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Investigadora en el Instituto de Estudios Medievales y Renacentistas de la Universidad de Salamanca y en el Centro de Estudios Clásicos y Humanísticos de la Universidad de Coimbra. Doctora en filosofía por la Universidad de Salamanca (Febrero de 2008). Autora de cinco libros: "Una revolución hacia la nada" (2012), "Don Quijote de la Mancha: literatura, filosofía y política" (2012) "Destino y Libertad en la tragedia griega" (2008), "Contra la teoría literaria feminista" (2007) y "El mito de Prometeo en Hesíodo, Esquilo y Platón: tres imágenes de la Grecia antigua" (2006). Ha publicado varios trabajos en revistas académicas sobre asuntos de literatura, filosofía y teoría literaria. En su carrera investigadora ha trabajado y estudiado en las universidades de Oviedo, Salamanca y Oxford. Fundamentalmente se ha especializado en la identificación y el análisis de las Ideas filosóficas presentes en la obra de numerosos clásicos de la literatura universal, con especial atención a la literatura de la antigüedad greco-latina y la literatura española.

No es que esto sea Ítaca, pero verás que es agradable

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Si amas la literatura y adoras la filosofía, éste puede ser un buen lugar para atracar mientras navegas por la red.
Aquí encontrarás acercamientos críticos de naturaleza filosófica a autores clásicos, ya sean antiguos, modernos o contemporáneos; críticas apasionadas de las corrientes más "totales" del momento: desde la moda de los estudios culturales hasta los intocables estudios "de género" o feministas; investigaciones estrictamente filosóficas sobre diversas Ideas fundamentales y muchas cosas más. Puede que hasta os echéis unas risas, cortesía de algún autor posmoderno.
Ante todo, encontraréis coherencia, pasión, sinceridad y honestidad, antes que corrección política, retóricas complacientes y cinismos e hipocresías de toda clase y condición, pero siempre muy bien disimuladas.
También tenemos la ventaja de que, como el "mercado" suele pasar de estos temas, nos vengamos de él hablando de algunos autores con los que se equivocó, muchísimos, ya que, en su momento, conocieron el fracaso literario o filosófico y el rechazo social en toda su crudeza; y lo conocieron, entre otras cosas, porque fueron autores muy valientes (son los que más merecen la pena). Se merecen, en consecuencia, el homenaje de ser rehabilitados en todo lo que tuvieron de transgresor, algo que, sorprendentemente, en la mayoría de los casos, sigue vigente en la actualidad.
En definitiva, lo que se ofrece aquí es el sitio de alguien que vive para la filosofía y la literatura (aunque, sobre todo en el caso de la filosofía, se haga realmente duro el vivir de ellas) y que desea tratar de ellas con respeto y rigor, pero sin perder la gracia, porque creo que se lo debemos, y si hay algo que una ha aprendido de los griegos es, sin duda, que se debe ser siempre agradecido.
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lunes, 17 de octubre de 2011

Los discursos quijotescos

Tradicionalmente –y en la propia obra así se dice (II, XVIII, 846) en boca del hijo de don Diego, caballero del verde gabán; o en la segunda parte, en el capítulo LXII, en la página 1241; y, en definitiva, en tantas ocasiones a lo largo de la obra- se han considerado como períodos de lucidez aquéllos en los que don Quijote articula sus discursos (el de las armas y las letras es el más claro, pero también el Discurso en defensa de la poesía o el de la Edad de oro), pero yo sostengo que tales discursos responden antes a la racionalidad caballeresca que a la racionalidad mundana imperante en el momento histórico en el que don Quijote se sitúa. Neuschäfer, por ejemplo, no duda en sostener estas tesis que critico.

Es verdad que don Quijote sigue estando loco en cuanto está en juego la caballería andante y su amor por Dulcinea; pero en relación con las cuestiones “patrióticas” que se tratan en esta segunda tanda de los episodios, se encuentra don Quijote en el lado de los cuerdos y no existe el abismo entre los asuntos serios representados por los personajes episódicos y el aspecto ridículo representado por don Quijote. Como ya hemos indicado, es él quien, en los capítulos 37 y 38, da la salida y pronuncia, como quien dice, el prólogo a la historia del Cautivo. Lo hace en su famoso discurso sobre las armas y las letras, cuya cordura se subraya varias veces en el texto por medio de los que allí escuchan y que conocen perfectamente su inclinación a la locura. Es, pues, el mismo don Quijote quien introduce aquí el “tema serio”, como, por cierto, ya lo había hecho en el episodio de Marcela con su discurso sobre la Edad de Oro” (Neuschäfer, 1999: 90).

