastoril, está ya fraguado en la mente de Alonso (II, LXVII, 1283-84, LXXIII) y el pobre y leal Sancho se dará cuenta, al ver enfermo a su señor, que lo que le mata es tener que asumir la realidad en la que vive (II, LXXIIII, 1328-1329), por eso le intentará animar diciendo que van a realizar finalmente la ficción pastoril. Es más, lo que vuelve irracional a don Quijote es la vuelta a la realidad –empezará, por ejemplo, a creer en agüeros, cuando nunca lo había hecho (II, LXXIII; II, LVIII, 1199)-. Se ve muy bien en el diálogo que reproducimos a continuación:
“—Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.
—¡Ay! —respondió Sancho, llorando—. No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron, cuanto más que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros y el que es vencido hoy ser vencedor mañana (II, LXXIIII, 1332-1333)”.
- Se ha publicado un libro en el que se narra lo sucedido en sus dos primeras salidas. Como bien indica Torrente:
“El autor llama “caballero” a su personaje porque “es ya pura y simplemente el protagonista de un libro de caballerías”, ni más ni menos que don Amadís o don Belianís” (Torrente, 1984: 157).
- Don Quijote y sus hechos se han convertido en vox populi: el libro que narra sus aventuras ha conocido gran éxito.
- Don Quijote está perfectamente informado, a través del bachiller Carrasco, del éxito que ha alcanzado la edición de sus andanzas. Ahora asume una conciencia de responsabilidad acerca del personaje creado de cara a terceros: los lectores de sus aventuras.
- El narrador resulta más falso que nunca.
“Y si esto, ser personaje histórico (o literario, que empieza ya a ser lo mismo), lo era ya antes de comenzarse el cuento, el narrador, que lo sabe, no ignora algo que parece de gran importancia para el entendimiento del personaje, es a saber: que no es un “fracasado”, sino un “triunfador”; que no regresa “vencido”, sino “victorioso”. Desde el momento mismo en que alguien da cuenta de sus hazañas, aunque todas ellas se hubiesen frustrado, el propósito inicial, el bien apetecido que lo sacó de su casa y de sus casillas una y otra vez, está cumplido. A partir de esta convicción se empieza a experimentar cierta antipatía hacia el narrador, que no ve más allá de sus narices, que presenta a don Quijote como un pobre vencido” (Torrente, 1984: 159).
Es cierto, como señala Torrente Ballester, que Alonso Quijano ha logrado su fin, pero hay varios datos más que conviene tener en cuenta: cuando el juego empieza a universalizarse y a perder su significado dialéctico frente a la realidad vigente, don Quijote empieza a aburrirse y, cuando empieza a aburrirse, como en la estancia con los duques, se da cuenta de que extraña a Sancho. Don Quijote se aburre con los duques porque, como bien señala Torrente (1984: 186), “El verdadero quijotismo –ya se ha insistido en ello- consiste en crear, mediante la palabra, la realidad idónea al despliegue de la fingida personalidad. Consiste –en consecuencia- en mantener, contra toda evidencia y con la ayuda (verbal) de los encantadores, la realidad de la ficción así creada”. De hecho, estoy muy de acuerdo con Torrente cuando afirma que el gran error de los duques es que han leído mal la primera parte, han caído en todas las trampas, han considerado a don Quijote loco y a Sancho bobo, por eso la estancia con ellos provoca el hastío de don Quijote, porque aquí su deber ser dialéctico, del que haré mención más adelante, el que él tanto apreciaba, se ha convertido en paralelo: don Quijote ya no juega en la realidad, sino en una obra de teatro creada ad hoc para un loco, y como se está viendo y tratando de demostrar, ése no es su caso. Bien lo dice Torrente (1984: 197), «la esencia de don Quijote en cuanto a su “ser”, no a su conducta, consiste en “aparecer” como caballero real y “en serlo” fantástico a sabiendas». A sabiendas de él y con el desconocimiento de los demás, añadiría yo. He aquí la diversión: que el juego se ejercite en público siendo privado.
Esto es fundamental porque acentuará una característica que en la primera parte aparecía (ya he hecho referencia a ello, cap. XIX), aunque muy atenuada: la consciencia de don Quijote de su estatuto ficcional. Alonso Quijano no se vuelve loco, Alonso Quijano crea un personaje al que decide dotar de existencia efectiva en el mundo que le rodea (dentro de la ficción de la novela, por supuesto). Alonso Quijano crea un papel, crea un personaje. Le dota además de todo lo necesario para recrear la ficción o deber ser que pretende imponer: armas, escudero, normas de actuación (muy acomodaticias en la primera parte, todo hay que decirlo). En la segunda parte ese personaje creado por Alonso Quijano es protagonista de un libro, la ficción que creó se ha oficializado como tal ficción. Es más, esa oficialidad de la ficción viene acompañada de una valoración epistemológica: las aventuras de don Quijote han sido plasmadas por un historiador y responden a la verdad (esto se ve muy claro en la segunda parte, especialmente en las referencias al Quijote de Avellaneda como falso). Todo esto hace que el juego sufra modificaciones:
- Sus normas no serán ya tan acomodaticias y ad hoc.
- El juego de don Quijote ahora es compartido por todos los que han leído su historia. Las acciones de don Quijote perderán la articulación dialéctica que le enfrentaba a su mundo circundante.
El segundo punto también se encontraba en la primera parte: el licenciado, el barbero, Dorotea… todos ellos se van sumando al juego según lo van conociendo, pero ahora el juego se hace global, la imprenta ha hecho que un fenómeno local, que afectaba sólo a Alonso Quijano, a sus vecinos y a quienes le iban conociendo, se convierta ahora en un fenómeno nacional y cognoscible por todos aquellos que puedan leer el libro (un libro escrito en una lengua imperial, de ahí que su fama pueda llegar incluso a la China, como el mismo Cervantes dice en el prólogo).
Ahora el juego se universaliza. Aquellos que se van tropezando con don Quijote ya le conocen y desean jugar con él, o a su costa, mejor dicho. Esto hace que el juego se asiente y se reafirme:
“Y todos o los más derramaban pomos de aguas olorosas sobre don Quijote y sobre los duques, de todo lo cual se admiraba don Quijote; y aquél fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero, y no fantástico, viéndose tratar del mesmo modo que él había leído se trataban los tales caballeros en los pasados siglos” (II, XXXI, 962).
Ni él se cree el éxito y la magnitud que ha alcanzado su iniciativa lúdica, de ahí su asombro y su intento de mantener las formas frente a los duques:
“—Dime, truhán moderno y majadero antiguo: ¿parécete bien deshonrar y afrentar a una dueña tan veneranda y tan digna de respeto como aquélla? ¿Tiempos eran aquéllos para acordarte del rucio o señores son éstos para dejar mal pasar a las bestias, tratando tan elegantemente a sus dueños? Por quien Dios es, Sancho, que te reportes, y que no descubras la hilaza de manera que caigan en la cuenta de que eres de villana y grosera tela tejido. Mira, pecador de ti, que en tanto más es tenido el señor cuanto tiene más honrados y bien nacidos criados, y que una de las ventajas mayores que llevan los príncipes a los demás hombres es que se sirven de criados tan buenos como ellos. ¿No adviertes, angustiado de ti, y malaventurado de mí, que si veen que tú eres un grosero villano o un mentecato gracioso, pensarán que yo soy algún echacuervos, o algún caballero de mohatra? No, no, Sancho amigo: huye, huye destos inconvinientes, que quien tropieza en hablador y en gracioso, al primer puntapié cae y da en truhán desgraciado. Enfrena la lengua, considera y rumia las palabras antes que te salgan de la boca, y advierte que hemos llegado a parte donde, con el favor de Dios y valor de mi brazo, hemos de salir mejorados en tercio y quinto en fama y en hacienda.
Sancho le prometió con muchas veras de coserse la boca, o morderse la lengua, antes de hablar palabra que no fuese muy a propósito y bien considerada, como él se lo mandaba, y que descuidase acerca de lo tal, que nunca por él se descubriría quién ellos eran” (II, XXXI, 965-966).
Lo dice muy bien Torrente, nuevamente:
“A partir del momento en que, como el narrador advierte, creyó por primera vez que era de verdad caballero andante, empieza a dejar de ser don Quijote, ya que abandona el ejercicio que lo constituye en tal, es, a saber, la transformación de la realidad para adecuarla a sus deseos. Aquí todo se lo dan hecho. Y lo más probable es que el autor se haya dado cuenta de este riesgo, ya que repetidas veces recupera al personaje mediante gatos y manos femeninas que arañan y pellizcan. La entrega que el personaje hace de sí mismo a este mundo, cuya ficción posiblemente conozca, ¿obedece a cansancio o constituye un autoengaño que, como otros muchos a otras gentes, le permite ser feliz? A esto sólo se puede responder con discutibles conjeturas. La única pista válida para llegar a una conclusión es la melancolía que le acomete a partir de la estancia en el castillo” (Torrente, 1984: 115).
Es más, la mayor parte de quienes los encuentran y conocen desean que no acabe el juego (II, LXV, 1269-1270). Por eso la actitud de don Quijote será también distinta. Ahora la diversión estriba en poner en apuros a Sancho viendo la realidad tal cual es (II, X, 765-779); don Quijote ya no busca aventuras en cualquier situación –puesto que ahora las aventuras se encargan de proporcionárselas los lectores de la primera parte del Quijote-, ahora reflexiona y resuelve racionalmente muchas de las posibles aventuras, muestra un gran autocontrol y planea estrategias de acercamiento a los posibles objetivos (II, XIII, 802; II, XVI, 822; II, XVIII, 846; en II, LXXI, 1310, duda de la muerte de Altisidora; en II, LXII, 1240, duda del artificio de la cabeza parlante; II, XLI, 1054; ya no ve castillos donde había ventas como en II, LIX, 1211); e incluso, en algunos momentos, parece que ha llegado a cansarse (II, XXIX, 954-955), y todo ello a pesar de que el narrador, como ya indiqué, no parece darse cuenta del cambio de actitud de don Quijote (II, XVII, 829), haciendo gala de su habitual cinismo. Sancho vive desconcertado porque no cesa de intentar aprovecharse (II, XVII, 830), sin mucho éxito, de las actitudes que su señor hacía valer en la primera parte, ahora absolutamente modificadas (compárese de nuevo lo que dice don Quijote de Dulcinea en los citados párrafos de la primera parte, capítulo XV, y lo que se dice en II, VIII, 749).
Es cierto que en el capítulo XVII de la segunda parte asistimos al episodio de la lucha de don Quijote con un león (nunca materializada por pereza del animal), pero ello no implica un mayor grado de locura que el de muchos ejecutivos que deciden eliminar su hastío o su estrés practicando deportes de alto riesgo. Sancho lo dice: su señor no es loco, sino atrevido (II, XVII, 832). Estoy completamente de acuerdo con la interpretación que Torrente ofrece de este hecho:
“¡Y es, precisamente, la ocasión en que cualquiera diría que está loco, y a cualquier lector se le ocurre! Sólo quien le conoce, porque, a don Quijote, sólo Sancho lo conoce, da la palabra justa” (Torrente, 1984: 180-181).
El carácter de personaje que para Alonso Quijano supone don Quijote, quedará absolutamente claro, además, al final de la obra cuando el hidalgo, al verse vencido con sus propias normas por el caballero de la Blanca Luna (el bachiller Sansón Carrasco), se plantea el crear otro personaje: el de pastor. Quiere empezar otro juego y pretende que todos sus amigos y vecinos jueguen con él: ya ha pensado un nombre para el licenciado, para el barbero, para Sancho; cada uno tendrá además su enamorada…, salvo el cura, por supuesto.
Esto es algo que no puede ni debe ser pasado por alto en una interpretación consecuente de la derrota y posterior muerte de Alonso Quijano y su personaje. Debo confesar que se me escapa el significado profundo de interpretaciones como la que muestro a continuación.
“Interesa analizar el episodio en que se baten a duelo Don Quijote y El Caballero de la Blanca Luna, ubicado en el capítulo LXIV de la segunda parte de la obra, con el fin de establecer una posible relación entre la muerte simbólica del protagonista con la muerte entitativa de la representación de la caballería andante en cuanto heroicidad. Así, la muerte del Quijote admitiría una intelección regida por un sentido de renuncia, donde el narcisismo del yo sería desplazado por una entrega al teocentrismo. En Barcelona, destino emprendido por el Quijote en la segunda parte del libro, tiene lugar su "muerte simbólica" tras el lance en la playa contra el Caballero de la Blanca Luna, que no era otro que el bachiller Sansón Carrasco. Vencido por el Caballero de la Blanca Luna, el Quijote se desilusiona de su valor y de su heroicidad, y halla por primera vez hondo dolor: Se desilusiona tanto de sus proezas como del valor de su brazo, pero no de Dulcinea (de ahí que no puede ni quiere admitir la superioridad en belleza de la dama que le impone, tras la victoria, el Caballero de la Blanca Luna). Desarmado y triste por la pérdida de la andante caballería, se acerca con Sancho a su aldea mientras piensa en Dulcinea; el caballero otea el horizonte ansiosamente contemplando con avidez cada uno de los rostros que por allí pasan. Era su última ilusión la de encontrar, tal y como él la creara, a la siempre lejana, a la siempre bella amada, de la cual jamás fuera herido, ni burlado, ni vencido. Sin embargo, el Quijote vivencia la muerte de la ilusión del encuentro con Dulcinea y con ello la muerte simbólica del sentido de su lucha” (Navarrete, 2005).
Todo lo tocante al nuevo juego, de naturaleza esta vez pastoril, está ya fraguado en la mente de Alonso (II, LXVII, 1283-84, LXXIII) y el pobre y leal Sancho se dará cuenta, al ver enfermo a su señor, que lo que le mata es tener que asumir la realidad en la que vive (II, LXXIIII, 1328-1329), por eso le intentará animar diciendo que van a realizar finalmente la ficción pastoril. Es más, lo que vuelve irracional a don Quijote es la vuelta a la realidad –empezará, por ejemplo, a creer en agüeros, cuando nunca lo había hecho (II, LXXIII; II, LVIII, 1199)-. Se ve muy bien en el diálogo que reproducimos a continuación:
“—Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.
—¡Ay! —respondió Sancho, llorando—. No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron, cuanto más que vuestra merced habrá visto en sus libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros y el que es vencido hoy ser vencedor mañana (II, LXXIIII, 1332-1333)”.
VII. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?
Si aceptamos el juicio del narrador y de los restantes personajes, caeremos en la trampa cervantina de afirmar como lúcidos unos discursos absurdos –por su inadecuación al presente histórico- y de afirmar como locos unos hechos que encubren una gran carga crítica y que, esta vez sí, responden a una realidad social muy concreta: la realidad estamental, la realidad de las instituciones eclesiásticas, la realidad de unas leyes que determinan castigos excesivos –como se ve en el episodio de los galeotes cuando éstos relatan sus delitos ante don Quijote-. Afirmar la locura de don Quijote y quedarnos con el diagnóstico de personajes muy poco fiables significa caer en una trampa, renunciar a leer las sutilezas que Cervantes expone e impedir el acceso a la crítica que el autor expone en la obra.
Del Discurso sobre las Armas y las Letras trataré al ocuparme del tema de la libertad, como he anunciado, pero antes de entrar en el análisis exhaustivo de la segunda parte deseo decir algo del Discurso en defensa de la poesía, efectuado por don Quijote en la segunda parte de la obra frente al caballero del verde gabán.
Doy a este discurso la misma significación que Güntert ofrece al respecto de la novela ejemplar El licenciado vidriera. Veamos sus acertadas palabras.
“La historia de Tomás Rueda, obligado a elegir las armas porque la profesión de letrado no le da sustento, parece, por tanto, una parodia de ese ideal renacentista: la época en que transcurre la acción –la de Cervantes– no puede ofrecer sino una imagen distorsionada del mito renacentista” (Güntert, 2007: 279).
Hablar de la poesía como de la más elevada ciencia no deja de ser irónico si tenemos en cuenta las abundantes críticas que, mismamente en ese episodio, Cervantes deja translucir sobre la labor poética que se lleva a cabo en su tiempo. Se trata de un discurso, creo, sumamente irónico, y doy de nuevo la razón a Güntert cuando manifiesta:
“El aspecto novedoso del arte literario de Cervantes radica en su carácter experimental, que se pone de manifiesto en gran parte de su obra. La figura de la paradoja, señaladamente, demuestra lo problemático de toda labor interpretativa que investigue el mero sentido del texto y su única “verdad”. ¿Quién detenta la verdad, don Quijote de la Mancha o Alonso Quijano el Bueno? ¿Quién de los dos se lleva la palma, el incorregible idealista que va en contra de todas las convenciones o el sabio, paciente y resignado, que, próximo a la muerte, se conforma con su situación? Siempre se abre ante nosotros una doble perspectiva hermenéutica, que invita a confrontar dos lecturas y nos deja en suspenso. En los capítulos dedicados a las Novelas ejemplares, que constituyen la segunda parte de mi estudio, intentaré mostrar cómo Cervantes juega con la posibilidad de la doble lectura, a saber: una, conforme con el espíritu de la sociedad de la Contrarreforma y, por tanto, “ejemplar”, y otra, irónica respecto de él. Los métodos de orientación semiótica que voy a adoptar permiten reconocer –en las propias estructuras textuales– las señas de esta ambigüedad” (Güntert, 2007: 19).
La escena que reproduzco a continuación no deja de parecer de elevado tono sarcástico:
“En acabando de decir su glosa don Lorenzo, se levantó en pie don Quijote, y en voz levantada, que parecía grito, asiendo con su mano la derecha de don Lorenzo, dijo:
—¡Viven los cielos donde más altos están, mancebo generoso, que sois el mejor poeta del orbe, y que merecéis estar laureado, no por Chipre ni por Gaeta, como dijo un poeta que Dios perdone, sino por las academias de Atenas, si hoy vivieran, y por las que hoy viven de París, Bolonia y Salamanca! Plega al cielo que los jueces que os quitaren el premio primero, Febo los asaetee y las musas jamás atraviesen los umbrales de sus casas. Decidme, señor, si sois servido, algunos versos mayores, que quiero tomar de todo en todo el pulso a vuestro admirable ingenio.
