"Los dos términos nómos (pl. nómoi) y phýsis son palabras clave del pensamiento griego que en los siglos V y IV sería posible considerar como un eslogan. En los escritores antiguos no aparecen necesariamente como términos incompatibles o antitéticos, pero en el entorno intelectual del siglo V legaron a ser comúnmente considerados como opuestos y mutuamente excluyentes: lo que existía «por nómos» no lo era «por phýsis» y viceversa" (Guthrie, 1969/2005: III, 64).
Los sofistas y Eurípides llevaron esta oposición al terreno de la moral y de la política. La distinción se llevó a todos los temas: religión, origen del Estado, esclavitud, dominio de unos Estados sobre otros, la moral, la justicia, las nociones de maldad y bondad.
"Para Eurípides, se trata de una cuestión de moral. Noble y bueno, plebeyo y malo, ya no pueden ser por más tiempo términos intercambiables como lo fueron para un Teognis, cuyas palabras adquieren obviamente un sentido moral en las líneas «La nobleza no acompaña al malo, sino al bueno» (Alejandro, fr. 53)". (Guthrie, 1969/2005: III, 158).
Esquilo, Eurípides, Protágoras, defendieron la teoría acerca del progreso social del hombre, frente a las ideas religiosas de degeneración y corrupción presentes en Mitos como el de las Edades de Hesíodo o en Empédocles. Lo mismo en la Antígona de Sófocles. Civilización y ley no se dan la una sin la otra. Jenófanes pudo ser el precursor de tales ideas [fr. 534, apud Eggers Lan/Juliá, 1994 (21 B 18, apud Diels-Kranz, 1951-52)]. Defensores del nómos, como Sófocles, mostraron en sus obras el ideal del buen ciudadano que obedece la ley y actúa con Justicia. Sófocles defiende la ley, pero una ley piadosa, que tenga su origen en Zeus. El personaje prototípico en este sentido creemos que es el Teseo de su Edipo en Colono. La ley marca los límites dentro de los cuales los hombres pueden moverse y era objeto del mayor de los respetos e incluso de veneración en la Grecia previa a la aparición de la sofística -véase la anécdota expuesta por Herodoto en VII, 104; la alabanza de la ley en Eurípides, Suplicantes, 429 ss.; el discurso de Pericles en Tucídides II, 37; las palabras de Sócrates en los Recuerdos de Sócrates, IV, 4, 12 ss. de Jenofonte o textos como el Anónimo de Jámblico (Untersteiner, 1949-1967: III; traducción española disponible en Melero, 1996: 447ss.). Eurípides, por ejemplo, habría abogado por una reconciliación, un nómos fundamentado en la phýsis (Ión, 642; Bacantes 895 ss.; y en su fragmento 920; apud Guthrie, 1969/2005: III, 119).
"La lectura de estos pasajes no es que «las leyes son de origen divino» sino que hay ciertos ordenamientos establecidos por los dioses (más frecuentemente designados como nómina, término más vago que nómoi) que se refieren a la observancia religiosa o de los principios morales y que son distintos del gran corpus de leyes positivas en una ciudad como Atenas. La misma ley positiva, sin embargo, según lo muestran las tradiciones sobre Licurgo y otros legisladores, podría considerarse como la obra de un hombre inspirado por el cielo, de esta manera de origen tanto divino como humano. […] No obstante, la combinación de «regalo o don de los dioses» y «decisión de hombres sabios» no le parecía en absoluto incongruente a un griego, como nos lo parece a nosotros, sino apropiada en boca de un orador. […] Para un ateniense del siglo V que aún respetaba las tradiciones de su raza la ley justa era un regalo de la providencia, vehiculado a través de las decisiones de sabios hombres de Estado, y ratificado por el consenso de toda la ciudad" (Guthrie, 1969/2005: III, 86, 87).
A este respecto, de Trasímaco, es sumamente interesante su concepción de las leyes, como expone Platón en República, I, 336c y ss.:
"Trasímaco [interpelando a Sócrates acerca de qué es lo justo]: Pero no me vayas a decir que lo justo es lo necesario, lo provechoso, lo útil, lo ventajoso y lo conveniente;
Guthrie identifica el trasfondo de lo afirmado por Trasímaco y Platón con el contraste entre el ser y el deber ser (Guthrie, 1969/2005: III, 100). Lo que ahora se llama Justicia tiene que ver con el poder no con la virtud. Trasímaco describe, no entra en valoraciones.