En esta investigación me pregunto cómo realmente alguien puede considerar cuerdo a un hombre hablando sobre la Edad de Oro, mito muy pasado de moda hasta para los griegos en tiempos de Platón, y sobre la necesidad de la caballería en esta nuestra Edad de Hierro. Considero que este discurso se inserta a la perfección en el logos caballeresco que don Quijote toma como pretexto de diversión, pero sigo sin entender que los defensores de la locura de don Quijote vean este discurso como ejemplo de lucidez y cordura. En el caso del Discurso de las armas y las letras se trata de una cuestión más complicada porque la apariencia de lucidez de éste es muchísimo mayor que en el Discurso sobre la Edad de Oro, que a mi juicio no tiene ninguna. Por ello le dedicaré un espacio a la hora de tratar el tema de la libertad, en relación con el cual adquiere sentido. Veamos ahora un esquema de lo que pretendo demostrar y de sus repercusiones críticas e interpretativas.



Interpretación del narrador

Interpretación de los personajes

Interpretación del propio don Quijote (autoconciencia)

Mi interpretación

Don Quijote

Loco

Loco

Cuerdo

Personaje creado por Alonso Quijano para jugar

Discursos quijotescos

Períodos de lucidez dentro de la locura

Períodos de lucidez dentro de la locura

Modo de pensar caballeresco

Enunciaciones coherentes con la lógica del personaje creado que no responden a la realidad social y política del momento histórico. Manifestaciones absurdas en tiempos de Alonso Quijano

Hechos quijotescos

Locuras

Locuras

Demostraciones de valentía y arrojo que en ocasiones lindan con la temeridad

Afirmaciones dialécticas cuyo fin es atacar y ridiculizar la estructura socio-política, religiosa e institucional vigente


Si aceptamos el juicio del narrador y de los restantes personajes, caeremos en la trampa cervantina de afirmar como lúcidos unos discursos absurdos –por su inadecuación al presente histórico- y de afirmar como locos unos hechos que encubren una gran carga crítica y que, esta vez sí, responden a una realidad social muy concreta: la realidad estamental, la realidad de las instituciones eclesiásticas, la realidad de unas leyes que determinan castigos excesivos –como se ve en el episodio de los galeotes cuando éstos relatan sus delitos ante don Quijote-. Afirmar la locura de don Quijote y quedarnos con el diagnóstico de personajes muy poco fiables significa caer en una trampa, renunciar a leer las sutilezas que Cervantes expone e impedir el acceso a la crítica que el autor expone en la obra.

Respecto al Discurso de las armas y las letras, sostengo que don Quijote intenta hacer valer como objetiva una libertad primaria. Él reconoce el ejercicio de las armas como fundamental para el establecimiento de la libertad, lo que se niega a reconocer es que esas armas deben estar al servicio de un estado (él las pone al servicio de un grupo moral, del de los caballeros andantes, que es inexistente). Esto entra directamente en relación con lo tratado en el capítulo anterior acerca de la imposición ética de un código moral inexistente.

Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de apuestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos. Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos; porque aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filo de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra” (Quijote I, XXXVIII, 491).

Advierto implícita en estas palabras una oposición de la figura del militar - asociada a la guerra como actividad que se ha vuelto ruin y contraria a la fama y a la gloria-, frente a la figura del caballero -cuya lucha es individual, personal y cuerpo a cuerpo, espada frente a espada-.

Y si éste parece pequeño peligro, veamos si le iguala y hace ventaja el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales enclavijadas y trabajadas no le queda al soldado más espacio del que concede dos pies de tabla del espolón; y con todo esto, viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los profundos senos de Neptuno, y con todo esto, con intrépido corazón, llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucería y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar, y si éste también cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra” (Quijote I, XXXVIII, 490-491).

Don Quijote conoce la realidad -la del soldado y la de la guerra-, pero la comenta en su discurso de una manera análoga a como un Aquiles o un Héctor podrían comentar las batallas de Maratón o Salamina: sus héroes son anónimos, el Estado los ha convertido en partes sustituibles unas por otras (es la propiedad distributiva que corresponde al militar). Don Quijote sabe lo que es la guerra y lo que supone ser militar, pero prefiere el ejercicio de la caballería. Quizá esto le habría servido a Torrente Ballester como respuesta a la pregunta que formula en su brillante ensayo.

¿Por qué, cuando las trompetas reclamaban en la plaza del pueblo voluntarios para los tercios contra el luterano, o militantes anfibios contra el otomano, pudo sosegar [se refiere a Alonso Quijano] su corazón? ¿Era una mente crítica asimismo precoz? En cualquier caso, dejó pasar, como otros muchos, sucesivas convocatorias” (Torrente Ballester, 1975/1984: 47-48).