¿No es bueno que dicen que se holgó don Lorenzo de verse alabar de don Quijote, aunque le tenía por loco? ¡Oh fuerza de la adulación, a cuánto te estiendes, y cuán dilatados límites son los de tu juridición agradable! Esta verdad acreditó don Lorenzo, pues concedió con la demanda y deseo de don Quijote, diciéndole este soneto a la fábula o historia de Píramo y Tisbe:
Soneto
El muro rompe la doncella hermosa
que de Píramo abrió el gallardo pecho:
parte el Amor de Chipre, y va derecho
a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.
Habla el silencio allí, porque no osa
la voz entrar por tan estrecho estrecho;
las almas sí, que amor suele de hecho
facilitar la más difícil cosa.
Salió el deseo de compás, y el paso
de la imprudente virgen solicita
por su gusto su muerte; ved qué historia:
que a entrambos en un punto, ¡oh estraño caso!,
los mata, los encubre y resucita
una espada, un sepulcro, una memoria.
—¡Bendito sea Dios —dijo don Quijote habiendo oído el soneto a don Lorenzo—, que entre los infinitos poetas consumidos que hay he visto un consumado poeta, como lo es vuesa merced, señor mío, que así me lo da a entender el artificio deste soneto!” (II, XVIII, 849-850).
Veamos las tesis de Güntert acerca de las reflexiones metapoéticas que pueden desprenderse de la lectura del Quijote:
“En cuanto al Cura, cabe fijarse aún en otro aspecto. A diferencia del Barbero, hombre simple, es razonablemente culto. Su título de licenciado refuerza todavía más el privilegio que como sacerdote goza en la sociedad. Tal como el Canónigo, a quien admira y secunda, el Cura representa el saber adquirido, libresco y en cierto modo convencional que la sociedad de la época reconoce como válido en las cuestiones literarias. Por consiguiente, se hace defensor de la teoría aristotélica de la verosimilitud (XXXII, XXXV), pero distingue, en contraste con lo sugerido por el texto, entre la verdad de los libros de historia y la mentirosa ficción de los de caballerías (XI, XII, XLVIII). Además de revestido de la dignidad sacerdotal, el cura representa el arte como conocimiento teórico y como dominio de las reglas, opuesto a la poesía que brota de la vida, se alimenta del entusiasmo y transmite nueva vida, por medio de las emociones.
Al considerar, pues, al Cura como antisujeto, conviene tener presente un doble antagonismo: el que existe entre la sociedad y el individuo transgresor, y el que se da entre la teoría literaria y la poesía vivida, encarnada, ésta también, por don Quijote” (Güntert, 2007: 100).
Completamente de acuerdo. Hasta aquí nos hemos centrado fundamentalmente en la primera parte de la obra, pero, ¿qué es lo que ocurre en la segunda? En la segunda parte del Quijote las cosas cambian mucho.
Del Discurso sobre las Armas y las Letras trataré al ocuparme del tema de la libertad, como he anunciado, pero antes de entrar en el análisis exhaustivo de la segunda parte deseo decir algo del Discurso en defensa de la poesía, efectuado por don Quijote en la segunda parte de la obra frente al caballero del verde gabán.
Doy a este discurso la misma significación que Güntert ofrece al respecto de la novela ejemplar El licenciado vidriera. Veamos sus acertadas palabras.
“La historia de Tomás Rueda, obligado a elegir las armas porque la profesión de letrado no le da sustento, parece, por tanto, una parodia de ese ideal renacentista: la época en que transcurre la acción –la de Cervantes– no puede ofrecer sino una imagen distorsionada del mito renacentista” (Güntert, 2007: 279).
Hablar de la poesía como de la más elevada ciencia no deja de ser irónico si tenemos en cuenta las abundantes críticas que, mismamente en ese episodio, Cervantes deja translucir sobre la labor poética que se lleva a cabo en su tiempo. Se trata de un discurso, creo, sumamente irónico, y doy de nuevo la razón a Güntert cuando manifiesta:
“El aspecto novedoso del arte literario de Cervantes radica en su carácter experimental, que se pone de manifiesto en gran parte de su obra. La figura de la paradoja, señaladamente, demuestra lo problemático de toda labor interpretativa que investigue el mero sentido del texto y su única “verdad”. ¿Quién detenta la verdad, don Quijote de la Mancha o Alonso Quijano el Bueno? ¿Quién de los dos se lleva la palma, el incorregible idealista que va en contra de todas las convenciones o el sabio, paciente y resignado, que, próximo a la muerte, se conforma con su situación? Siempre se abre ante nosotros una doble perspectiva hermenéutica, que invita a confrontar dos lecturas y nos deja en suspenso. En los capítulos dedicados a las Novelas ejemplares, que constituyen la segunda parte de mi estudio, intentaré mostrar cómo Cervantes juega con la posibilidad de la doble lectura, a saber: una, conforme con el espíritu de la sociedad de la Contrarreforma y, por tanto, “ejemplar”, y otra, irónica respecto de él. Los métodos de orientación semiótica que voy a adoptar permiten reconocer –en las propias estructuras textuales– las señas de esta ambigüedad” (Güntert, 2007: 19).
La escena que reproduzco a continuación no deja de parecer de elevado tono sarcástico:
“En acabando de decir su glosa don Lorenzo, se levantó en pie don Quijote, y en voz levantada, que parecía grito, asiendo con su mano la derecha de don Lorenzo, dijo:
—¡Viven los cielos donde más altos están, mancebo generoso, que sois el mejor poeta del orbe, y que merecéis estar laureado, no por Chipre ni por Gaeta, como dijo un poeta que Dios perdone, sino por las academias de Atenas, si hoy vivieran, y por las que hoy viven de París, Bolonia y Salamanca! Plega al cielo que los jueces que os quitaren el premio primero, Febo los asaetee y las musas jamás atraviesen los umbrales de sus casas. Decidme, señor, si sois servido, algunos versos mayores, que quiero tomar de todo en todo el pulso a vuestro admirable ingenio.
¿No es bueno que dicen que se holgó don Lorenzo de verse alabar de don Quijote, aunque le tenía por loco? ¡Oh fuerza de la adulación, a cuánto te estiendes, y cuán dilatados límites son los de tu juridición agradable! Esta verdad acreditó don Lorenzo, pues concedió con la demanda y deseo de don Quijote, diciéndole este soneto a la fábula o historia de Píramo y Tisbe:
Soneto
El muro rompe la doncella hermosa
que de Píramo abrió el gallardo pecho:
parte el Amor de Chipre, y va derecho
a ver la quiebra estrecha y prodigiosa.
Habla el silencio allí, porque no osa
la voz entrar por tan estrecho estrecho;
las almas sí, que amor suele de hecho
facilitar la más difícil cosa.
Salió el deseo de compás, y el paso
de la imprudente virgen solicita
por su gusto su muerte; ved qué historia:
que a entrambos en un punto, ¡oh estraño caso!,
los mata, los encubre y resucita
una espada, un sepulcro, una memoria.
—¡Bendito sea Dios —dijo don Quijote habiendo oído el soneto a don Lorenzo—, que entre los infinitos poetas consumidos que hay he visto un consumado poeta, como lo es vuesa merced, señor mío, que así me lo da a entender el artificio deste soneto!” (II, XVIII, 849-850).
Veamos las tesis de Güntert acerca de las reflexiones metapoéticas que pueden desprenderse de la lectura del Quijote:
“En cuanto al Cura, cabe fijarse aún en otro aspecto. A diferencia del Barbero, hombre simple, es razonablemente culto. Su título de licenciado refuerza todavía más el privilegio que como sacerdote goza en la sociedad. Tal como el Canónigo, a quien admira y secunda, el Cura representa el saber adquirido, libresco y en cierto modo convencional que la sociedad de la época reconoce como válido en las cuestiones literarias. Por consiguiente, se hace defensor de la teoría aristotélica de la verosimilitud (XXXII, XXXV), pero distingue, en contraste con lo sugerido por el texto, entre la verdad de los libros de historia y la mentirosa ficción de los de caballerías (XI, XII, XLVIII). Además de revestido de la dignidad sacerdotal, el cura representa el arte como conocimiento teórico y como dominio de las reglas, opuesto a la poesía que brota de la vida, se alimenta del entusiasmo y transmite nueva vida, por medio de las emociones.
Al considerar, pues, al Cura como antisujeto, conviene tener presente un doble antagonismo: el que existe entre la sociedad y el individuo transgresor, y el que se da entre la teoría literaria y la poesía vivida, encarnada, ésta también, por don Quijote” (Güntert, 2007: 100).
Completamente de acuerdo. Hasta aquí nos hemos centrado fundamentalmente en la primera parte de la obra, pero, ¿qué es lo que ocurre en la segunda? En la segunda parte del Quijote las cosas cambian mucho.
VI. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?
No son ciertas, según mi tesis, interpretaciones como las que da, por ejemplo, el narrador:
“¿Quién oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por persona muy cuerda y mejor intencionada? Pero, como muchas veces en el progreso desta grande historia queda dicho, solamente disparaba en tocándole en la caballería, y en los demás discurso mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de manera que a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus obras […]” (II, XLIII, 1062).
Afirmaciones como la que acabamos de citar no obedecen, a mi juicio, más que a una estrategia de despiste y confusión, que cae por su propio peso al someterla a una crítica profunda.
En el Quijote, tanto el papel del narrador como el esquema narratológico responden a una sola función: causar confusión en el lector. Don Quijote no es un loco con períodos de lucidez; sus hechos y palabras responden en todo momento a la coherencia lógica del personaje creado por Alonso Quijano, pero no interesa mostrar a don Quijote como una persona coherente en sus actos y razones. A Cervantes le interesa crear una cierta duda razonable, como ya señalé en su momento. Hay acciones lúcidas y acciones irracionales, ¿cuál será cuál? Si algo molestaba a la Iglesia, fácilmente podría alegarse que era una muestra de la locura e irracionalidad del personaje. Tradicionalmente –y en la propia obra así se dice (II, XVIII, 846) en boca del hijo de don Diego, caballero del verde gabán; o en la segunda parte, en el capítulo LXII, en la página 1241; y, en definitiva, en tantas ocasiones a lo largo de la obra- se han considerado períodos de lucidez aquellos en los que don Quijote articula sus discursos (el de las Armas y las Letras es el más claro, pero también el Discurso en defensa de la poesía o el de la Edad de oro), pero yo sostengo que tales discursos responden antes a la racionalidad caballeresca que a la racionalidad mundana imperante en el momento histórico en el que don Quijote se sitúa.
Neuschäfer, por ejemplo, no duda en sostener estas tesis que critico.
“Es verdad que don Quijote sigue estando loco en cuanto está en juego la caballería andante y su amor por Dulcinea; pero en relación con las cuestiones “patrióticas” que se tratan en esta segunda tanda de los episodios, se encuentra don Quijote en el lado de los cuerdos y no existe el abismo entre los asuntos serios representados por los personajes episódicos y el aspecto ridículo representado por don Quijote. Como ya hemos indicado, es él quien, en los capítulos 37 y 38, da la salida y pronuncia, como quien dice, el prólogo a la historia del Cautivo. Lo hace en su famoso discurso sobre las armas y las letras, cuya cordura se subraya varias veces en el texto por medio de los que allí escuchan y que conocen perfectamente su inclinación a la locura. Es, pues, el mismo don Quijote quien introduce aquí el “tema serio”, como, por cierto, ya lo había hecho en el episodio de Marcela con su discurso sobre la Edad de Oro” (Neuschäfer, 1999: 90).
En esta investigación me pregunto cómo realmente alguien puede considerar cuerdo a un hombre hablando sobre la Edad de Oro, mito muy pasado de moda hasta para los griegos en tiempos de Platón, y sobre la necesidad de la caballería en esta nuestra Edad de Hierro. Considero que este discurso se inserta a la perfección en el logos caballeresco que don Quijote toma como pretexto de diversión, pero sigo sin entender que los defensores de la locura de don Quijote vean este discurso como ejemplo de lucidez y cordura. En el caso del Discurso de las Armas y las Letras se trata de una cuestión más complicada porque la apariencia de lucidez de éste es muchísimo mayor que en el de la Edad de Oro, que a mi juicio no tiene ninguna. Por ello le dedicaré un espacio a la hora de tratar el tema de la libertad, en relación con el cual adquiere sentido.
“¿Quién oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por persona muy cuerda y mejor intencionada? Pero, como muchas veces en el progreso desta grande historia queda dicho, solamente disparaba en tocándole en la caballería, y en los demás discurso mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de manera que a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus obras […]” (II, XLIII, 1062).
Afirmaciones como la que acabamos de citar no obedecen, a mi juicio, más que a una estrategia de despiste y confusión, que cae por su propio peso al someterla a una crítica profunda.
En el Quijote, tanto el papel del narrador como el esquema narratológico responden a una sola función: causar confusión en el lector. Don Quijote no es un loco con períodos de lucidez; sus hechos y palabras responden en todo momento a la coherencia lógica del personaje creado por Alonso Quijano, pero no interesa mostrar a don Quijote como una persona coherente en sus actos y razones. A Cervantes le interesa crear una cierta duda razonable, como ya señalé en su momento. Hay acciones lúcidas y acciones irracionales, ¿cuál será cuál? Si algo molestaba a la Iglesia, fácilmente podría alegarse que era una muestra de la locura e irracionalidad del personaje. Tradicionalmente –y en la propia obra así se dice (II, XVIII, 846) en boca del hijo de don Diego, caballero del verde gabán; o en la segunda parte, en el capítulo LXII, en la página 1241; y, en definitiva, en tantas ocasiones a lo largo de la obra- se han considerado períodos de lucidez aquellos en los que don Quijote articula sus discursos (el de las Armas y las Letras es el más claro, pero también el Discurso en defensa de la poesía o el de la Edad de oro), pero yo sostengo que tales discursos responden antes a la racionalidad caballeresca que a la racionalidad mundana imperante en el momento histórico en el que don Quijote se sitúa.
Neuschäfer, por ejemplo, no duda en sostener estas tesis que critico.
“Es verdad que don Quijote sigue estando loco en cuanto está en juego la caballería andante y su amor por Dulcinea; pero en relación con las cuestiones “patrióticas” que se tratan en esta segunda tanda de los episodios, se encuentra don Quijote en el lado de los cuerdos y no existe el abismo entre los asuntos serios representados por los personajes episódicos y el aspecto ridículo representado por don Quijote. Como ya hemos indicado, es él quien, en los capítulos 37 y 38, da la salida y pronuncia, como quien dice, el prólogo a la historia del Cautivo. Lo hace en su famoso discurso sobre las armas y las letras, cuya cordura se subraya varias veces en el texto por medio de los que allí escuchan y que conocen perfectamente su inclinación a la locura. Es, pues, el mismo don Quijote quien introduce aquí el “tema serio”, como, por cierto, ya lo había hecho en el episodio de Marcela con su discurso sobre la Edad de Oro” (Neuschäfer, 1999: 90).
En esta investigación me pregunto cómo realmente alguien puede considerar cuerdo a un hombre hablando sobre la Edad de Oro, mito muy pasado de moda hasta para los griegos en tiempos de Platón, y sobre la necesidad de la caballería en esta nuestra Edad de Hierro. Considero que este discurso se inserta a la perfección en el logos caballeresco que don Quijote toma como pretexto de diversión, pero sigo sin entender que los defensores de la locura de don Quijote vean este discurso como ejemplo de lucidez y cordura. En el caso del Discurso de las Armas y las Letras se trata de una cuestión más complicada porque la apariencia de lucidez de éste es muchísimo mayor que en el de la Edad de Oro, que a mi juicio no tiene ninguna. Por ello le dedicaré un espacio a la hora de tratar el tema de la libertad, en relación con el cual adquiere sentido.
V. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?
Las normas de actuación de don Quijote son siempre la imposición de sus criterios, intereses y deseos. Actúa siempre por imperativo categórico y muestra una forma de actuación cínicamente profética: realiza predicciones que él mismo se encargará de realizar.
“[…] porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser y son sin duda algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa […]” (I, VIII, 108).
Sólo consigue tener aventuras quien las crea:
“[…] no habremos estado dos horas por estas encrucijadas, cuando veamos más armados que los que vinieron sobre Albraca, a la conquista de Angélica la Bella” (I, X, 128).
Al modo de las profecías, según estableció Kant, las aventuras de don Quijote sólo tienen lugar si él mismo se encarga de crearlas y de llevarlas a cabo.
“Por lo menos, quiero, Sancho, y porque es menester ansí, quiero, digo, que me veas en cueros y hacer una o dos docenas de locuras, que las haré en menos de media hora, porque, habiéndolas tú visto por tus ojos, puedas jurar a tu salvo en las demás que quisieres añadir, y asegúrate que no dirás tú tantas cuantas yo pienso hacer” (I, XXV, 314-315).
Don Quijote decide fingirse loco en Sierra Morena y para ello llega a autolesionarse. El texto que cito a continuación es absolutamente fundamental para comprender este punto.
“Ante todo, Alonso Quijano “vive” el “otro” que él mismo quisiera ser, y lo vive tan realmente que sufre en sus carnes las consecuencias. La representación se confunde con la vida. Y ¿qué palabra hay que designe esto de un modo inequívoco? El repertorio verbal hispano no ofrece más que la de “juego” que, casualmente, figura entre los significados del verbo francés jouer, lo mismo que del inglés to play. Alonso Quijano juega a ser don Quijote, y uno de los medios técnicos que “pone en juego”, es la representación –despojada ahora de cualquier tipo de connotaciones, así escénicas como morales-“ (Torrente, 1984: 64).
El episodio de Sierra Morena es, en mi interpretación, fundamental en tanto que trasunto de la situación por la que atravesó el propio Alonso Quijano cuando decide inventarse el personaje de Quijote. Tanto este episodio como la novela de El curioso Impertinente nos ofrecen ejemplos claros de señoritos ociosos que sufren un aburrimiento mortal y deciden empezar a crearse problemas. De hecho, estoy muy de acuerdo con Güntert cuando escribe:
“Además, es un hecho que el centro temático de las obras literarias se encuentra, casi siempre, algo después de su centro geométrico: en Ariosto, en el canto 24 de los 46 que forman el poema, con la aparición de la locura de Orlando; en Tasso, en el canto 12 de los 20 que constituyen su Gerusalemme, con el duelo nocturno de Tancredo y Clorinda; y en la primera parte del Quijote, en los capítulos 33 a 35, de 52, con la lectura nocturna de “El curioso impertinente” en la venta de Juan Palomeque” (Güntert, 2007: 36).
Efectivamente, creo que el relato de El curioso impertinente es absolutamente central en la temática del Quijote I, si bien sostengo que tal centralidad se debe no sólo a su carácter de reflexión metaliteraria, que no pongo en duda, sino a que nos proporciona algunas claves de interpretación fundamentales para aprehender el significado racional y crítico de la novela.