"Calicles: En efecto, por naturaleza es más feo todo lo que es más desventajoso, por ejemplo sufrir injusticia; pero por ley es más feo cometerla. Pues ni siquiera esta desgracia, sufrir la injusticia, es propia de un hombre, sino de algún esclavo para quien es preferible morir a seguir viviendo y quien, aunque reciba un daño y sea ultrajado, no es capaz de defenderse a sí mismo ni a otro por el que se interese. Pero, según mi parecer, los que establecen las leyes son los débiles y la multitud. En efecto, mirando a sí mismos y a su propia utilidad establecen las leyes, disponen las alabanzas y determinan las censuras. Tratando de atemorizar a los hombres más fuertes y a los capaces de poseer mucho, para que no tengan más que ellos, dicen que adquirir mucho es feo e injusto, y que eso es cometer injusticia: tratar de poseer más que los otros. En efecto, se sienten satisfechos, según creo, con poseer lo mismo siendo inferiores.
¡Cómo han cambiado las cosas desde los tiempos de Esquilo! Recordemos que según marcharon los acontecimientos, al final podría decirse que Persia era la más fuerte y había ganado la partida.
- La Ley es una construcción del fuerte para mantenerse en el poder.
- La Ley es una construcción de los débiles para mantenerse a salvo de quienes por naturaleza les dominarían.
Comparemos estas palabras de Trasímaco con las representadas por Esquilo en Agamenón, 370 ss.:
"Alguien dijo que las deidades no se dignan si quiera cuidarse de los mortales que pisotean el honor de lo inviolable. No era ése un hombre piadoso. La maldición se revela en los frutos de las ilícitas osadías de quienes se muestran más orgullosos de lo que es justo, cuando en exceso sus casas rebosan sobrepasando la medida óptima. Tenga sin daño la riqueza, de modo que pueda bastarle, quien por su suerte ha logrado la sabiduría, pues no es un baluarte la riqueza para el varón que por buscar la saciedad da un puntapié al grandioso altar de la Justicia, para hacerla desaparecer" (traducción de Bernardo Perea).
Para Esquilo la Justicia preside todas las acciones humanas y es Zeus quien se encarga de que sea así. No cabe mayor impiedad que afirmar que las leyes de la pólis carecen de justicia, ¿cómo podría suceder tal cosa en el régimen político más querido por los dioses, la democracia griega? Hay Justicia y las tragedias de Esquilo son la prueba de que quien llega a olvidarse de ella pagará un terrible castigo. Trasímaco, en cambio, ya no podía agarrase a tal fe o confianza, como tampoco podían Sófocles ni Eurípides. Las obras de Esquilo se inspiran en una profunda convicción: los dioses velan por la justicia y su cumplimiento y respeto por parte de los hombres. En tiempos de Sófocles y Eurípides las leyes de la pólis se habían emancipado de los dioses, generando en ambos trágicos distintas respuestas.