Estoy absolutamente de acuerdo con Neuschäfer cuando manifiesta la tesis de que El curioso impertinente guarda relación con la fábula principal del Quijote:
“Con esto llegamos al punto en que comienza a perfilarse la analogía entre la novela intercalada y la acción principal” (Neuschäfer, 1999: 65).
Ahora bien, disiento en cuanto a los términos en que se resuelve esa analogía:
“De la misma forma que don Quijote, Anselmo se inspira en un modelo ideal –el santo heroísmo resistente a todas las tentaciones- y cree poseer así una medida objetiva para juzgar el comportamiento real comparándolo con el ideal. Sobre todo cree poder discernir así si la virtud de alguien es o no es verdadera. La presuposición de que o se es una cosa o se es su contraria y que tertium non datar, le acerca a la forma de pensar de don Quijote. La única diferencia entre los dos consiste en que don Quijote cree ingenuamente que el mundo es y debe ser realmente tal como él se lo imagina mientras que Anselmo parte desde un principio de una duda, la duda de si lo real corresponde a lo ideal. Los dos someten, pues, la realidad a su idea, por lo que necesariamente han de verse desilusionados ante el choque de ambas. Y al igual que en la acción principal, el resultado negativo de esta confrontación no dice aún nada sobre la verdadera calidad de lo que ha sido sometido a prueba” (Neuschäfer, 1999: 65-66).
No creo que pueda atribuírsele a Anselmo ninguna característica relacionada con buscar la virtud ni nada por el estilo. Tampoco creo que don Quijote piense que la realidad es como él la cuenta. Don Quijote es un hombre maduro que se aburre y decide empezar a jugar. Anselmo es un joven ocioso que se aburre y decide empezar a importunar a su esposa a pesar de las advertencias de su mejor amigo. Anselmo no busca ningún ideal de virtud, su actitud está más cerca de la de un idiota, con perdón, que de ningún humanismo erasmista preocupado por las relaciones entre el ser y el parecer. Creo que ciertas críticas conceden mucho más crédito a Anselmo del que le concedió Cervantes.
“Este tranquilo equilibrio, sin embargo, se ve estorbado por un repentino cambio mental en Anselmo, que él mismo llama “locura”: una locura a la que trata de combatir pero que termina por dominarlo. En medio de la felicidad más segura –teniendo amor, amistad y fortuna- se ve asaltado por la duda de si su mujer es verdaderamente “tan buena y tan perfecta” como él había creído hasta entonces” (Neuschäfer, 1999: 64).
La supuesta locura de Anselmo es, en el fondo, un actuar egoísta causado por la desidia que le produce la monotonía de su vida, al igual que la supuesta locura de don Quijote no obedece en realidad más que a un deseo lúdico.
Volviendo al caso de Anselmo, se trata desde el principio de un personaje sumamente gris. Ni siquiera siente verdadero amor por su esposa, ya que no duda en decirle a su mejor amigo que si el matrimonio es un inconveniente para su amistad no lo llevará a cabo. Camila le gusta, es cierto, pero moderadamente. No va al matrimonio muy convencido y, una vez consumado, la vida matrimonial le aburre, como lo prueba el hecho de que prácticamente obliga a su amigo a seguir acudiendo a verle como si el matrimonio no se hubiera celebrado. Una vez conseguido esto, la presencia constante e involuntaria de Lotario en la vida de la pareja, es cuando el tedio le lleva a tramar el extraño caso que narra la novela. Anselmo es un impertinente, no un humanista con inquietudes filosóficas acerca de la naturaleza de la virtud.
Don Quijote, por su parte y como ya he apuntado anteriormente, es muy consciente de la realidad, como se ve, por ejemplo, en el texto que aduzco a continuación, absolutamente elocuente respecto al punto que estoy examinando:
“[…] tal es el recato y encerramiento con que su padre, Lorenzo Corchuelo, y su madre Aldonza Nogales, la han criado” (I, XXV, 309).
El análisis de Torrente en este punto no puede ser más acertado.
“Ocasionalmente se le escapa a don Quijote la verdadera filiación civil de Dulcinea ante Sancho testigo; y por el nombre de los padres colige el escudero quién sea la dama, a la que, hasta entonces, había tenido por princesa. A Sancho, tan realista, la realidad le deja turulato, y no es para menos; pero en su estupor, además de sorpresa, hay un ingrediente de satisfacción porque las cosas desciendan del Empíreo a que don Quijote acostumbra a elevarlas. En este terreno, Sancho pisa firme, pero también don Quijote, aunque parezca mentira. El diálogo es delicioso, de pillo a pillo, y, por parte de don Quijote, enormemente explícito, como que tiene todo el valor de una clave desvelada, o, si se prefiere, de una revelación” (Torrente, 1984: 73-74).
Don Quijote sabe perfectísimamente que Dulcinea es una invención de la misma clase que las damas a las cuales los poetas dedican sus producciones –como que la invención la ha hecho él mismo, por cierto-.
“Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amariles, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquéllos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo. Y, así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades pretéritas, griega, bárbara o latina. Y diga cada uno lo que quisiere; que si por esto fuere reprehendido de los ignorantes, no seré castigado de los rigurosos” (I, XXV, 311-312).
A este respecto, veamos ahora cómo don Quijote afronta los mismos hechos en la Segunda parte.
“—Pues en verdad, señor —respondió Sancho—, que cuando yo vi ese sol de la señora Dulcinea del Toboso, que no estaba tan claro, que pudiese echar de sí rayos algunos, y debió de ser que, como su merced estaba ahechando aquel trigo que dije, el mucho polvo que sacaba se le puso como nube ante el rostro y se le escureció.
—¡Que todavía das, Sancho —dijo don Quijote—, en decir, en pensar, en creer y en porfiar que mi señora Dulcinea ahechaba trigo, siendo eso un menester y ejercicio que va desviado de todo lo que hacen y deben hacer las personas principales que están constituidas y guardadas para otros ejercicios y entretenimientos, que muestran a tiro de ballesta su principalidad! Mal se te acuerdan a ti, ¡oh Sancho!, aquellos versos de nuestro poeta donde nos pinta las labores que hacían allá en sus moradas de cristal aquellas cuatro ninfas que del Tajo amado sacaron las cabezas, y se sentaron a labrar en el prado verde aquellas ricas telas que allí el ingenioso poeta nos describe, que todas eran de oro, sirgo y perlas contestas y tejidas. Y desta manera debía de ser el de mi señora cuando tú la viste, sino que la envidia que algún mal encantador debe de tener a mis cosas, todas las que me han de dar gusto trueca y vuelve en diferentes figuras que ellas tienen; y, así, temo que, en aquella historia que dicen que anda impresa de mis hazañas, si por ventura ha sido su autor algún sabio mi enemigo, habrá puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras, divertiéndose a contar otras acciones fuera de lo que requiere la continuación de una verdadera historia. ¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rancores y rabias” (II, VIII, 750-751).
Si en la primera parte, como hemos visto, don Quijote se mostraba consciente de la realidad de Dulcinea, en el citado fragmento de la segunda niega haber tenido esa consciencia y dice que tal condición se debe a algún encantamento. El cinismo absolutamente oportunista de don Quijote no posee límites. Lo mismo encontramos en el diálogo que sobre Dulcinea tiene lugar en la segunda parte (capítulo XXXII, 979-981), en el que don Quijote llega a decir:
“—En eso hay mucho que decir —respondió don Quijote—. Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo” (II, XXXII, 980).
Es más, sostengo que cada palabra que sale de la boca de don Quijote responde al mismo patrón lógico según el cual Alonso Quijano crea su personaje. Pensar, por ejemplo, que el discurso sobre las armas y las letras responde a un período de lucidez es, como veremos en el apartado que dedicamos a la Idea de Libertad, no percibir el significado que subyace a ese discurso: la reivindicación de una libertad primaria pre-estatal y pre-política. Pero no adelantemos acontecimientos.
“[…] porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser y son sin duda algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa […]” (I, VIII, 108).
Sólo consigue tener aventuras quien las crea:
“[…] no habremos estado dos horas por estas encrucijadas, cuando veamos más armados que los que vinieron sobre Albraca, a la conquista de Angélica la Bella” (I, X, 128).
Al modo de las profecías, según estableció Kant, las aventuras de don Quijote sólo tienen lugar si él mismo se encarga de crearlas y de llevarlas a cabo.
“Por lo menos, quiero, Sancho, y porque es menester ansí, quiero, digo, que me veas en cueros y hacer una o dos docenas de locuras, que las haré en menos de media hora, porque, habiéndolas tú visto por tus ojos, puedas jurar a tu salvo en las demás que quisieres añadir, y asegúrate que no dirás tú tantas cuantas yo pienso hacer” (I, XXV, 314-315).
Don Quijote decide fingirse loco en Sierra Morena y para ello llega a autolesionarse. El texto que cito a continuación es absolutamente fundamental para comprender este punto.
“Ante todo, Alonso Quijano “vive” el “otro” que él mismo quisiera ser, y lo vive tan realmente que sufre en sus carnes las consecuencias. La representación se confunde con la vida. Y ¿qué palabra hay que designe esto de un modo inequívoco? El repertorio verbal hispano no ofrece más que la de “juego” que, casualmente, figura entre los significados del verbo francés jouer, lo mismo que del inglés to play. Alonso Quijano juega a ser don Quijote, y uno de los medios técnicos que “pone en juego”, es la representación –despojada ahora de cualquier tipo de connotaciones, así escénicas como morales-“ (Torrente, 1984: 64).
El episodio de Sierra Morena es, en mi interpretación, fundamental en tanto que trasunto de la situación por la que atravesó el propio Alonso Quijano cuando decide inventarse el personaje de Quijote. Tanto este episodio como la novela de El curioso Impertinente nos ofrecen ejemplos claros de señoritos ociosos que sufren un aburrimiento mortal y deciden empezar a crearse problemas. De hecho, estoy muy de acuerdo con Güntert cuando escribe:
“Además, es un hecho que el centro temático de las obras literarias se encuentra, casi siempre, algo después de su centro geométrico: en Ariosto, en el canto 24 de los 46 que forman el poema, con la aparición de la locura de Orlando; en Tasso, en el canto 12 de los 20 que constituyen su Gerusalemme, con el duelo nocturno de Tancredo y Clorinda; y en la primera parte del Quijote, en los capítulos 33 a 35, de 52, con la lectura nocturna de “El curioso impertinente” en la venta de Juan Palomeque” (Güntert, 2007: 36).
Efectivamente, creo que el relato de El curioso impertinente es absolutamente central en la temática del Quijote I, si bien sostengo que tal centralidad se debe no sólo a su carácter de reflexión metaliteraria, que no pongo en duda, sino a que nos proporciona algunas claves de interpretación fundamentales para aprehender el significado racional y crítico de la novela.
Estoy absolutamente de acuerdo con Neuschäfer cuando manifiesta la tesis de que El curioso impertinente guarda relación con la fábula principal del Quijote:
“Con esto llegamos al punto en que comienza a perfilarse la analogía entre la novela intercalada y la acción principal” (Neuschäfer, 1999: 65).
Ahora bien, disiento en cuanto a los términos en que se resuelve esa analogía:
“De la misma forma que don Quijote, Anselmo se inspira en un modelo ideal –el santo heroísmo resistente a todas las tentaciones- y cree poseer así una medida objetiva para juzgar el comportamiento real comparándolo con el ideal. Sobre todo cree poder discernir así si la virtud de alguien es o no es verdadera. La presuposición de que o se es una cosa o se es su contraria y que tertium non datar, le acerca a la forma de pensar de don Quijote. La única diferencia entre los dos consiste en que don Quijote cree ingenuamente que el mundo es y debe ser realmente tal como él se lo imagina mientras que Anselmo parte desde un principio de una duda, la duda de si lo real corresponde a lo ideal. Los dos someten, pues, la realidad a su idea, por lo que necesariamente han de verse desilusionados ante el choque de ambas. Y al igual que en la acción principal, el resultado negativo de esta confrontación no dice aún nada sobre la verdadera calidad de lo que ha sido sometido a prueba” (Neuschäfer, 1999: 65-66).
No creo que pueda atribuírsele a Anselmo ninguna característica relacionada con buscar la virtud ni nada por el estilo. Tampoco creo que don Quijote piense que la realidad es como él la cuenta. Don Quijote es un hombre maduro que se aburre y decide empezar a jugar. Anselmo es un joven ocioso que se aburre y decide empezar a importunar a su esposa a pesar de las advertencias de su mejor amigo. Anselmo no busca ningún ideal de virtud, su actitud está más cerca de la de un idiota, con perdón, que de ningún humanismo erasmista preocupado por las relaciones entre el ser y el parecer. Creo que ciertas críticas conceden mucho más crédito a Anselmo del que le concedió Cervantes.
“Este tranquilo equilibrio, sin embargo, se ve estorbado por un repentino cambio mental en Anselmo, que él mismo llama “locura”: una locura a la que trata de combatir pero que termina por dominarlo. En medio de la felicidad más segura –teniendo amor, amistad y fortuna- se ve asaltado por la duda de si su mujer es verdaderamente “tan buena y tan perfecta” como él había creído hasta entonces” (Neuschäfer, 1999: 64).
La supuesta locura de Anselmo es, en el fondo, un actuar egoísta causado por la desidia que le produce la monotonía de su vida, al igual que la supuesta locura de don Quijote no obedece en realidad más que a un deseo lúdico.
Volviendo al caso de Anselmo, se trata desde el principio de un personaje sumamente gris. Ni siquiera siente verdadero amor por su esposa, ya que no duda en decirle a su mejor amigo que si el matrimonio es un inconveniente para su amistad no lo llevará a cabo. Camila le gusta, es cierto, pero moderadamente. No va al matrimonio muy convencido y, una vez consumado, la vida matrimonial le aburre, como lo prueba el hecho de que prácticamente obliga a su amigo a seguir acudiendo a verle como si el matrimonio no se hubiera celebrado. Una vez conseguido esto, la presencia constante e involuntaria de Lotario en la vida de la pareja, es cuando el tedio le lleva a tramar el extraño caso que narra la novela. Anselmo es un impertinente, no un humanista con inquietudes filosóficas acerca de la naturaleza de la virtud.
Don Quijote, por su parte y como ya he apuntado anteriormente, es muy consciente de la realidad, como se ve, por ejemplo, en el texto que aduzco a continuación, absolutamente elocuente respecto al punto que estoy examinando:
“[…] tal es el recato y encerramiento con que su padre, Lorenzo Corchuelo, y su madre Aldonza Nogales, la han criado” (I, XXV, 309).
El análisis de Torrente en este punto no puede ser más acertado.
“Ocasionalmente se le escapa a don Quijote la verdadera filiación civil de Dulcinea ante Sancho testigo; y por el nombre de los padres colige el escudero quién sea la dama, a la que, hasta entonces, había tenido por princesa. A Sancho, tan realista, la realidad le deja turulato, y no es para menos; pero en su estupor, además de sorpresa, hay un ingrediente de satisfacción porque las cosas desciendan del Empíreo a que don Quijote acostumbra a elevarlas. En este terreno, Sancho pisa firme, pero también don Quijote, aunque parezca mentira. El diálogo es delicioso, de pillo a pillo, y, por parte de don Quijote, enormemente explícito, como que tiene todo el valor de una clave desvelada, o, si se prefiere, de una revelación” (Torrente, 1984: 73-74).
Don Quijote sabe perfectísimamente que Dulcinea es una invención de la misma clase que las damas a las cuales los poetas dedican sus producciones –como que la invención la ha hecho él mismo, por cierto-.
“Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amariles, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquéllos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo. Y, así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades pretéritas, griega, bárbara o latina. Y diga cada uno lo que quisiere; que si por esto fuere reprehendido de los ignorantes, no seré castigado de los rigurosos” (I, XXV, 311-312).
A este respecto, veamos ahora cómo don Quijote afronta los mismos hechos en la Segunda parte.
“—Pues en verdad, señor —respondió Sancho—, que cuando yo vi ese sol de la señora Dulcinea del Toboso, que no estaba tan claro, que pudiese echar de sí rayos algunos, y debió de ser que, como su merced estaba ahechando aquel trigo que dije, el mucho polvo que sacaba se le puso como nube ante el rostro y se le escureció.
—¡Que todavía das, Sancho —dijo don Quijote—, en decir, en pensar, en creer y en porfiar que mi señora Dulcinea ahechaba trigo, siendo eso un menester y ejercicio que va desviado de todo lo que hacen y deben hacer las personas principales que están constituidas y guardadas para otros ejercicios y entretenimientos, que muestran a tiro de ballesta su principalidad! Mal se te acuerdan a ti, ¡oh Sancho!, aquellos versos de nuestro poeta donde nos pinta las labores que hacían allá en sus moradas de cristal aquellas cuatro ninfas que del Tajo amado sacaron las cabezas, y se sentaron a labrar en el prado verde aquellas ricas telas que allí el ingenioso poeta nos describe, que todas eran de oro, sirgo y perlas contestas y tejidas. Y desta manera debía de ser el de mi señora cuando tú la viste, sino que la envidia que algún mal encantador debe de tener a mis cosas, todas las que me han de dar gusto trueca y vuelve en diferentes figuras que ellas tienen; y, así, temo que, en aquella historia que dicen que anda impresa de mis hazañas, si por ventura ha sido su autor algún sabio mi enemigo, habrá puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras, divertiéndose a contar otras acciones fuera de lo que requiere la continuación de una verdadera historia. ¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rancores y rabias” (II, VIII, 750-751).
Si en la primera parte, como hemos visto, don Quijote se mostraba consciente de la realidad de Dulcinea, en el citado fragmento de la segunda niega haber tenido esa consciencia y dice que tal condición se debe a algún encantamento. El cinismo absolutamente oportunista de don Quijote no posee límites. Lo mismo encontramos en el diálogo que sobre Dulcinea tiene lugar en la segunda parte (capítulo XXXII, 979-981), en el que don Quijote llega a decir:
“—En eso hay mucho que decir —respondió don Quijote—. Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo” (II, XXXII, 980).
Es más, sostengo que cada palabra que sale de la boca de don Quijote responde al mismo patrón lógico según el cual Alonso Quijano crea su personaje. Pensar, por ejemplo, que el discurso sobre las armas y las letras responde a un período de lucidez es, como veremos en el apartado que dedicamos a la Idea de Libertad, no percibir el significado que subyace a ese discurso: la reivindicación de una libertad primaria pre-estatal y pre-política. Pero no adelantemos acontecimientos.
IV. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?
Llegamos, pues, a la enunciación del problema: don Quijote, ¿cinismo o trastorno mental? Este aspecto es fundamental porque si don Quijote es un loco, todo lo que dice y hace serán, pues, locuras. Si es un hombre cuerdo, en cambio, lo que hace y dice no será una locura, simplemente se enfrentará a lo socialmente establecido. Si aceptamos el diagnóstico del narrador o del resto de personajes que pueblan la obra, nos encontraremos forzados a seguir este diagnóstico en todo momento, a saber, nos veremos obligados a aceptar que sean estos personajes los que enjuicien cada una de las acciones de don Quijote. Esto significa que habremos de considerar como una locura todo comportamiento quijotesco de ataque a la religión y a sus estamentos, mientras que hemos de aceptar como lúcidos discursos como el de las Armas y las Letras, o el del Elogio de la poesía –discurso éste que refleja un ideal renacentista que en época de Cervantes ya no existía ni era posible, como veremos-, o el delirante discurso acerca de la Edad de Oro.
Afirmo y sostengo que don Quijote no está loco y que sería un grave error plegarse a los juicios epistemológicos que nos ofrecen diversos personajes en la obra. Precisamente porque no está loco sus palabras cobran una fuerza crítica desmedida. Ahora bien, que don Quijote no esté loco no significa que en la obra no haya un interés por parte del autor en presentárnoslo como un posible y verosímil loco. Cervantes persigue, a nuestro juicio, la articulación de una duda razonable porque la racionalidad de don Quijote no es fácilmente asimilable (es absolutamente dialéctica frente a la realidad vigente, tanto en la primera parte como en la segunda, pero con matices que posteriormente aclararé) y por eso hay que encubrirla. Como bien señala Torrente Ballester.
“Es un juego, pero nada claro. Si lo fuera, si la trampa estuviera al descubierto, no tendría gracia y la novela se caería de las manos. Porque uno de sus ingredientes prospectivos más vitales es la comezón en que pone de saber si el personaje está loco o no” (Torrente, 1984: 81).
Y de nuevo vuelve a acertar en su interpretación al manifestar lo siguiente:
“Se objetará que él “cree ser” don Quijote y “cree ser” caballero andante, pero esto no está nada claro: la duda se infiere, por lo pronto de esta frase, elegida entre otras semejantes por lo precisa y afirmativa, que se toma de la segunda parte de a novela, capítulo XXXI: “aquél fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero y no fantástico”. Lo cual quiere decir que antes no lo había creído” (Torrente, 1984: 58).
Son muchos los ejemplos que pueden aducirse para discutir la supuesta locura de don Quijote.
Especialmente significativo se vuelve a este respecto el episodio en que afirma que dos rebaños de carneros son en realidad dos ejércitos enfrentándose.
“Si no, haz una cosa, Sancho, por mi vida, porque te desengañes y veas ser verdad lo que te digo: sube en tu asno y síguelos bonitamente y verás como, en alejándose de aquí algún poco, se vuelven en su ser primero y, dejando de ser carneros, son hombres hechos y derechos como yo te los pinté primero. Pero no vayas agora, que he menester tu favor y ayuda” […] (I, XVIII, 213).
El cinismo de que hace gala don Quijote es de un descaro tremendo, por no decir, como bien señala Torrente Ballester, que sus ataques se dirigen efectivamente contra ovejas, dando como resultado la muerte de siete de ellas, no contra hombres.
Bastante claro es también, y en ello sigo y coincido totalmente con la interpretación exhaustiva de Torrente Ballester, el episodio de la firma (I, 315).
Don Quijote es un cínico y su cinismo muchas veces perjudica a los demás. Es un absoluto egoísta ético:
“En lo que toca a lo que dicen que ésta es bacía y no yelmo, ya yo tengo respondido; pero en lo de declarar si ésa es albarda o jaez, no me atrevo a dar sentencia definitiva: sólo lo dejo al buen parecer de vuestras mercedes” (I, XLV, 572).
Las reglas del juego que decide emprender Alonso Quijano son externas y son modificadas constantemente ad hoc para que todo encaje.
“Alonso Quijano “socorre” a su personaje; el socorro consiste en permitirle, o ayudarle a permanecer donde está, dentro del juego” (Torrente, 1984: 63).
Y cuando algo no encaja o es difícilmente justificable frente a Sancho, don Quijote usa el recurso de la apelación al encantamento (algo que Sancho, para su desgracia y para regocijo de don Quijote, aprenderá a hacer en la segunda parte, como veremos).
“-Calla, amigo Sancho –respondió don Quijote-, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto esos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento […]” (I, VIII, 105).
En este sentido es sumamente interesante el estudio que Torrente efectúa acerca de los procedimientos que permiten crear el juego. Para Torrente, es la realidad la que marca la estrategia, lo que implica que don Quijote ha de ser plenamente consciente de ella. Estamos absolutamente de acuerdo.
Otro dato que nos parece especialmente interesante es cómo don Quijote siempre apela en la primera parte a la necesidad de crear las aventuras. Al hilo de esto, mi análisis del episodio de los molinos/gigantes es bien distinto del ofrecido por Torrente. Veamos en primer lugar su interpretación.
“Véase ahora un caso del Quijote: se dijo a su tiempo, o se dice ahora, que el examen escrupuloso del texto no deparó un solo resquicio que autorizase a mostrar o demostrar que, ante los molinos de la Mancha, don Quijote viese molinos y no gigantes. Pero la aventura de los rebaños, con la que estructuralmente coincide, se ha visto ya cómo incluye una “pista” que permitió afirmar que veía ovejas y no ejércitos. Inevitablemente el lector piensa: si en este caso vio rebaños, ¿no habrá visto en el otro molinos verdaderos? Los elementos de acción retroactiva “operan” sobre una situación pasada y la “modifican”. Se puede, pues, con cierta lógica, pensar que, en toda situación semejante, pasada o futura, don Quijote “ve siempre la realidad de manera correcta”, como se ha venido insinuando con bastante machaconería” (Torrente, 1984: 141).
Sólo una cosa cabría objetarle al razonamiento que aquí se nos ofrece, y es que estoy absolutamente convencida de que en el episodio de los molinos Cervantes sí ofrece pistas, como veremos a continuación.
Estoy totalmente de acuerdo con Torrente en las restantes pruebas que aduce, muchas de las cuales las he señalado ya, y comparto con él la tesis de que el espectador ideal de don Quijote es Sancho. Es cierto que las actuaciones de don Quijote varían según esté Sancho presente o no, como en el famoso caso en que don Quijote insulta al ventero tildándolo de mal hostelero (Torrente, 1984: 143), mientras que delante de Sancho aduce el recurso del encantamiento. Los encantadores son la principal táctica que maneja don Quijote para ocultar el juego a Sancho, táctica copiada de la empleada por la sobrina del hidalgo para explicar la desaparición de la biblioteca, como bien defiende Torrente (1984: 144). De hecho, es don Quijote quien se encarga de mantener el juego a toda costa, incluso a pesar de la inutilidad para mantener las ficciones de quienes a él se suman (Torrente, 1984: 145). Pero no es lo mismo mantener una ficción compartida, que engañar a quien cree que no se está jugando. De hecho, si Sancho compartiese el juego, no intentaría advertir a su señor de que está siendo engañado y de que ni la princesa Micomicona es tal princesa, ni su enjaulamiento obedece realmente a razones caballerescas o de encantamiento –Sancho ha reconocido a sus vecinos-.
Don Quijote nunca se enfrenta abiertamente a Sancho por defender la realidad de sus percepciones, sino por las intromisiones de Sancho en su juego:
“-Bien parece –respondió Don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; […]” (I, VIII, 103).
Y de nuevo:
“- Ya te he dicho, Sancho –respondió Don Quijote-, que sabes poco de achaque de aventuras: lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás” (I, VIII, 109).
En otro episodio muy significativo para quienes defendemos la hipótesis del juego, pero de un juego cínico, cuando la Santa Hermandad apresa a don Quijote, el narrador declara lo siguiente acerca de su modo de librarse.
“En efecto, tanto les supo el cura decir y tantas locuras supo Don Quijote hacer, que más locos fueran que no él los cuadrilleros si no conocieran la falta de don Quijote […]” (I, XLVI, 580).
Lo mismo se observa en la actitud de don Quijote cada vez que debe enfrentarse al tema del dinero, en la primera parte.
“Engañado he vivido hasta aquí –respondió don Quijote-, que en verdad que pensé que era castillo, y no malo; pero pues es ansí que no es castillo, sino venta, lo que se podrá hacer por agora es que perdonéis por la paga, que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes, de los cuales sé cierto, sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario, que jamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen […]” (I, XVII, 199).
Lo explica muy bien Torrente:
“Hay dos cosas en las que no cabe fantasía, y ambas las evita don Quijote por miedo de que su tremenda, innegable realidad le arrastre y dé al traste con su ficción: una, la del dinero: cuando se ve obligado a llevarlo, lo entrega a Sancho, y allá él, porque el caballero no quiere saber nada de esas cosas. La segunda es el amor (o el sexo, da igual). Sea quien fuere Maritornes, yacer con ella hubiera sido “una realidad” contra la que don Quijote va bien apercibido: abundantes pasajes caballerescos donde el esquema oferta-repulsa-mención de la fidelidad a la dama se repite, lo abonan; en cuanto a Altisidora, aunque no llegue tan cerca de la cama de don Quijote, al menos en situación de ofrecimiento, el esquema es el mismo” (Torrente, 1984: 76).
Otro argumento muy fuerte, y que Torrente sorprendentemente no aduce, es el fragmento en que se produce la huída de la Santa Hermandad, propuesta por Sancho tras liberar a los galeotes. Esta evidencia textual defiende claramente la lectura de la actitud de don Quijote como una actitud de juego: evita un encontronazo con la autoridad puesto que ésta podría suponer el cierre definitivo de las aventuras.
“Naturalmente eres cobarde, Sancho –dijo Don Quijote-, pero, porque no digas que soy contumaz y que jamás hago lo que me aconsejas, por esta vez quiero tomar tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes, mas ha de ser con una condición: que jamás en vida ni en muerte has de decir a nadie que yo me retiré y aparté deste peligro de miedo, sino por complacer a tus ruegos […]” (I, XXIII, 272).
Don Quijote es consciente del carácter de cuento –cuento en el sentido de estratagema antes que de ficción, creemos, aunque también en este sentido- que posee su aventura: es consciente de su estatuto ficcional como personaje (capítulo XIX de la primera parte).
“-¡Bien estás en el cuento!- respondió don Quijote-. Ahora me falta rasgar las vestiduras, esparcir las armas y darme de calabazadas por estas peñas, con otras cosas deste jaez, que te han de admirar” (I, XXV, 306).
Es muy interesante en este punto la tesis que defiende Torrente Ballester.
“En su caso, de esto no cabe duda, una historia de caballerías (para el lector moderno, una novela); en cualquier caso, “un libro”. A lo que don Quijote aspira (lo que tiene por supremo bien apetecido, y claramente lo dice), es a ser “personaje de un libro”” (Torrente, 1984: 69).
En relación con la consciencia ficcional que exhibe don Quijote, interpreto también el siguiente diálogo entre el caballero y Sancho:
“Con esto se fue el bachiller, y don Quijote preguntó a Sancho que qué le había movido a llamarle “el Caballero de la Triste Figura”, más entonces que nunca.
Yo se lo diré –respondió Sancho-, porque le he estado mirando un rato a la luz de aquella hacha que lleva aquel malandante, y verdaderamente tiene vuestra merced la más mala figura, de poco acá, que jamás he visto; y débelo de haber causado, o ya el cansancio deste combate, o ya la falta de las muelas y dientes.
- No es eso –respondió don Quijote-, sino que el sabio a cuyo cargo debe de estar el escribir la historia de mis hazañas le habrá parecido que será bien que yo tome algún nombre apelativo, como lo tomaban todos los caballeros pasados […]. Y, así, digo que el sabio ya dicho te habrá puesto en la lengua y en el pensamiento ahora que me llamases el Caballero de la Triste Figura, como pienso llamarme desde hoy en adelante; y para que mejor me cuadre tal nombre, determino de hacer pintar, cuando haya lugar, en mi escudo una muy triste figura” (I, XIX, 223-224).
A don Quijote le gusta que le sigan el juego (como por ejemplo hace Sancho en I, X, 127, y en prácticamente toda la segunda parte, donde, por unos momentos, llega a encontrarse en su salsa).
En otro episodio fundamental, el capítulo XXV de la primera parte, asistimos, de manera muy significativa, a la planificación exhaustiva de la imitación de un proceso de locura.
Afirmo y sostengo que don Quijote no está loco y que sería un grave error plegarse a los juicios epistemológicos que nos ofrecen diversos personajes en la obra. Precisamente porque no está loco sus palabras cobran una fuerza crítica desmedida. Ahora bien, que don Quijote no esté loco no significa que en la obra no haya un interés por parte del autor en presentárnoslo como un posible y verosímil loco. Cervantes persigue, a nuestro juicio, la articulación de una duda razonable porque la racionalidad de don Quijote no es fácilmente asimilable (es absolutamente dialéctica frente a la realidad vigente, tanto en la primera parte como en la segunda, pero con matices que posteriormente aclararé) y por eso hay que encubrirla. Como bien señala Torrente Ballester.
“Es un juego, pero nada claro. Si lo fuera, si la trampa estuviera al descubierto, no tendría gracia y la novela se caería de las manos. Porque uno de sus ingredientes prospectivos más vitales es la comezón en que pone de saber si el personaje está loco o no” (Torrente, 1984: 81).
Y de nuevo vuelve a acertar en su interpretación al manifestar lo siguiente:
“Se objetará que él “cree ser” don Quijote y “cree ser” caballero andante, pero esto no está nada claro: la duda se infiere, por lo pronto de esta frase, elegida entre otras semejantes por lo precisa y afirmativa, que se toma de la segunda parte de a novela, capítulo XXXI: “aquél fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero y no fantástico”. Lo cual quiere decir que antes no lo había creído” (Torrente, 1984: 58).
Son muchos los ejemplos que pueden aducirse para discutir la supuesta locura de don Quijote.
Especialmente significativo se vuelve a este respecto el episodio en que afirma que dos rebaños de carneros son en realidad dos ejércitos enfrentándose.
“Si no, haz una cosa, Sancho, por mi vida, porque te desengañes y veas ser verdad lo que te digo: sube en tu asno y síguelos bonitamente y verás como, en alejándose de aquí algún poco, se vuelven en su ser primero y, dejando de ser carneros, son hombres hechos y derechos como yo te los pinté primero. Pero no vayas agora, que he menester tu favor y ayuda” […] (I, XVIII, 213).
El cinismo de que hace gala don Quijote es de un descaro tremendo, por no decir, como bien señala Torrente Ballester, que sus ataques se dirigen efectivamente contra ovejas, dando como resultado la muerte de siete de ellas, no contra hombres.
Bastante claro es también, y en ello sigo y coincido totalmente con la interpretación exhaustiva de Torrente Ballester, el episodio de la firma (I, 315).
Don Quijote es un cínico y su cinismo muchas veces perjudica a los demás. Es un absoluto egoísta ético:
“En lo que toca a lo que dicen que ésta es bacía y no yelmo, ya yo tengo respondido; pero en lo de declarar si ésa es albarda o jaez, no me atrevo a dar sentencia definitiva: sólo lo dejo al buen parecer de vuestras mercedes” (I, XLV, 572).
Las reglas del juego que decide emprender Alonso Quijano son externas y son modificadas constantemente ad hoc para que todo encaje.
“Alonso Quijano “socorre” a su personaje; el socorro consiste en permitirle, o ayudarle a permanecer donde está, dentro del juego” (Torrente, 1984: 63).
Y cuando algo no encaja o es difícilmente justificable frente a Sancho, don Quijote usa el recurso de la apelación al encantamento (algo que Sancho, para su desgracia y para regocijo de don Quijote, aprenderá a hacer en la segunda parte, como veremos).
“-Calla, amigo Sancho –respondió don Quijote-, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto esos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento […]” (I, VIII, 105).
En este sentido es sumamente interesante el estudio que Torrente efectúa acerca de los procedimientos que permiten crear el juego. Para Torrente, es la realidad la que marca la estrategia, lo que implica que don Quijote ha de ser plenamente consciente de ella. Estamos absolutamente de acuerdo.
Otro dato que nos parece especialmente interesante es cómo don Quijote siempre apela en la primera parte a la necesidad de crear las aventuras. Al hilo de esto, mi análisis del episodio de los molinos/gigantes es bien distinto del ofrecido por Torrente. Veamos en primer lugar su interpretación.
“Véase ahora un caso del Quijote: se dijo a su tiempo, o se dice ahora, que el examen escrupuloso del texto no deparó un solo resquicio que autorizase a mostrar o demostrar que, ante los molinos de la Mancha, don Quijote viese molinos y no gigantes. Pero la aventura de los rebaños, con la que estructuralmente coincide, se ha visto ya cómo incluye una “pista” que permitió afirmar que veía ovejas y no ejércitos. Inevitablemente el lector piensa: si en este caso vio rebaños, ¿no habrá visto en el otro molinos verdaderos? Los elementos de acción retroactiva “operan” sobre una situación pasada y la “modifican”. Se puede, pues, con cierta lógica, pensar que, en toda situación semejante, pasada o futura, don Quijote “ve siempre la realidad de manera correcta”, como se ha venido insinuando con bastante machaconería” (Torrente, 1984: 141).
Sólo una cosa cabría objetarle al razonamiento que aquí se nos ofrece, y es que estoy absolutamente convencida de que en el episodio de los molinos Cervantes sí ofrece pistas, como veremos a continuación.
Estoy totalmente de acuerdo con Torrente en las restantes pruebas que aduce, muchas de las cuales las he señalado ya, y comparto con él la tesis de que el espectador ideal de don Quijote es Sancho. Es cierto que las actuaciones de don Quijote varían según esté Sancho presente o no, como en el famoso caso en que don Quijote insulta al ventero tildándolo de mal hostelero (Torrente, 1984: 143), mientras que delante de Sancho aduce el recurso del encantamiento. Los encantadores son la principal táctica que maneja don Quijote para ocultar el juego a Sancho, táctica copiada de la empleada por la sobrina del hidalgo para explicar la desaparición de la biblioteca, como bien defiende Torrente (1984: 144). De hecho, es don Quijote quien se encarga de mantener el juego a toda costa, incluso a pesar de la inutilidad para mantener las ficciones de quienes a él se suman (Torrente, 1984: 145). Pero no es lo mismo mantener una ficción compartida, que engañar a quien cree que no se está jugando. De hecho, si Sancho compartiese el juego, no intentaría advertir a su señor de que está siendo engañado y de que ni la princesa Micomicona es tal princesa, ni su enjaulamiento obedece realmente a razones caballerescas o de encantamiento –Sancho ha reconocido a sus vecinos-.