"Sócrates: Quizá dijeran las leyes: “¿Es esto, Sócrates, lo que hemos convenido tú y nosotras, o bien que hay que permanecer fiel a las sentencias que dicte la ciudad?” Si nos extrañáramos de sus palabras, quizá dijeran: “Sócrates no te extrañes de lo que decimos, sino respóndenos, puesto que tienes la costumbre de servirte de preguntas y respuestas. Veamos, ¿qué acusación tienes contra nosotras y contra la ciudad para intentar destruirnos? En primer lugar, ¿no te hemos dado nosotras la vida y, por medio de nosotras, desposó tu padre a tu madre y te engendró? Dinos, entonces, ¿a las leyes referentes al matrimonio les censuras algo que no esté bien?””No las censuro”, diría yo. “Entonces, ¿a las que se refieren a la crianza del nacido y a la educación en que te has educado? ¿Acaso las que de nosotras estaban establecidas para ello no disponían bien ordenando a tu padre que te educara en la música y en la gimnasia?””Sí disponían bien”, diría yo. “Después que hubiste nacido y hubiste sido criado y educado, ¿podrías decir, en principio, que no eras resultado de nosotras y nuestro esclavo, tú y tus ascendientes? Si esto es así, ¿acaso crees que los derechos son los mismos para ti y para nosotras, y es justo para ti responder haciéndonos, a tu vez, lo que nosotras intentemos hacerte? Ciertamente no serían iguales tus derechos respecto a tu padre y respecto a tu dueño, si lo tuvieras, como para que respondieras haciéndoles lo que ellos te hicieran, insultando a tu vez al ser insultado, o golpeando al ser golpeado, y así sucesivamente. ¿Te sería posible, en cambio, hacerlo con la patria y las leyes, de modo que si nos proponemos matarte, porque lo consideramos justo, por tu parte intentes, en la medida de tus fuerzas, destruirnos a nosotras, las leyes, y a la patria, y afirmes que al hacerlo obras justamente, tú, el que en verdad se preocupa de la virtud? ¿Acaso eres tan sabio que te pasa inadvertido que la patria merece más honor que la madre, que el padre y que todos los antepasados, que es más venerable y más santa y que es digna de la mayor estimación entre los dioses y los hombres de juicio? ¿Te pasa inadvertido que hay que respetarla y ceder ante la patria y halagarla, si está irritada, más aún que al padre; que hay que convencerla u obedecerla haciendo lo que ella disponga; que hay que padecer sin oponerse a ello, si ordena padecer algo; que si ordena recibir golpes, sufrir prisión, o llevarte a la guerra para ser herido o para morir, hay que hacer esto porque es lo justo, y no hay que ser débil ni retroceder ni abandonar el puesto, sino que en la guerra, en el tribunal y en todas partes hay que hacer lo que la ciudad y la patria ordene, o persuadirla de lo que es justo; y que es impío hacer violencia a la madre y al padre, pero lo es mucho más aún a la patria?” ¿Qué vamos a decir a esto, Critón? ¿Dicen la verdad las leyes o no?" (traducción de Juan Calonge).
Las tesis aquí citadas por Jenofonte y Platón suponen un vapuleo total de todo idealismo político. Sócrates y Platón pudieron mantener recelos ante las leyes atenienses, y más si tenemos en cuenta sus posiciones pro-espartanas en materia política y legal, pero jamás dudaron de su legitimidad.
"De las cosas que existen, las unas existen por naturaleza, otras, en cambio, son fruto de la convención. Ésos son los elementos primeros y directivos. Pues bien, las cosas que son por naturaleza deben según un modo y una naturaleza idénticos; de las que son por convención, en cambio, unas, por acuerdo mutuo, los hombres se las imponen en su propio interés; una forma tal de proceder se llama costumbre. Y es, como dice Femónoe, una ley no escrita. Aquellas otras que, por miedo a que fueran transgredidas, pusieron por escrito, las llaman leyes, por considerar que ellas deben existir como tales. Por tanto ellos se han puesto comúnmente de acuerdo en lo tocante a los misterios, los ritos de iniciación, las reuniones sacras, los certámenes, la milicia, la agricultura, las normas de convivencia ciudadana, el matrimonio, la educación de los hijos y todas las demás instituciones semejantes a éstas. Por otro lado, cada individuo, tras llegar a un acuerdo consigo mismo, se sirve de un sistema propio de vida así como de formas particulares de calzado, vestido, alimentación, peinado o cualquier otro ornamento corporal, así como de una ocupación propia y una actitud vital que especialmente apruebe. “Distintos son los hábitos de cada cual y cada uno aprueba el derecho propio” [frag. 215 Schr. = 188 Turyn], afirma Píndaro. El poder de las leyes escritas es siempre el mismo y quien obra según el texto de la ley obtiene alabanzas, honores, buena fama y una gran seguridad. Quien transgrede, en cambio, las leyes escritas, corre el riesgo de sufrir castigos, condenas, procesos. La norma, pues, que se rige por la ley no admite distinciones, salvo en cuanto al tiempo. La costumbre, en cambio, tiene las divisiones del tiempo, el arte y los nombres. En efecto, todas las acciones realizadas según ley y con independencia de la ley, en cualquier modo, ocurren o han ocurrido u ocurrirán en un tiempo determinado; las distinciones del tiempo son los momentos oportunos y las épocas adecuadas [...]".
Este texto supone una joya para todo aquel interesado en la delimitación de los conceptos de ética, moral y derecho (ya tratados en este trabajo y en una perspectiva no muy lejana a la que en tal texto se exhibe), así como también una negación de las posturas ius-naturalistas.