Don Quijote nunca se enfrenta abiertamente a Sancho por defender la realidad de sus percepciones, sino por las intromisiones de Sancho en su juego:
“-Bien parece –respondió Don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; […]” (I, VIII, 103).
Y de nuevo:
“- Ya te he dicho, Sancho –respondió Don Quijote-, que sabes poco de achaque de aventuras: lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás” (I, VIII, 109).
En otro episodio muy significativo para quienes defendemos la hipótesis del juego, pero de un juego cínico, cuando la Santa Hermandad apresa a don Quijote, el narrador declara lo siguiente acerca de su modo de librarse.
“En efecto, tanto les supo el cura decir y tantas locuras supo Don Quijote hacer, que más locos fueran que no él los cuadrilleros si no conocieran la falta de don Quijote […]” (I, XLVI, 580).
Lo mismo se observa en la actitud de don Quijote cada vez que debe enfrentarse al tema del dinero, en la primera parte.
“Engañado he vivido hasta aquí –respondió don Quijote-, que en verdad que pensé que era castillo, y no malo; pero pues es ansí que no es castillo, sino venta, lo que se podrá hacer por agora es que perdonéis por la paga, que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes, de los cuales sé cierto, sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario, que jamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen […]” (I, XVII, 199).
Lo explica muy bien Torrente:
“Hay dos cosas en las que no cabe fantasía, y ambas las evita don Quijote por miedo de que su tremenda, innegable realidad le arrastre y dé al traste con su ficción: una, la del dinero: cuando se ve obligado a llevarlo, lo entrega a Sancho, y allá él, porque el caballero no quiere saber nada de esas cosas. La segunda es el amor (o el sexo, da igual). Sea quien fuere Maritornes, yacer con ella hubiera sido “una realidad” contra la que don Quijote va bien apercibido: abundantes pasajes caballerescos donde el esquema oferta-repulsa-mención de la fidelidad a la dama se repite, lo abonan; en cuanto a Altisidora, aunque no llegue tan cerca de la cama de don Quijote, al menos en situación de ofrecimiento, el esquema es el mismo” (Torrente, 1984: 76).
Otro argumento muy fuerte, y que Torrente sorprendentemente no aduce, es el fragmento en que se produce la huída de la Santa Hermandad, propuesta por Sancho tras liberar a los galeotes. Esta evidencia textual defiende claramente la lectura de la actitud de don Quijote como una actitud de juego: evita un encontronazo con la autoridad puesto que ésta podría suponer el cierre definitivo de las aventuras.
“Naturalmente eres cobarde, Sancho –dijo Don Quijote-, pero, porque no digas que soy contumaz y que jamás hago lo que me aconsejas, por esta vez quiero tomar tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes, mas ha de ser con una condición: que jamás en vida ni en muerte has de decir a nadie que yo me retiré y aparté deste peligro de miedo, sino por complacer a tus ruegos […]” (I, XXIII, 272).
Don Quijote es consciente del carácter de cuento –cuento en el sentido de estratagema antes que de ficción, creemos, aunque también en este sentido- que posee su aventura: es consciente de su estatuto ficcional como personaje (capítulo XIX de la primera parte).
“-¡Bien estás en el cuento!- respondió don Quijote-. Ahora me falta rasgar las vestiduras, esparcir las armas y darme de calabazadas por estas peñas, con otras cosas deste jaez, que te han de admirar” (I, XXV, 306).
Es muy interesante en este punto la tesis que defiende Torrente Ballester.
“En su caso, de esto no cabe duda, una historia de caballerías (para el lector moderno, una novela); en cualquier caso, “un libro”. A lo que don Quijote aspira (lo que tiene por supremo bien apetecido, y claramente lo dice), es a ser “personaje de un libro”” (Torrente, 1984: 69).
En relación con la consciencia ficcional que exhibe don Quijote, interpreto también el siguiente diálogo entre el caballero y Sancho:
“Con esto se fue el bachiller, y don Quijote preguntó a Sancho que qué le había movido a llamarle “el Caballero de la Triste Figura”, más entonces que nunca.
Yo se lo diré –respondió Sancho-, porque le he estado mirando un rato a la luz de aquella hacha que lleva aquel malandante, y verdaderamente tiene vuestra merced la más mala figura, de poco acá, que jamás he visto; y débelo de haber causado, o ya el cansancio deste combate, o ya la falta de las muelas y dientes.
- No es eso –respondió don Quijote-, sino que el sabio a cuyo cargo debe de estar el escribir la historia de mis hazañas le habrá parecido que será bien que yo tome algún nombre apelativo, como lo tomaban todos los caballeros pasados […]. Y, así, digo que el sabio ya dicho te habrá puesto en la lengua y en el pensamiento ahora que me llamases el Caballero de la Triste Figura, como pienso llamarme desde hoy en adelante; y para que mejor me cuadre tal nombre, determino de hacer pintar, cuando haya lugar, en mi escudo una muy triste figura” (I, XIX, 223-224).
A don Quijote le gusta que le sigan el juego (como por ejemplo hace Sancho en I, X, 127, y en prácticamente toda la segunda parte, donde, por unos momentos, llega a encontrarse en su salsa).
En otro episodio fundamental, el capítulo XXV de la primera parte, asistimos, de manera muy significativa, a la planificación exhaustiva de la imitación de un proceso de locura.
III. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?
“El personaje, “que ya anda en las historias”, no puede morir. Lo que hace, pues, Alonso Quijano, es dejarlo a un lado, “quitárselo”, pura y simplemente, porque viniéndole como le viene la muerte de dentro, el negocio planteado, el de la muerte personal, nada tiene que ver con don Quijote. Don Quijote hubiera muerto en las garras del león o en cualquier otra posible ocasión granjeada con su nombre y con su obra; pero esta otra clase de muerte que adviene, esta muerte que no es la consecuencia de una hazaña, ni siquiera de la malevolencia de los encantadores, muerte de un hombre y no de un personaje, atañe sólo a quien la engendra, a quien la lleva en el cuerpo y en el alma, a quien la padece. Alonso Quijano distingue con claridad; por eso dice que “ya no es” don Quijote y que se muere. Don Quijote ha volado de los nidos de antaño. El nido es el propio Quijano, que se ha quedado vacío por su voluntad, para morir sencillamente. El pájaro –don Quijote- seguirá volando.
Lo demás, la condena de los libros de caballerías, aunque bien pudiera entenderse como concesión a la moralidad, se puede asimismo interpretar “desde” el cristianismo de Quijano, que al ver la muerte encima la afronta con toda su personalidad moral y espiritual, hecha por el cristianismo” (Torrente, 1984: 201-202).
Creo que en este punto Torrente se equivoca por completo en la interpretación y lo que es más grave, se contradice. Si don Quijote era un personaje que tomaba toda su historia y personalidad moral de las de su creador -“O, dicho de otra manera: el personaje asume enteramente al hombre que lo ha creado, porque lo necesita para andar por el mundo como tal personaje; con lo cual Quijano deja de ser actor” (Torrente, 1984: 60)-, ¿cómo explicar entonces ese cristianismo sincero de Alonso Quijano tras dar vida a un personaje que se deleita haciendo gala de anticlericalismo? ¿Puede hablarse realmente de un cristianismo de Alonso Quijano? Si se observa detalladamente en qué consistía su juego creemos que la respuesta coherente es que no. Habrá que acudir entonces a otras explicaciones más lógicas, dentro de las tesis defendidas, que den cuenta de ese supuesto arrepentimiento.
Si Torrente estuviese atento a la materialización del juego de Alonso Quijano, se habría percatado de que uno de sus principales objetivos son los representantes de las instituciones eclesiásticas. Por eso Cervantes debe disimular muy bien el juego: no estaría bien visto que un hidalgo se divirtiese a costa de la Iglesia, a no ser que estuviese loco. Si Alonso Quijano juega, y si en su juego la Iglesia es una de las víctimas preferidas, entonces no es creíble su arrepentimiento basado en un supuesto cristianismo. Si don Quijote, como sostiene Torrente, asume al hombre y sus actitudes morales; si don Quijote es un personaje en el juego de Alonso Quijano –como efectivamente lo creemos-, entonces don Quijote, como Alonso Quijano, le tiene “bastantes ganas” a la Iglesia. Su cristianismo humanista y su piedad aparecen muy dudosas, en consecuencia. Por la misma razón niego y huyo de manidas interpretaciones erasmistas, como ya expuse, a la manera de las que nos ofrece un Américo Castro.
“La ideología renacentista está obsesionada por ese retorno a los orígenes de las formas de la cultura, de la moral, de la justicia, de la religión. Habría querido el Renacimiento hacer una edición crítica del Universo. En el terreno religioso, cristiano, el problema consistía en volver a las Escrituras, al Evangelio, a la soñada pureza de los primeros tiempos, al texto hebreo mejor que al latino, a lo más próximo, en suma, de la inalterable esencia que se aspiraba encontrar. Erasmo es el máximo representante de esa inquietud, de ese afán inquisitivo, que en él es método y no contenido cerrado; por eso repugnará las soluciones dogmáticas, tanto las de los teólogos católicos como las de los protestantes; por eso será odiado y perseguido en ambos campos. Pero ha dejado a lo largo del siglo, a la vez que mística emoción, una estela de criticismo y de insatisfecha inquietud; de exigencia racional y de espíritu de protesta. Sin Erasmo, Cervantes no habría sido como fue” (Castro, 2002: 288-289).
Es más, mi interpretación de que el cristianismo de Alonso Quijano es fingido, como luego veremos, es más coherente con la interpretación de Torrente que la que él mismo da.
En cuanto a la segunda parte, yerra Torrente, y por los mismos motivos, en una apreciación: la segunda parte no representa ya un juego inofensivo y esto es fundamental para entender por qué don Quijote acepta abandonar el juego mientras que Sancho desea continuarlo. Los dos aparecen guiados por la misma motivación: la virtud ética, identificada por Spinoza, de la generosidad. Alonso Quijano decide dejar el juego por Sancho (al igual que se arrepentirá y se fingirá cristiano para poder testar a favor de él) y Sancho desea seguir el juego por Alonso Quijano (porque sabe que la vida real, sin juegos, le resulta insoportable, como efectivamente se verificará en su muerte inmediatamente posterior al cese del juego).
Asistimos en la obra a distintas visiones y versiones del comportamiento de don Quijote.
El narrador y el resto de personajes, lo consideran un loco.
“Si este narrador no hiciera otra cosa que repetir un ardid tradicional, su consideración estaría de más. Su conducta, sin embargo, sorprende e interesa, porque con harta frecuencia abandona los trámites convencionales e interviene en el relato de manera original y, en ciertos pasajes, sospechosa. Uno de sus modos constantes y característicos de participación surge en el segundo párrafo de la novela, cuando dice: “… y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto…”. ¿La primera minucia? En todo caso, significativa, porque la palabra “desatino” inaugura la serie de las dotadas de fuerte connotación moral. Con “curiosidad”, el narrador designa un hecho; con “desatino”, lo juzga. No tendría importancia si sólo fuera una vez, pero, sin salir del primer capítulo, se advierte que los juicios se reiteran, se sistematizan. Y así se mantiene hasta el fin de la novela. Y los juicios se refieren, principal y sistemáticamente, a los protagonistas; a su modo de ser y a su conducta” (Torrente, 1984: 30).
Estoy completamente de acuerdo con lo que afirma Torrente en el siguiente párrafo, así como en el anteriormente citado.
“Prescindiendo de que tal procedimiento sea defectuoso y de que así se haya estimado, quizá el examen de estos juicios sistematizado, permita ver algo más claro. En la primera parte, se encuentran dos palabras clave: la de “loco”, aplicada a don Quijote, y la de “majadero” o “bobo”, aplicada a Sancho Panza. No son, bien entendido, monopolio del narrador, sino que otros personajes de la fábula las usan, e incluso hay ocasiones en que Sancho piensa de don Quijote que está “loco” y en que don Quijote piensa de Sancho que es un “majadero”. “Loco” y “majadero” constituyen, en la primera parte, los dos puntos de cohesión que dan unidad a los elementos de las figuras de los dos protagonistas en tanto en cuanto son vistas por los demás y, por supuesto, por el narrador. Son dos juicios que expresan el “sentir común”, son de “sentido común”. La imagen que el cura, el barbero, el ama, la sobrina y cierto número de personajes hallados a lo largo del camino tienen de don Quijote, es la de un “loco”, y, de Sancho, la de un “bobo”. ¿La propuesta “real” del narrador es la de entretener, la de interesar, la de apasionar con las aventuras de un loco y de un bobo? Así resulta a primera vista, aunque las cosas, examinadas con más atención, no parezcan tan simples. Pero no hay vuelta de hoja: los juicios morales del narrador coinciden con los de todo el mundo, y en este “todo el mundo” se incluye buena parte de los lectores” (Torrente, 1984: 34-35).
El narrador y el resto de personajes, lo consideran un loco, efectivamente, pero es que el narrador y el resto de los personajes no representan precisamente ejemplos de claridad argumental ni de sinceridad, sino que manifiestan unas actitudes, cuando menos, sospechosas.
Tanto en la primera como en la segunda parte de la obra se insiste en la locura de don Quijote, por una parte, y en su extraordinaria lucidez a la hora de afrontar otros discursos.
Veamos las declaraciones del narrador destinadas a explicar el proceso en el que Alonso Quijano pierde la razón.
“En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros […]” (I, I, 41-42).
Y de nuevo:
“En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo […]” (I, I, 43).
En ambos casos estamos ante declaraciones vertidas por el narrador, es importante reseñarlo una y otra vez, un narrador que no duda en mentir o ironizar a lo largo del relato de los hechos, como cuando habla de la gran ciudad del Toboso (II, VIII, 757), por ejemplo, o en la escena que reproduzco a continuación.
“—He perdido el libro de memoria —respondió Sancho— donde venía carta para Dulcinea y una cédula firmada de su señor, por la cual mandaba que su sobrina me diese tres pollinos, de cuatro o cinco que estaban en casa.
Y con esto les contó la pérdida del rucio. Consolole el cura, y díjole que en hallando a su señor él le haría revalidar la manda y que tornase a hacer la libranza en papel, como era uso y costumbre, porque las que se hacían en libros de memoria jamás se acetaban ni cumplían.
Con esto se consoló Sancho, y dijo que como aquello fuese ansí, que no le daba mucha pena la pérdida de la carta de Dulcinea, porque él la sabía casi de memoria, de la cual se podría trasladar donde y cuando quisiesen.
—Decildo, Sancho, pues —dijo el barbero—, que después la trasladaremos.
Parose Sancho Panza a rascar la cabeza para traer a la memoria la carta, y ya se ponía sobre un pie y ya sobre otro, unas veces miraba al suelo, otras al cielo, y al cabo de haberse roído la mitad de la yema de un dedo, teniendo suspensos a los que esperaban que ya la dijese, dijo al cabo de grandísimo rato:
—Por Dios, señor licenciado, que los diablos lleven la cosa que de la carta se me acuerda, aunque en el principio decía: «Alta y sobajada señora».
—No diría —dijo el barbero— sobajada, sino sobrehumana o soberana señora.
—Así es —dijo Sancho—. Luego, si mal no me acuerdo, proseguía, si mal no me acuerdo: «el llego y falto de sueño, y el ferido besa a vuestra merced las manos, ingrata y muy desconocida hermosa», y no sé qué decía de salud y de enfermedad que le enviaba, y por aquí iba escurriendo, hasta que acababa en «Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura».
No poco gustaron los dos de ver la buena memoria de Sancho Panza, y alabáronsela mucho y le pidieron que dijese la carta otras dos veces, para que ellos ansimesmo la tomasen de memoria para trasladalla a su tiempo.
Tornóla a decir Sancho otras tres veces, y otras tantas volvió a decir otros tres mil disparates” (I, XXVI, 323-324).
Como bien dice Torrente (aunque yo haría extensivo el comentario también a la primera parte de la obra, si bien en menor medida):
“El sistema “loco-bobo” se mantiene también en la segunda parte, pero sustancialmente modificado. No son ya dos adjetivos, sino cuatro, agrupados en parejas: “loco-cuerdo y tonto-discreto”. Cada una de ellas encierra una contradicción, de tal manera que cada adjetivo devora al otro, lo destruye y es destruido por él. Sin embargo, el narrador no los usa para que los lectores se queden con un montón de residuos en las manos, sino porque piensa que con ellos designa mejor y más apropiadamente la realidad de los personajes según su punto de vista. Con lo cual la contradicción de las palabras se traspasa a quienes son a la vez loco-cuerdo y tonto-discreto. (Debe, sin embargo, quedar constancia clara de que esta contradicción es aparente, ya que lo que parece querer designar el narrador es una “alternancia” de situaciones: alguien que actúa, a veces, como loco y, a veces, como cuerdo; y otro alguien que actúa, a veces como bobo, y, a veces, como discreto. A esta interpretación tienden quienes aceptan de antemano la locura patológica, la insania, del personaje, autorizados por la ciencia que les dice que ciertos locos atraviesan momentos lúcidos, etc. Esta cómoda explicación deja, sin embargo, una grave cuestión pendiente: ¿por qué Alonso Quijano, en sus momentos de cordura, “asume” la personalidad de don Quijote y sigue comportándose como tal? Pues la única rectificación es inmediatamente anterior a su muerte y no es, propiamente hablando, una rectificación sino que se aproxima más bien a un acto de arrepentimiento)”. (Torrente, 1984: 35-36).
Don Quijote se nos presenta como un loco, un loco que debe los síntomas de su enfermedad, entre otras cosas, a la mucha lectura de libros de caballerías. Pocos han reparado en el hecho de que antes de darse a la ficción caballeresca, para algunos locura, don Quijote pensó en tomar la pluma.
“Lo que se juzga primordial “es” que Alonso Quijano, “que ya estaba loco”, según el narrador, o, al menos, en trance de “llegar a serlo”, al proponerse completar las aventuras de don Belianís (precisamente la aventura inacabable) tenía que inventarla, sacándola de su caletre, de cabo a rabo. Siendo esto así, ¿es verosímil que creyese luego en su propia invención, que se la propusiese a sí mismo y a su conciencia como histórica? Pues a quien se siente capaz de inventar un relato de caballerías, ¿no se le ocurre que los relatos del mismo género tienen que ser igualmente inventados?” (Torrente, 1984: 49).
Respecto a las causas de la supuesta locura, se vuelve absolutamente fundamental según mis tesis, la segunda parte de la obra en la que don Quijote decide modificar su nombre y su personaje para dar comienzo a una nueva ficción pastoril. No se puede decir ahora que don Quijote leyera obsesivamente novelas pastoriles, en ningún momento se dice nada parecido en la obra. Don Quijote toma este nuevo juego, lo copia, de unos pastores fingidos que deciden darse a la recreación de la Arcadia y que acogen muy favorablemente a don Quijote y a Sancho cuando se cruzan en su camino.
Por otro lado, tenemos también el diagnóstico que del comportamiento de don Quijote nos ofrecen personajes como el del ventero, en la primera parte:
“El ventero daba voces que le dejasen, porque ya les había dicho como era loco, y que por loco se libraría, aunque los matase a todos” (I, III, 63).
Es importante constatar como la locura, sea fingida o real, aparece unida en las manifestaciones de muchos personajes a la cuestión de la impunidad: un loco puede hacer lo que desee; el ventero, por lo menos, así lo cree. Se trata de una creencia sumamente significativa para el análisis de la obra. Como veremos, don Quijote sabe perfectamente cuándo la locura puede funcionar como un eximente -cuando es apresado en la venta por los cuadrilleros en la primera parte- y cuándo sólo cabe la huída -ante la Santa Hermandad y tras liberar a los galeotes-.
De la misma manera, don Quijote es juzgado como loco por sus vecinos:
“De suerte que, cuando el labrador le volvió a preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mesmas palabras y razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del mesmo modo que él había leído la historia en La Diana, de Jorge de Montemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan a propósito, que el labrador se iba dando al diablo de oír tanta máquina de necedades; por donde conoció que su vecino estaba loco, y dábale priesa a llegar al pueblo por escusar el enfado que don Quijote le causaba con su larga arenga” (I, V, 79).
A la misma conclusión, la de la locura, llegan el cura y el barbero, personajes igualmente negativos en la obra.
“Quedaron admirados los dos de lo que Sancho Panza les contaba; y aunque ya sabían la locura de don Quijote y el género della, siempre que la oían se admiraban de nuevo” (I, XXVI, 322).
No hay que olvidar que estos dos personajes acaban perfectamente integrados en el juego quijotesco y su comportamiento, una vez metidos en él, no puede ser más mezquino. Veamos a continuación los acertados comentarios de Mancing a propósito del episodio en que don Quijote se enfrenta a un cabrero en el último capítulo de la primera parte.
“Y ¿cuál es la actitud de la ilustre compañía que mira esta escena? Veamos: «Reventaban de risa el canónigo y el cura, saltaban los cuadrilleros de gozo, zuzaban los unos y los otros, como hacen los perros cuando en pendencia están trabados; sólo Sancho Panza se desesperaba.»
Ya no existe el menor pretexto altruista de parte de Pero Pérez, Maese Nicolás y los otros. El manteamiento en la venta de Juan Palomeque le dio a Sancho Panza tanta vergüenza porque era un acto muy embrutecedor; los perros se manteaban durante Carnestolendas. El mismo embrutecimiento de don Quijote –el azuzarlo como a un perro- es el colmo de las humillaciones que ha sufrido hasta este momento. Y quienes lo humillan así no son unos arrieros brutales, ni ningún ventero picaresco, ni unos galeotes criminales, sino sus supuestos amigos. Con tales amigos, a don Quijote no le hacen falta enemigos” (Mancing, 1981b: 739).
Amen. Continuemos el análisis de la perspectiva de los personajes: el ama (en II, VII, 739, por ejemplo) y la sobrina también le tienen por loco.
Frente a esta actitud, tenemos las constantes apelaciones de don Quijote a su estado de auto-conciencia:
“—Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías” (I, V, 79).
Pero no sólo respecto a su persona, sino también respecto a la realidad:
“—O yo me engaño, o ésta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto, porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser y son sin duda algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester deshacer este tuerto a todo mi poderío.
—Peor será esto que los molinos de viento —dijo Sancho—. Mire, señor, que aquéllos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le engañe.
—Ya te he dicho, Sancho —respondió don Quijote—, que sabes poco de achaque de aventuras: lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás.
Y diciendo esto se adelantó y se puso en la mitad del camino por donde los frailes venían, y, en llegando tan cerca que a él le pareció que le podrían oír lo que dijese, en alta voz dijo:
—Gente endiablada y descomunal, dejad luego al punto las altas princesas que en ese coche lleváis forzadas; si no, aparejaos a recebir presta muerte, por justo castigo de vuestras malas obras.
Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados así de la figura de don Quijote como de sus razones, a las cuales respondieron:
—Señor caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos religiosos de San Benito que vamos nuestro camino, y no sabemos si en este coche vienen o no ningunas forzadas princesas.
—Para conmigo no hay palabras blandas, que ya yo os conozco, fementida canalla —dijo don Quijote.
Y, sin esperar más respuesta, picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun malferido, si no cayera muerto. El segundo religioso, que vio del modo que trataban a su compañero, puso piernas al castillo de su buena mula, y comenzó a correr por aquella campaña, más ligero que el mesmo viento.
Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno, arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes y preguntáronle que por qué le desnudaba. Respondióles Sancho que aquello le tocaba a él ligítimamente, como despojos de la batalla que su señor don Quijote había ganado. Los mozos, que no sabían de burlas, ni entendían aquello de despojos ni batallas, viendo que ya don Quijote estaba desviado de allí, hablando con las que en el coche venían, arremetieron con Sancho y dieron con él en el suelo; y, sin dejarle pelo en las barbas, le molieron a coces y le dejaron tendido en el suelo sin aliento ni sentido. Y, sin detenerse un punto, tornó a subir el fraile, todo temeroso y acobardado y sin color en el rostro; y cuando se vio a caballo, picó tras su compañero, que un buen espacio de allí le estaba aguardando, y esperando en qué paraba aquel sobresalto, y, sin querer aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron su camino, haciéndose más cruces que si llevaran al diablo a las espaldas” (I, VIII, 108-110).
Llegados a este punto, son especialmente interesantes las tesis de Torrente Ballester al respecto. Para este lucidísimo intérprete, don Quijote es plenamente consciente de la realidad que le rodea, lo que es lógico y coherente con la defensa de la hipótesis del juego que él, como ahora yo, lleva a cabo. Ahora bien, Torrente completa su análisis con una explicitación de las reglas que sirven a don Quijote para convertir la realidad circundante en escenario y objeto de sus aventuras, demostrando así que don Quijote conoce perfectamente las circunstancias en las que actúa -“Lo primero que sorprende de este loco es su perfecta comprensión del tipo de realidad que tiene delante y de lo que conviene hacer en cada caso” (Torrente Ballester, 1975/1984: 116)-.
Don Quijote no se estima a sí mismo como a un loco -lo cual podría ser hasta lógico en un comportamiento patológico-:
“¡Váleme Dios –dijo don Quijote-, y qué de necedades vas, Sancho, ensartando! ¿Qué va de lo que tratamos a los refranes que enhilas? Por tu vida, Sancho, que calles, y de aquí adelante, entremétete en espolear a tu asno, y deja de hacello en lo que no te importa. Y entiende con todos tus cinco sentidos que todo cuanto yo he hecho, hago e hiciere va muy puesto en razón y muy conforme a las reglas de caballería, que las sé mejor que cuantos caballeros las profesaron en el mundo” (I, XXV, 299).
Pero es que Sancho tampoco le juzga loco, al menos no de una forma concluyente. Sancho cree a don Quijote y desea acompañarle porque, como veremos, y entre otras motivaciones, tiene esperanzas de mejorar socialmente y obtener beneficios siendo escudero de un caballero.
Lo demás, la condena de los libros de caballerías, aunque bien pudiera entenderse como concesión a la moralidad, se puede asimismo interpretar “desde” el cristianismo de Quijano, que al ver la muerte encima la afronta con toda su personalidad moral y espiritual, hecha por el cristianismo” (Torrente, 1984: 201-202).
Creo que en este punto Torrente se equivoca por completo en la interpretación y lo que es más grave, se contradice. Si don Quijote era un personaje que tomaba toda su historia y personalidad moral de las de su creador -“O, dicho de otra manera: el personaje asume enteramente al hombre que lo ha creado, porque lo necesita para andar por el mundo como tal personaje; con lo cual Quijano deja de ser actor” (Torrente, 1984: 60)-, ¿cómo explicar entonces ese cristianismo sincero de Alonso Quijano tras dar vida a un personaje que se deleita haciendo gala de anticlericalismo? ¿Puede hablarse realmente de un cristianismo de Alonso Quijano? Si se observa detalladamente en qué consistía su juego creemos que la respuesta coherente es que no. Habrá que acudir entonces a otras explicaciones más lógicas, dentro de las tesis defendidas, que den cuenta de ese supuesto arrepentimiento.
Si Torrente estuviese atento a la materialización del juego de Alonso Quijano, se habría percatado de que uno de sus principales objetivos son los representantes de las instituciones eclesiásticas. Por eso Cervantes debe disimular muy bien el juego: no estaría bien visto que un hidalgo se divirtiese a costa de la Iglesia, a no ser que estuviese loco. Si Alonso Quijano juega, y si en su juego la Iglesia es una de las víctimas preferidas, entonces no es creíble su arrepentimiento basado en un supuesto cristianismo. Si don Quijote, como sostiene Torrente, asume al hombre y sus actitudes morales; si don Quijote es un personaje en el juego de Alonso Quijano –como efectivamente lo creemos-, entonces don Quijote, como Alonso Quijano, le tiene “bastantes ganas” a la Iglesia. Su cristianismo humanista y su piedad aparecen muy dudosas, en consecuencia. Por la misma razón niego y huyo de manidas interpretaciones erasmistas, como ya expuse, a la manera de las que nos ofrece un Américo Castro.
“La ideología renacentista está obsesionada por ese retorno a los orígenes de las formas de la cultura, de la moral, de la justicia, de la religión. Habría querido el Renacimiento hacer una edición crítica del Universo. En el terreno religioso, cristiano, el problema consistía en volver a las Escrituras, al Evangelio, a la soñada pureza de los primeros tiempos, al texto hebreo mejor que al latino, a lo más próximo, en suma, de la inalterable esencia que se aspiraba encontrar. Erasmo es el máximo representante de esa inquietud, de ese afán inquisitivo, que en él es método y no contenido cerrado; por eso repugnará las soluciones dogmáticas, tanto las de los teólogos católicos como las de los protestantes; por eso será odiado y perseguido en ambos campos. Pero ha dejado a lo largo del siglo, a la vez que mística emoción, una estela de criticismo y de insatisfecha inquietud; de exigencia racional y de espíritu de protesta. Sin Erasmo, Cervantes no habría sido como fue” (Castro, 2002: 288-289).
Es más, mi interpretación de que el cristianismo de Alonso Quijano es fingido, como luego veremos, es más coherente con la interpretación de Torrente que la que él mismo da.
En cuanto a la segunda parte, yerra Torrente, y por los mismos motivos, en una apreciación: la segunda parte no representa ya un juego inofensivo y esto es fundamental para entender por qué don Quijote acepta abandonar el juego mientras que Sancho desea continuarlo. Los dos aparecen guiados por la misma motivación: la virtud ética, identificada por Spinoza, de la generosidad. Alonso Quijano decide dejar el juego por Sancho (al igual que se arrepentirá y se fingirá cristiano para poder testar a favor de él) y Sancho desea seguir el juego por Alonso Quijano (porque sabe que la vida real, sin juegos, le resulta insoportable, como efectivamente se verificará en su muerte inmediatamente posterior al cese del juego).
Asistimos en la obra a distintas visiones y versiones del comportamiento de don Quijote.
El narrador y el resto de personajes, lo consideran un loco.
“Si este narrador no hiciera otra cosa que repetir un ardid tradicional, su consideración estaría de más. Su conducta, sin embargo, sorprende e interesa, porque con harta frecuencia abandona los trámites convencionales e interviene en el relato de manera original y, en ciertos pasajes, sospechosa. Uno de sus modos constantes y característicos de participación surge en el segundo párrafo de la novela, cuando dice: “… y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto…”. ¿La primera minucia? En todo caso, significativa, porque la palabra “desatino” inaugura la serie de las dotadas de fuerte connotación moral. Con “curiosidad”, el narrador designa un hecho; con “desatino”, lo juzga. No tendría importancia si sólo fuera una vez, pero, sin salir del primer capítulo, se advierte que los juicios se reiteran, se sistematizan. Y así se mantiene hasta el fin de la novela. Y los juicios se refieren, principal y sistemáticamente, a los protagonistas; a su modo de ser y a su conducta” (Torrente, 1984: 30).
Estoy completamente de acuerdo con lo que afirma Torrente en el siguiente párrafo, así como en el anteriormente citado.
“Prescindiendo de que tal procedimiento sea defectuoso y de que así se haya estimado, quizá el examen de estos juicios sistematizado, permita ver algo más claro. En la primera parte, se encuentran dos palabras clave: la de “loco”, aplicada a don Quijote, y la de “majadero” o “bobo”, aplicada a Sancho Panza. No son, bien entendido, monopolio del narrador, sino que otros personajes de la fábula las usan, e incluso hay ocasiones en que Sancho piensa de don Quijote que está “loco” y en que don Quijote piensa de Sancho que es un “majadero”. “Loco” y “majadero” constituyen, en la primera parte, los dos puntos de cohesión que dan unidad a los elementos de las figuras de los dos protagonistas en tanto en cuanto son vistas por los demás y, por supuesto, por el narrador. Son dos juicios que expresan el “sentir común”, son de “sentido común”. La imagen que el cura, el barbero, el ama, la sobrina y cierto número de personajes hallados a lo largo del camino tienen de don Quijote, es la de un “loco”, y, de Sancho, la de un “bobo”. ¿La propuesta “real” del narrador es la de entretener, la de interesar, la de apasionar con las aventuras de un loco y de un bobo? Así resulta a primera vista, aunque las cosas, examinadas con más atención, no parezcan tan simples. Pero no hay vuelta de hoja: los juicios morales del narrador coinciden con los de todo el mundo, y en este “todo el mundo” se incluye buena parte de los lectores” (Torrente, 1984: 34-35).
El narrador y el resto de personajes, lo consideran un loco, efectivamente, pero es que el narrador y el resto de los personajes no representan precisamente ejemplos de claridad argumental ni de sinceridad, sino que manifiestan unas actitudes, cuando menos, sospechosas.
Tanto en la primera como en la segunda parte de la obra se insiste en la locura de don Quijote, por una parte, y en su extraordinaria lucidez a la hora de afrontar otros discursos.
Veamos las declaraciones del narrador destinadas a explicar el proceso en el que Alonso Quijano pierde la razón.
“En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros […]” (I, I, 41-42).
Y de nuevo:
“En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo […]” (I, I, 43).
En ambos casos estamos ante declaraciones vertidas por el narrador, es importante reseñarlo una y otra vez, un narrador que no duda en mentir o ironizar a lo largo del relato de los hechos, como cuando habla de la gran ciudad del Toboso (II, VIII, 757), por ejemplo, o en la escena que reproduzco a continuación.
“—He perdido el libro de memoria —respondió Sancho— donde venía carta para Dulcinea y una cédula firmada de su señor, por la cual mandaba que su sobrina me diese tres pollinos, de cuatro o cinco que estaban en casa.
Y con esto les contó la pérdida del rucio. Consolole el cura, y díjole que en hallando a su señor él le haría revalidar la manda y que tornase a hacer la libranza en papel, como era uso y costumbre, porque las que se hacían en libros de memoria jamás se acetaban ni cumplían.
Con esto se consoló Sancho, y dijo que como aquello fuese ansí, que no le daba mucha pena la pérdida de la carta de Dulcinea, porque él la sabía casi de memoria, de la cual se podría trasladar donde y cuando quisiesen.
—Decildo, Sancho, pues —dijo el barbero—, que después la trasladaremos.
Parose Sancho Panza a rascar la cabeza para traer a la memoria la carta, y ya se ponía sobre un pie y ya sobre otro, unas veces miraba al suelo, otras al cielo, y al cabo de haberse roído la mitad de la yema de un dedo, teniendo suspensos a los que esperaban que ya la dijese, dijo al cabo de grandísimo rato:
—Por Dios, señor licenciado, que los diablos lleven la cosa que de la carta se me acuerda, aunque en el principio decía: «Alta y sobajada señora».
—No diría —dijo el barbero— sobajada, sino sobrehumana o soberana señora.
—Así es —dijo Sancho—. Luego, si mal no me acuerdo, proseguía, si mal no me acuerdo: «el llego y falto de sueño, y el ferido besa a vuestra merced las manos, ingrata y muy desconocida hermosa», y no sé qué decía de salud y de enfermedad que le enviaba, y por aquí iba escurriendo, hasta que acababa en «Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura».
No poco gustaron los dos de ver la buena memoria de Sancho Panza, y alabáronsela mucho y le pidieron que dijese la carta otras dos veces, para que ellos ansimesmo la tomasen de memoria para trasladalla a su tiempo.
Tornóla a decir Sancho otras tres veces, y otras tantas volvió a decir otros tres mil disparates” (I, XXVI, 323-324).
Como bien dice Torrente (aunque yo haría extensivo el comentario también a la primera parte de la obra, si bien en menor medida):
“El sistema “loco-bobo” se mantiene también en la segunda parte, pero sustancialmente modificado. No son ya dos adjetivos, sino cuatro, agrupados en parejas: “loco-cuerdo y tonto-discreto”. Cada una de ellas encierra una contradicción, de tal manera que cada adjetivo devora al otro, lo destruye y es destruido por él. Sin embargo, el narrador no los usa para que los lectores se queden con un montón de residuos en las manos, sino porque piensa que con ellos designa mejor y más apropiadamente la realidad de los personajes según su punto de vista. Con lo cual la contradicción de las palabras se traspasa a quienes son a la vez loco-cuerdo y tonto-discreto. (Debe, sin embargo, quedar constancia clara de que esta contradicción es aparente, ya que lo que parece querer designar el narrador es una “alternancia” de situaciones: alguien que actúa, a veces, como loco y, a veces, como cuerdo; y otro alguien que actúa, a veces como bobo, y, a veces, como discreto. A esta interpretación tienden quienes aceptan de antemano la locura patológica, la insania, del personaje, autorizados por la ciencia que les dice que ciertos locos atraviesan momentos lúcidos, etc. Esta cómoda explicación deja, sin embargo, una grave cuestión pendiente: ¿por qué Alonso Quijano, en sus momentos de cordura, “asume” la personalidad de don Quijote y sigue comportándose como tal? Pues la única rectificación es inmediatamente anterior a su muerte y no es, propiamente hablando, una rectificación sino que se aproxima más bien a un acto de arrepentimiento)”. (Torrente, 1984: 35-36).