"También Critias, uno de los que ejercieron la tiranía en Atenas, parece haber pertenecido al grupo de los ateos, ya que afirmó que los antiguos legisladores forjaron la divinidad como una suerte de supervisor de los aciertos y errores humanos, a fin de que nadie hiciera, en secreto, ninguna injusticia a su prójimo, para guardarse del castigo divino. Sus palabras son como sigue: “Un tiempo hubo... existe una estirpe de dioses”".
Será Sófocles quien se alce contra tanto “laicismo” en su Antígona, y quien recupere a autores aristocráticos como Heráclito. La ley divina ha de ser el fundamento de la ley humana y nada puede haber en ésta que contradiga a aquélla.
- AA. VV. (1996), Sofistas: testimonios y fragmentos, introducción, traducción y notas de A. Melero, Madrid, Gredos.
- AA. VV. (1949), Sofisti: testimonianze e frammenti (4 vols.), introducción, traducción y comentario de M. Untersteiner y de A. Battegazzore (éste último sólo participa en el cuarto volumen), Florencia, Nuova Italia.
- AA. VV. (2004), Tragicorum graecorum fragmenta, Vol. 5, Eurípides, editado por R. Kannicht, Göttingen, Vandenhoeck & Ruprecht.
- Esquilo (1974), Aeschyli: septem quae supersunt tragoediae, edición crítica de D. Page, Nueva York, Oxford University Press.
- Esquilo (2000), Tragedias, traducción y notas por B. Perea Morales, introducción por F. Rodríguez Adrados, Madrid, Gredos.
- Eurípides (1977), Tragedias, Vol. I, traducción y notas de A. Medina, J. A. López Férez; introducción general de C. García Gual, Madrid, Gredos.
- Eurípides (1985), Tragedias, Vol. II, introducciones, traducciones y notas de J. L. Calvo Martínez, Madrid, Gredos.
- Eurípides (1979), Tragedias, Vol. III, introducciones, traducciones y notas de C. García Gual y L. A. de Cuenca y Prado, Madrid, Gredos.
- Eurípides (1995), Medea, edición bilingüe y traducción de F. Rodríguez Adrados, Madrid, Alma Mater.
- Eurípides (1995), Selected fragmentary plays, Vol. I y II, con introducciones, traducciones al inglés y comentarios de C. Collard, M. J. Cropp y J. Gubert, Oxford y Warminster, Aris & Phillips.
- Jenofonte (1993), Recuerdos de Sócrates; Económico; Banquete; Apología de Sócrates, introducciones, traducciones y notas de J. Zaragoza, Madrid, Gredos.
- Platón (1997), Apología; Critón; Eutifrón; Ión; Lisis; Cármides; Hipias Menor; Hipias Mayor; Laques; Protágoras en Diálogos I, introducción general de E. Lledó; introducción, traducción y notas por J. Calonge, E. Lledó, C. García Gual, Madrid, Gredos.
- Platón (1992), Gorgias; Menéxeno; Eutidemo; Menón; Crátilo en Diálogos II, introducción, traducción y notas por F. J. Olivieri y J. Calonge, Madrid, Gredos.
- Platón (1998) República en Diálogos IV, introducción, traducción y notas por C. Eggers Lan, Madrid, Gredos.
- Platón (1992), Parménides; Teeteto; Sofista; Político en Diálogos V, introducción, traducción y notas de Mª. I. Santa Cruz, A. Vallejo Campos y N. L. Cordero, Madrid, Gredos.
- Platón (1999), Leyes en Diálogos VIII (I-VI) y IX (VII-XII), 2 vols., introducción, traducción y notas por F. Lisi, Madrid, Gredos.
- Sófocles (1981), Tragedias, introducción por J. Lasso de la Vega, traducción y notas por A. Alamillo, Madrid, Gredos.
- Sófocles (1990), Sophoclis fabulae, edición crítica de H. Lloyd-Jones y N. G. Wilson, Nueva York, Oxford University Press.
- Guthrie, W. K. C. (1962, 1965, 1969/2005), A history of greek Philosophy, Cambridge University Press, England. Traducción española de A. Medina González (volúmenes I y II) y J. Rodríguez Feo (volumen III): Historia de la filosofía griega, vol. I, II y III, Barcelona, RBA.