Don Quijote se nos presenta como un loco, un loco que debe los síntomas de su enfermedad, entre otras cosas, a la mucha lectura de libros de caballerías. Pocos han reparado en el hecho de que antes de darse a la ficción caballeresca, para algunos locura, don Quijote pensó en tomar la pluma.
“Lo que se juzga primordial “es” que Alonso Quijano, “que ya estaba loco”, según el narrador, o, al menos, en trance de “llegar a serlo”, al proponerse completar las aventuras de don Belianís (precisamente la aventura inacabable) tenía que inventarla, sacándola de su caletre, de cabo a rabo. Siendo esto así, ¿es verosímil que creyese luego en su propia invención, que se la propusiese a sí mismo y a su conciencia como histórica? Pues a quien se siente capaz de inventar un relato de caballerías, ¿no se le ocurre que los relatos del mismo género tienen que ser igualmente inventados?” (Torrente, 1984: 49).
Respecto a las causas de la supuesta locura, se vuelve absolutamente fundamental según mis tesis, la segunda parte de la obra en la que don Quijote decide modificar su nombre y su personaje para dar comienzo a una nueva ficción pastoril. No se puede decir ahora que don Quijote leyera obsesivamente novelas pastoriles, en ningún momento se dice nada parecido en la obra. Don Quijote toma este nuevo juego, lo copia, de unos pastores fingidos que deciden darse a la recreación de la Arcadia y que acogen muy favorablemente a don Quijote y a Sancho cuando se cruzan en su camino.
Por otro lado, tenemos también el diagnóstico que del comportamiento de don Quijote nos ofrecen personajes como el del ventero, en la primera parte:
“El ventero daba voces que le dejasen, porque ya les había dicho como era loco, y que por loco se libraría, aunque los matase a todos” (I, III, 63).
Es importante constatar como la locura, sea fingida o real, aparece unida en las manifestaciones de muchos personajes a la cuestión de la impunidad: un loco puede hacer lo que desee; el ventero, por lo menos, así lo cree. Se trata de una creencia sumamente significativa para el análisis de la obra. Como veremos, don Quijote sabe perfectamente cuándo la locura puede funcionar como un eximente -cuando es apresado en la venta por los cuadrilleros en la primera parte- y cuándo sólo cabe la huída -ante la Santa Hermandad y tras liberar a los galeotes-.
De la misma manera, don Quijote es juzgado como loco por sus vecinos:
“De suerte que, cuando el labrador le volvió a preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mesmas palabras y razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del mesmo modo que él había leído la historia en La Diana, de Jorge de Montemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan a propósito, que el labrador se iba dando al diablo de oír tanta máquina de necedades; por donde conoció que su vecino estaba loco, y dábale priesa a llegar al pueblo por escusar el enfado que don Quijote le causaba con su larga arenga” (I, V, 79).
A la misma conclusión, la de la locura, llegan el cura y el barbero, personajes igualmente negativos en la obra.
“Quedaron admirados los dos de lo que Sancho Panza les contaba; y aunque ya sabían la locura de don Quijote y el género della, siempre que la oían se admiraban de nuevo” (I, XXVI, 322).
No hay que olvidar que estos dos personajes acaban perfectamente integrados en el juego quijotesco y su comportamiento, una vez metidos en él, no puede ser más mezquino. Veamos a continuación los acertados comentarios de Mancing a propósito del episodio en que don Quijote se enfrenta a un cabrero en el último capítulo de la primera parte.
“Y ¿cuál es la actitud de la ilustre compañía que mira esta escena? Veamos: «Reventaban de risa el canónigo y el cura, saltaban los cuadrilleros de gozo, zuzaban los unos y los otros, como hacen los perros cuando en pendencia están trabados; sólo Sancho Panza se desesperaba.»
Ya no existe el menor pretexto altruista de parte de Pero Pérez, Maese Nicolás y los otros. El manteamiento en la venta de Juan Palomeque le dio a Sancho Panza tanta vergüenza porque era un acto muy embrutecedor; los perros se manteaban durante Carnestolendas. El mismo embrutecimiento de don Quijote –el azuzarlo como a un perro- es el colmo de las humillaciones que ha sufrido hasta este momento. Y quienes lo humillan así no son unos arrieros brutales, ni ningún ventero picaresco, ni unos galeotes criminales, sino sus supuestos amigos. Con tales amigos, a don Quijote no le hacen falta enemigos” (Mancing, 1981b: 739).
Amen. Continuemos el análisis de la perspectiva de los personajes: el ama (en II, VII, 739, por ejemplo) y la sobrina también le tienen por loco.
Frente a esta actitud, tenemos las constantes apelaciones de don Quijote a su estado de auto-conciencia:
“—Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías” (I, V, 79).
Pero no sólo respecto a su persona, sino también respecto a la realidad:
“—O yo me engaño, o ésta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto, porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser y son sin duda algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester deshacer este tuerto a todo mi poderío.
—Peor será esto que los molinos de viento —dijo Sancho—. Mire, señor, que aquéllos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le engañe.
—Ya te he dicho, Sancho —respondió don Quijote—, que sabes poco de achaque de aventuras: lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás.
Y diciendo esto se adelantó y se puso en la mitad del camino por donde los frailes venían, y, en llegando tan cerca que a él le pareció que le podrían oír lo que dijese, en alta voz dijo:
—Gente endiablada y descomunal, dejad luego al punto las altas princesas que en ese coche lleváis forzadas; si no, aparejaos a recebir presta muerte, por justo castigo de vuestras malas obras.
Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados así de la figura de don Quijote como de sus razones, a las cuales respondieron:
—Señor caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos religiosos de San Benito que vamos nuestro camino, y no sabemos si en este coche vienen o no ningunas forzadas princesas.
—Para conmigo no hay palabras blandas, que ya yo os conozco, fementida canalla —dijo don Quijote.
Y, sin esperar más respuesta, picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun malferido, si no cayera muerto. El segundo religioso, que vio del modo que trataban a su compañero, puso piernas al castillo de su buena mula, y comenzó a correr por aquella campaña, más ligero que el mesmo viento.
Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno, arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes y preguntáronle que por qué le desnudaba. Respondióles Sancho que aquello le tocaba a él ligítimamente, como despojos de la batalla que su señor don Quijote había ganado. Los mozos, que no sabían de burlas, ni entendían aquello de despojos ni batallas, viendo que ya don Quijote estaba desviado de allí, hablando con las que en el coche venían, arremetieron con Sancho y dieron con él en el suelo; y, sin dejarle pelo en las barbas, le molieron a coces y le dejaron tendido en el suelo sin aliento ni sentido. Y, sin detenerse un punto, tornó a subir el fraile, todo temeroso y acobardado y sin color en el rostro; y cuando se vio a caballo, picó tras su compañero, que un buen espacio de allí le estaba aguardando, y esperando en qué paraba aquel sobresalto, y, sin querer aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron su camino, haciéndose más cruces que si llevaran al diablo a las espaldas” (I, VIII, 108-110).
Llegados a este punto, son especialmente interesantes las tesis de Torrente Ballester al respecto. Para este lucidísimo intérprete, don Quijote es plenamente consciente de la realidad que le rodea, lo que es lógico y coherente con la defensa de la hipótesis del juego que él, como ahora yo, lleva a cabo. Ahora bien, Torrente completa su análisis con una explicitación de las reglas que sirven a don Quijote para convertir la realidad circundante en escenario y objeto de sus aventuras, demostrando así que don Quijote conoce perfectamente las circunstancias en las que actúa -“Lo primero que sorprende de este loco es su perfecta comprensión del tipo de realidad que tiene delante y de lo que conviene hacer en cada caso” (Torrente Ballester, 1975/1984: 116)-.
Don Quijote no se estima a sí mismo como a un loco -lo cual podría ser hasta lógico en un comportamiento patológico-:
“¡Váleme Dios –dijo don Quijote-, y qué de necedades vas, Sancho, ensartando! ¿Qué va de lo que tratamos a los refranes que enhilas? Por tu vida, Sancho, que calles, y de aquí adelante, entremétete en espolear a tu asno, y deja de hacello en lo que no te importa. Y entiende con todos tus cinco sentidos que todo cuanto yo he hecho, hago e hiciere va muy puesto en razón y muy conforme a las reglas de caballería, que las sé mejor que cuantos caballeros las profesaron en el mundo” (I, XXV, 299).
Pero es que Sancho tampoco le juzga loco, al menos no de una forma concluyente. Sancho cree a don Quijote y desea acompañarle porque, como veremos, y entre otras motivaciones, tiene esperanzas de mejorar socialmente y obtener beneficios siendo escudero de un caballero.
II. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?
Dependiendo del diagnóstico que se efectúe del comportamiento de don Quijote se podrá sacar una u otra conclusión del conjunto de la obra: si don Quijote es un loco, ¿cómo tomarse en serio las críticas que efectúa?; si, por el contrario, don Quijote está jugando, ¿al servicio de qué significado presenta el autor tal juego? Esto lo trataré en las conclusiones, pero ahora voy a detenerme en profundidad en el análisis del tema de la locura, absolutamente fundamental dentro de la symploké de Ideas que presenta la obra.
Me reconozco profundamente deudora de las tesis defendidas por Torrente Ballester en su brillantísimo ensayo, El quijote como juego (1975/1984). Es más, las tesis de Torrente han pretendido combatirse desde posiciones que dejan mucho que desear en cuanto a su calidad argumentativa. Veamos un ejemplo.
“En toda vida humana se juega a ser sin parecer que jugamos, sin conciencia de representación. El personaje que decimos ser no es sino la máscara con que revestimos la identidad real que poseemos, que carece de relevancia alguna para el juego social. Es preciso representar tan seriamente que no lo parezca, y la mayor seriedad consiste en negar el tratamiento que hacemos de nuestro personaje como representación. Así, decimos que somos el juez, el médico, el notario, etcétera, cuando en verdad hacemos mera representación […]. Ahora bien, jugar a ser el que no se es es fantasear sobre sí mismo. Porque nadie es juez, catedrático, médico, capataz, etcétera, sino que todo lo más, hace-de tales. Y puede convertirse este hacer-de en ser porque los demás le obligan-aceptan en su representación de hacer-de” (Castilla del Pino, 2005: 27-28).
Con este argumento tan audaz pretende Castilla del Pino enfrentarse a las tesis de Torrente Ballester. He de decir que para mí queda absolutamente desacreditada su interpretación al partir de bases tan endebles. Si para este intérprete la vida es un juego en el que los médicos lo son no por estudiar medicina ni por pasar el MIR, sino porque les viene en gana representar el papel de médicos, entonces prefiero no sacar consecuencias y seguir apoyando las tesis que pretende combatir. Entre otras cosas, porque se encuentran mucho más fundamentadas en el texto que las metáforas que maneja Castilla del Pino.
Dicho esto, y antes de proceder a desarrollar el tema anunciado, quiero indicar que, como mostraré en los lugares pertinentes, Torrente Ballester no supo llevar de forma coherente, a mi juicio, las tesis que defendía hasta las últimas consecuencias.
Las tesis de Torrente incurren fundamentalmente en tres fallos graves:
- No refiere a los contenidos explícitos en que se materializa el juego quedándose en la mera descripción de las reglas y de la metodología.
- Renuncia expresamente a averiguar nada acerca de las razones autoriales para crear una novela sobre un personaje que a los 50 años decide empezar a jugar a los caballeros andantes.
“En cualquier caso, lo de menos es que el autor piense o no como su personaje. Es una cuestión absolutamente extraña a la novela en sí, y su inclusión en los criterios de valoración estética o de análisis crítico, impertinente. Lo que interesa en este caso es que el personaje, los personajes, “piensen”, y que de este pensamiento quede constancia en el texto, o sea, que forme parte de sus materiales y que, como tal entre a colaborar, bien o mal acomodado, en una “organización estética”.” (Torrente, 1984: 39).
- El juego de don Quijote eclipsa en su interpretación otras Ideas presentes en la obra. Mi tesis será que el juego sólo tiene sentido en symploké con otras Ideas como las involucradas por la dialéctica social, la concepción de la libertad o la dialéctica religiosa.
El primer y último fallo los cometen también quienes apuestan por la interpretación de la locura. Si se postula la locura como explicación de la conducta de don Quijote, el resto de Ideas presentes en la obra han de ser considerarse incoherentes, ya que, como veremos, no encajan. Si asumimos la hipótesis del juego, por las razones que Torrente aduce y por otras que él se dejó en el tintero, entonces la symploké ideal de la obra, la trabazón de las Ideas en ella implicadas, adquiere una lucidez y una lógica apabullantes. La hipótesis del juego no sólo explica más hechos textuales que la hipótesis de la locura; la hipótesis del juego, además, y esto es absolutamente fundamental, encaja a la perfección con el resto de Ideas implicadas en la fábula. La interpretación de la conducta de don Quijote en términos de locura condena a la obra cervantina a la incoherencia y la contradicción. Cervantes sólo puede mostrar correctamente la dialéctica social si don Quijote actúa a sabiendas y con plena conciencia de sus actos. Si es un loco, la dialéctica desaparece. Por eso a las tesis de Torrente les falta “algo más” para ser absolutamente rotundas, haciéndole necesario, en consecuencia, reconocer su carácter hipotético.
“Quien está disconforme con la locura como explicación de su conducta, a lo más que puede llegar es a la siguiente formulación, que, en último término, es la base de esta lectura y del entendimiento posterior a la misma: en el Quijote se cuenta la historia de un hombre que, al llegar a cierta edad y por razones ignoradas, puesto que la locura que se propone puede ser discutible, intenta configurar su vida conforme a la realización de ciertos valores arcaicos con una finalidad expresa, para lo cual adopta una apariencia de armonía histórica con los valores de que se sirve y con el tiempo en que estuvieron vigentes, y en franca discordancia (por analepsis) con el tiempo en que vive y en que va a realizarlos. Consciente del anacronismo, quizás también de lo impertinente de su ocurrencia, el personaje adopta ante ella una actitud irónica que confiere a su conducta la condición de juego” (Torrente, 1984: 50-51).
Y esto por no hablar ya de la pertinencia del relato episódico de El curioso impertinente: la hipótesis del juego explicaría la coherencia de esta pequeña novela con la fábula de la obra en la que se inserta. Si don Quijote juega es por la misma razón y desde la misma posición por la que Anselmo decide poner a prueba a su esposa: por aburrimiento mortal (en el caso de Alonso Quijano se verificará esta mortalidad al final de la novela).
“La génesis de [la estancia vital] de nuestro héroe queda señalada, lo mismo que acontece en Anselmo (El curioso impertinente) y en otros, que nos interesará sorprender en momentos decisivos de su existir” (Castro, 2002: 89).
Son estos tres fallos los que llevan a Torrente a errar de nuevo su interpretación cuando se pregunta por la crueldad de don Quijote en relación a la segunda parte de la obra y cuando habla del cristianismo de Alonso Quijano para explicar su arrepentimiento final.
Me reconozco profundamente deudora de las tesis defendidas por Torrente Ballester en su brillantísimo ensayo, El quijote como juego (1975/1984). Es más, las tesis de Torrente han pretendido combatirse desde posiciones que dejan mucho que desear en cuanto a su calidad argumentativa. Veamos un ejemplo.
“En toda vida humana se juega a ser sin parecer que jugamos, sin conciencia de representación. El personaje que decimos ser no es sino la máscara con que revestimos la identidad real que poseemos, que carece de relevancia alguna para el juego social. Es preciso representar tan seriamente que no lo parezca, y la mayor seriedad consiste en negar el tratamiento que hacemos de nuestro personaje como representación. Así, decimos que somos el juez, el médico, el notario, etcétera, cuando en verdad hacemos mera representación […]. Ahora bien, jugar a ser el que no se es es fantasear sobre sí mismo. Porque nadie es juez, catedrático, médico, capataz, etcétera, sino que todo lo más, hace-de tales. Y puede convertirse este hacer-de en ser porque los demás le obligan-aceptan en su representación de hacer-de” (Castilla del Pino, 2005: 27-28).
Con este argumento tan audaz pretende Castilla del Pino enfrentarse a las tesis de Torrente Ballester. He de decir que para mí queda absolutamente desacreditada su interpretación al partir de bases tan endebles. Si para este intérprete la vida es un juego en el que los médicos lo son no por estudiar medicina ni por pasar el MIR, sino porque les viene en gana representar el papel de médicos, entonces prefiero no sacar consecuencias y seguir apoyando las tesis que pretende combatir. Entre otras cosas, porque se encuentran mucho más fundamentadas en el texto que las metáforas que maneja Castilla del Pino.
Dicho esto, y antes de proceder a desarrollar el tema anunciado, quiero indicar que, como mostraré en los lugares pertinentes, Torrente Ballester no supo llevar de forma coherente, a mi juicio, las tesis que defendía hasta las últimas consecuencias.
Las tesis de Torrente incurren fundamentalmente en tres fallos graves:
- No refiere a los contenidos explícitos en que se materializa el juego quedándose en la mera descripción de las reglas y de la metodología.
- Renuncia expresamente a averiguar nada acerca de las razones autoriales para crear una novela sobre un personaje que a los 50 años decide empezar a jugar a los caballeros andantes.
“En cualquier caso, lo de menos es que el autor piense o no como su personaje. Es una cuestión absolutamente extraña a la novela en sí, y su inclusión en los criterios de valoración estética o de análisis crítico, impertinente. Lo que interesa en este caso es que el personaje, los personajes, “piensen”, y que de este pensamiento quede constancia en el texto, o sea, que forme parte de sus materiales y que, como tal entre a colaborar, bien o mal acomodado, en una “organización estética”.” (Torrente, 1984: 39).
- El juego de don Quijote eclipsa en su interpretación otras Ideas presentes en la obra. Mi tesis será que el juego sólo tiene sentido en symploké con otras Ideas como las involucradas por la dialéctica social, la concepción de la libertad o la dialéctica religiosa.
El primer y último fallo los cometen también quienes apuestan por la interpretación de la locura. Si se postula la locura como explicación de la conducta de don Quijote, el resto de Ideas presentes en la obra han de ser considerarse incoherentes, ya que, como veremos, no encajan. Si asumimos la hipótesis del juego, por las razones que Torrente aduce y por otras que él se dejó en el tintero, entonces la symploké ideal de la obra, la trabazón de las Ideas en ella implicadas, adquiere una lucidez y una lógica apabullantes. La hipótesis del juego no sólo explica más hechos textuales que la hipótesis de la locura; la hipótesis del juego, además, y esto es absolutamente fundamental, encaja a la perfección con el resto de Ideas implicadas en la fábula. La interpretación de la conducta de don Quijote en términos de locura condena a la obra cervantina a la incoherencia y la contradicción. Cervantes sólo puede mostrar correctamente la dialéctica social si don Quijote actúa a sabiendas y con plena conciencia de sus actos. Si es un loco, la dialéctica desaparece. Por eso a las tesis de Torrente les falta “algo más” para ser absolutamente rotundas, haciéndole necesario, en consecuencia, reconocer su carácter hipotético.
“Quien está disconforme con la locura como explicación de su conducta, a lo más que puede llegar es a la siguiente formulación, que, en último término, es la base de esta lectura y del entendimiento posterior a la misma: en el Quijote se cuenta la historia de un hombre que, al llegar a cierta edad y por razones ignoradas, puesto que la locura que se propone puede ser discutible, intenta configurar su vida conforme a la realización de ciertos valores arcaicos con una finalidad expresa, para lo cual adopta una apariencia de armonía histórica con los valores de que se sirve y con el tiempo en que estuvieron vigentes, y en franca discordancia (por analepsis) con el tiempo en que vive y en que va a realizarlos. Consciente del anacronismo, quizás también de lo impertinente de su ocurrencia, el personaje adopta ante ella una actitud irónica que confiere a su conducta la condición de juego” (Torrente, 1984: 50-51).
Y esto por no hablar ya de la pertinencia del relato episódico de El curioso impertinente: la hipótesis del juego explicaría la coherencia de esta pequeña novela con la fábula de la obra en la que se inserta. Si don Quijote juega es por la misma razón y desde la misma posición por la que Anselmo decide poner a prueba a su esposa: por aburrimiento mortal (en el caso de Alonso Quijano se verificará esta mortalidad al final de la novela).
“La génesis de [la estancia vital] de nuestro héroe queda señalada, lo mismo que acontece en Anselmo (El curioso impertinente) y en otros, que nos interesará sorprender en momentos decisivos de su existir” (Castro, 2002: 89).
Son estos tres fallos los que llevan a Torrente a errar de nuevo su interpretación cuando se pregunta por la crueldad de don Quijote en relación a la segunda parte de la obra y cuando habla del cristianismo de Alonso Quijano para explicar su arrepentimiento final.
I. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?
Fragmento del libro: "Don Quijote de la Mancha: literatura, filosofía y política" (2008) de Violeta Varela Álvarez
Don Quijote representa, ante todo, una paradoja ética: no duda en atentar contra su propio cuerpo en multitud de ocasiones para satisfacer su propia diversión. Su sentido de la aventura es, en principio, anti-ético, y todo ello en función de un código moral ficticio: el caballeresco. Ahora bien, don Quijote siempre exhibe un control total de la situación –salvo acaso en el episodio de los batanes (I, XX) y, claro está, en la segunda parte de la obra en la que las modificaciones son substanciales-. Su firmeza nunca se ve comprometida hasta el punto de perder la vida. Quizás en este sentido se podría objetar, fundamentalmente, el episodio en que se enfrenta –pretende enfrentarse, mejor dicho- a un león. En mi lectura de la obra, tal episodio puede ser calificado de insana temeridad, pero las razones para ello habría que buscarlas antes en la autoconciencia quijotesca de que su historia es conocida y admirada, antes que en la locura.
Su actitud consiste en una imposición de la ética frente a la moral y el derecho: son sus deseos y voliciones los que impone en su actuación. La crítica de Cervantes vendría a mostrarnos a un individuo moviéndose en un sistema moral que no existe, con el consiguiente desajuste entre intenciones y fines.
Antes de continuar, llega el momento de explicitar las nociones de ética, moral y derecho con las que voy a trabajar en este ensayo. A tal fin recurriré a tres autores: Hegel (1807/2004), Spinoza (1678/1987) y Bueno (1996b).
- Los planteamientos de Hegel
La eticidad, al desarrollarse, escinde la sustancia ética en dos categorías:
1) Ley subterránea o derecho de las sombras: incumbe a la sangre y a la familia. Es ley divina, en tanto se encarna en los penates familiares. Su virtud es la piedad y sus deberes son los que impone la philía o afecto recíproco entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, unidos por la identidad de carne y sangre. Funda un deber, ya que cada uno de los miembros del grupo familiar es una individualidad insustituible y necesaria para los otros miembros (es la ley del corazón: cada uno de los sujetos implicados es insustituible en el corazón de cada miembro). En las categorías en que me muevo, habría que decir que la Ley divina, en Hegel, se caracterizaría por considerar a los individuos que forman el todo familiar como partes atributivas, es decir, inintercambiables unas por otras.
2) Ley humana: representa las normas de la comunidad civil, del pueblo y de la ciudad. Se expresa en la costumbre y, de forma consciente, en el gobierno y en la palabra del gobernante. Trasciende siempre el ámbito particular de cada ciudadano. Los ciudadanos, para el Estado, son sustituibles. La muerte es un episodio natural y el Estado no la contempla, al contrario que la familia, como un mal absoluto. El Estado es una totalidad que contempla a los individuos que le constituyen bajo un prisma distributivo en relación a sus distintas clases dentro del ordenamiento jurídico-social.
- Mi posición
Comparto, salvo pequeños detalles que luego especificaré, los conceptos hegelianos de ley divina y ley humana. El problema lo encuentro, fundamentalmente, en que el esquema hegeliano resulta incompleto. La filosofía de Hegel se olvidó de la ética. Sus dos categorías no permiten llegar hasta el fondo de la compleja problemática política que se da en las dialécticas que envuelven al ciudadano.
Creo que las dos categorías hegelianas, además, deberían pulirse y depurarse por las razones que procedo a explicitar. La familia, el culto a los penates, por poner dos ejemplos célebres en la historia de la civilización occidental, ¿no pertenecían acaso a las costumbres de las póleis griegas? No toda costumbre debe ser encuadrada en la ley humana. Creo que lo correcto sería considerar a la ley divina como moral y a la ley humana como derecho o razón de estado, caso especial de la moral, ya que se trata de la codificación de ésta en términos sancionables política y judicialmente. El derecho es la moral unida al aparato estatal.
Habría también que distinguir tajantemente, Hegel no lo hace, entre las normas que rigen un estado (que evidentemente fundan costumbres) y las tradiciones y costumbres (mos, moris) de un grupo social. Las primeras serían impensables sin un estado regulado por un derecho, sea éste más o menos complejo.
A continuación voy a clarificar estos términos a los que acabo de referirme.
1) Ética
Entiendo la ética en el sentido en que Spinoza la enuncia en las proposiciones 58 y 59 de la parte tercera de su Ética:
Escolio: refiero a la fortaleza todas las acciones que derivan de los afectos que se remiten al alma en cuanto que entienden, y divido aquella en firmeza y generosidad. Por firmeza entiendo el deseo por el que cada uno se esfuerza en conservar su ser, en virtud del solo dictamen de la razón. Por generosidad entiendo el deseo por el que cada uno se esfuerza, en virtud del solo dictamen de la razón, en ayudar a los demás hombres y unirse a ellos mediante la amistad.
Las virtudes éticas derivadas de la fortaleza, en tanto atienden a la existencia real corpórea del individuo, son totalmente universales.
La moral y el derecho exigen muchas veces el sacrificio de la ética. Por poner ejemplos literarios clásicos y célebres, Antígona sabe que al violar la ley de Tebas acabará condenada a muerte. Antígona sacrifica su firmeza (perseverar en el ser) a sus deberes familiares. No actúa éticamente, sino moralmente. La ética falta en el sistema hegeliano, ya que no encaja en la ley divina.
2) Moral
Las costumbres que constituyen la moral son las tradiciones que han ido sobreviviendo en el grupo social, ya que efectivamente sirven y contribuyen a su cohesión como tal grupo. Son aquellas normas victoriosas que han demostrado servir a la supervivencia de una determinada comunidad. Aquí encaja, con las salvedades que antes he señalado, la ley divina hegeliana.
3) Derecho
La moral -en tanto que es indisociable de la ética puesto que la comunidad está compuesta por hombres corpóreos que, a su vez, se hacen personas en el contexto socio-político de una comunidad jurídica- está condenada a vivir en dialéctica y conflicto permanentes con la ética. Aquí es donde entra el tercer elemento: el Estado en tanto que regulador e instaurador de un código moral encarnado en el Derecho. Al Estado es a quien le incumbe solucionar los conflictos originados en la relación dialéctica que une a la ética y a la moral, pero esto provoca a su vez nuevos conflictos.
Continúo, pues, con mi análisis de la obra en los términos indicados.
La actitud ética de don Quijote conoce otro tipo de manifestación, a parte de la ya indicada paradoja: la generosidad -que se acentuará considerablemente, como veremos, en la segunda parte de la obra llegando a su culminación en el momento de su muerte-. Don Quijote muestra una gran generosidad hacia Sancho en la medida en que éste se involucra en sus proyectos. Pero Sancho se enredará al creer y seguir a don Quijote a través de un mundo moral que no existe. No hay ningún grupo de caballeros que se rija por la moral caballeresca. Todos los caballeros y hombres de armas que aparecen en la novela son ridiculizados y sometidos a una dura crítica: Cardenio y don Fernando, los Duques. No ocurre así con la figura del militar, de la que es un ejemplo claro el hermano de don Fernando, el cautivo.
El militar supone una determinada actuación anti-ética dentro de una moral y de un orden jurídico. El código militar se opone al caballeresco en su existencia real y en sus fines implantados dentro de un Estado. El criterio de Cervantes es siempre estatal, a pesar de las críticas a las que somete al Imperio aurisecular: el Estado es el criterio para la religión (episodio del cautivo y de los moriscos) y para el ejercicio de las armas.
En la segunda parte, al igual que en todos los restantes temas que trato en la obra, el cambio será importante. Ahora se seguirá imponiendo un código moral, pero éste ya no es un capricho ético de Don Quijote. En la segunda parte, efectivamente está funcionando un código moral caballeresco: el que comparten don Quijote y todos cuantos se han involucrado en su juego. Ahora la moral caballeresca la comparten, de modo lúdico, tanto don Quijote como los lectores de sus aventuras.
Don Quijote representa, ante todo, una paradoja ética: no duda en atentar contra su propio cuerpo en multitud de ocasiones para satisfacer su propia diversión. Su sentido de la aventura es, en principio, anti-ético, y todo ello en función de un código moral ficticio: el caballeresco. Ahora bien, don Quijote siempre exhibe un control total de la situación –salvo acaso en el episodio de los batanes (I, XX) y, claro está, en la segunda parte de la obra en la que las modificaciones son substanciales-. Su firmeza nunca se ve comprometida hasta el punto de perder la vida. Quizás en este sentido se podría objetar, fundamentalmente, el episodio en que se enfrenta –pretende enfrentarse, mejor dicho- a un león. En mi lectura de la obra, tal episodio puede ser calificado de insana temeridad, pero las razones para ello habría que buscarlas antes en la autoconciencia quijotesca de que su historia es conocida y admirada, antes que en la locura.
Su actitud consiste en una imposición de la ética frente a la moral y el derecho: son sus deseos y voliciones los que impone en su actuación. La crítica de Cervantes vendría a mostrarnos a un individuo moviéndose en un sistema moral que no existe, con el consiguiente desajuste entre intenciones y fines.
Antes de continuar, llega el momento de explicitar las nociones de ética, moral y derecho con las que voy a trabajar en este ensayo. A tal fin recurriré a tres autores: Hegel (1807/2004), Spinoza (1678/1987) y Bueno (1996b).
- Los planteamientos de Hegel
La eticidad, al desarrollarse, escinde la sustancia ética en dos categorías:
1) Ley subterránea o derecho de las sombras: incumbe a la sangre y a la familia. Es ley divina, en tanto se encarna en los penates familiares. Su virtud es la piedad y sus deberes son los que impone la philía o afecto recíproco entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, unidos por la identidad de carne y sangre. Funda un deber, ya que cada uno de los miembros del grupo familiar es una individualidad insustituible y necesaria para los otros miembros (es la ley del corazón: cada uno de los sujetos implicados es insustituible en el corazón de cada miembro). En las categorías en que me muevo, habría que decir que la Ley divina, en Hegel, se caracterizaría por considerar a los individuos que forman el todo familiar como partes atributivas, es decir, inintercambiables unas por otras.
2) Ley humana: representa las normas de la comunidad civil, del pueblo y de la ciudad. Se expresa en la costumbre y, de forma consciente, en el gobierno y en la palabra del gobernante. Trasciende siempre el ámbito particular de cada ciudadano. Los ciudadanos, para el Estado, son sustituibles. La muerte es un episodio natural y el Estado no la contempla, al contrario que la familia, como un mal absoluto. El Estado es una totalidad que contempla a los individuos que le constituyen bajo un prisma distributivo en relación a sus distintas clases dentro del ordenamiento jurídico-social.
- Mi posición
Comparto, salvo pequeños detalles que luego especificaré, los conceptos hegelianos de ley divina y ley humana. El problema lo encuentro, fundamentalmente, en que el esquema hegeliano resulta incompleto. La filosofía de Hegel se olvidó de la ética. Sus dos categorías no permiten llegar hasta el fondo de la compleja problemática política que se da en las dialécticas que envuelven al ciudadano.
Creo que las dos categorías hegelianas, además, deberían pulirse y depurarse por las razones que procedo a explicitar. La familia, el culto a los penates, por poner dos ejemplos célebres en la historia de la civilización occidental, ¿no pertenecían acaso a las costumbres de las póleis griegas? No toda costumbre debe ser encuadrada en la ley humana. Creo que lo correcto sería considerar a la ley divina como moral y a la ley humana como derecho o razón de estado, caso especial de la moral, ya que se trata de la codificación de ésta en términos sancionables política y judicialmente. El derecho es la moral unida al aparato estatal.
Habría también que distinguir tajantemente, Hegel no lo hace, entre las normas que rigen un estado (que evidentemente fundan costumbres) y las tradiciones y costumbres (mos, moris) de un grupo social. Las primeras serían impensables sin un estado regulado por un derecho, sea éste más o menos complejo.
A continuación voy a clarificar estos términos a los que acabo de referirme.
1) Ética
Entiendo la ética en el sentido en que Spinoza la enuncia en las proposiciones 58 y 59 de la parte tercera de su Ética:
Escolio: refiero a la fortaleza todas las acciones que derivan de los afectos que se remiten al alma en cuanto que entienden, y divido aquella en firmeza y generosidad. Por firmeza entiendo el deseo por el que cada uno se esfuerza en conservar su ser, en virtud del solo dictamen de la razón. Por generosidad entiendo el deseo por el que cada uno se esfuerza, en virtud del solo dictamen de la razón, en ayudar a los demás hombres y unirse a ellos mediante la amistad.
Las virtudes éticas derivadas de la fortaleza, en tanto atienden a la existencia real corpórea del individuo, son totalmente universales.
La moral y el derecho exigen muchas veces el sacrificio de la ética. Por poner ejemplos literarios clásicos y célebres, Antígona sabe que al violar la ley de Tebas acabará condenada a muerte. Antígona sacrifica su firmeza (perseverar en el ser) a sus deberes familiares. No actúa éticamente, sino moralmente. La ética falta en el sistema hegeliano, ya que no encaja en la ley divina.
2) Moral
Las costumbres que constituyen la moral son las tradiciones que han ido sobreviviendo en el grupo social, ya que efectivamente sirven y contribuyen a su cohesión como tal grupo. Son aquellas normas victoriosas que han demostrado servir a la supervivencia de una determinada comunidad. Aquí encaja, con las salvedades que antes he señalado, la ley divina hegeliana.
3) Derecho
La moral -en tanto que es indisociable de la ética puesto que la comunidad está compuesta por hombres corpóreos que, a su vez, se hacen personas en el contexto socio-político de una comunidad jurídica- está condenada a vivir en dialéctica y conflicto permanentes con la ética. Aquí es donde entra el tercer elemento: el Estado en tanto que regulador e instaurador de un código moral encarnado en el Derecho. Al Estado es a quien le incumbe solucionar los conflictos originados en la relación dialéctica que une a la ética y a la moral, pero esto provoca a su vez nuevos conflictos.
Continúo, pues, con mi análisis de la obra en los términos indicados.
La actitud ética de don Quijote conoce otro tipo de manifestación, a parte de la ya indicada paradoja: la generosidad -que se acentuará considerablemente, como veremos, en la segunda parte de la obra llegando a su culminación en el momento de su muerte-. Don Quijote muestra una gran generosidad hacia Sancho en la medida en que éste se involucra en sus proyectos. Pero Sancho se enredará al creer y seguir a don Quijote a través de un mundo moral que no existe. No hay ningún grupo de caballeros que se rija por la moral caballeresca. Todos los caballeros y hombres de armas que aparecen en la novela son ridiculizados y sometidos a una dura crítica: Cardenio y don Fernando, los Duques. No ocurre así con la figura del militar, de la que es un ejemplo claro el hermano de don Fernando, el cautivo.
El militar supone una determinada actuación anti-ética dentro de una moral y de un orden jurídico. El código militar se opone al caballeresco en su existencia real y en sus fines implantados dentro de un Estado. El criterio de Cervantes es siempre estatal, a pesar de las críticas a las que somete al Imperio aurisecular: el Estado es el criterio para la religión (episodio del cautivo y de los moriscos) y para el ejercicio de las armas.
En la segunda parte, al igual que en todos los restantes temas que trato en la obra, el cambio será importante. Ahora se seguirá imponiendo un código moral, pero éste ya no es un capricho ético de Don Quijote. En la segunda parte, efectivamente está funcionando un código moral caballeresco: el que comparten don Quijote y todos cuantos se han involucrado en su juego. Ahora la moral caballeresca la comparten, de modo lúdico, tanto don Quijote como los lectores de sus aventuras.
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