Dejó pasar las convocatorias porque a Alonso Quijano le interesaba la acción heroica y gloriosa, y como tal imposible para un soldado –Cervantes es un militar famoso porque se convirtió en un escritor famoso, no al revés- que participa en una guerra masificada y anónima. No le sirven ni la lucha en galeras ni la artillería, él reivindica otro tipo de lucha, aún cuando es consciente de la lucha que efectivamente se da y existe en su momento histórico, de ahí su juego y su cinismo. El Discurso de las armas y las letras no es un ejemplo de lucidez, como ya anuncié en su momento, tampoco es el discurso de un loco, como lo demuestra su perfecto conocimiento de la realidad, es el discurso de un cínico que quiere jugar a la guerra individualizada y heroica. El ejercicio de la Libertad va siempre unido en don Quijote al ejercicio de las armas y de la violencia. Don Quijote se mueve en esquemas primarios y puramente esenciales de la libertad: su derecho se extiende hasta donde llega su poder. De hecho, no suele enfrentar batallas que sabe que va a perder (caso de la Santa Hermandad). El problema es que don Quijote pretende imponer un uso primario de la libertad en una sociedad estatalizada donde la ley es el derecho fundamental. Como tal libertad primaria es sumamente inestable (véase el episodio de los galotes; véase también en la segunda parte, el capítulo XIIII, pp. 813-814), no hay ningún derecho que la fije y sostenga (puesto que el código caballeresco no existe). Don Quijote usa las armas para defender las leyes (de ahí el Discurso de las armas y las letras), pero Cervantes nos muestra la futilidad del ejercicio de las armas cuando no hay un Estado que refrende esos derechos (don Quijote es el ejemplo perfecto). Intenta hacer pasar por una libertad objetiva y secundaria lo que no es más que un ejercicio primario de la fuerza.

Y si Don Quijote no puede ser interpretado desde el pacifismo –que considera a las armas y a la guerra, al modo de Erasmo, como expresión de la irracionalidad del animal humano– es porque las armas, lejos de ser las enemigas de las letras (o de la «cultura», como diría alguna Ministra de la cultura circunscrita), constituyen el fundamento de esta cultura (las armas son ellas mismas cultura) y de estas letras, y en particular, de las letras de los letrados, de las leyes, incluso del Estado de derecho. Y si no existe más que en el papel un Tribunal Internacional de Justicia es debido a que este tribunal carece de las armas indispensables para su servicio; porque las únicas armas con las que podría contar en el presente, serían las armas de las Potencias nucleares y, sobre todo, las armas de los Estados Unidos, que mantienen hoy por hoy «el orden internacional» (consideramos fuera de lugar evaluar este orden como justo o injusto) y que jamás podría estar dispuesto a acatar las sentencias que un tribunal pronunciase en contra suya” (Bueno, 2005).

Es cierto, don Quijote no es ningún pacifista, pero, y esto es algo que se le escapa a la interpretación de Bueno, lo que tampoco es don Quijote es un estatalista, he aquí su fallo y su idealismo, idealismo violento pero idealismo al fin y al cabo. Las armas que defienden la ley son las armas organizadas institucionalmente en torno a un orden militar que haya su legitimación última en el Estado, como corresponde a toda libertad secundaria y de naturaleza objetiva. Conviene evitar los idealismos, tanto los de naturaleza pacifista como los de naturaleza belicista, ya que ninguno de ellos nos dejará ver la complejidad dialéctica que entraña la realidad.

La apelación de don Quijote a un derecho que sustente su ejercicio de la libertad es constante, tanto en el episodio de Andrés, el mozo apaleado, como en el episodio de los Galeotes, a los cuales, una vez liberados, intenta someter a sus leyes. Pero es que esas leyes no existen. En consecuencia, sostengo que, aunque las armas parecen estar por encima de las letras (derecho) porque éstas necesitan de aquellas para su sostenimiento, son las letras a su vez las que posibilitan una estabilidad que garantice los resultados obtenidos con el ejercicio de las armas. No se trata de una relación simple, si tenemos en cuenta la obra al completo, sino de una relación dialéctica de naturaleza circularista: armas y letras son indisociables porque la libertad, cuando es estatal, secundaria y objetiva, se encarna en unas leyes que legitiman las armas destinadas a defenderlas. Sólo así pueden conjugarse episodios como el de los galeotes y discursos como el de las armas y las letras. No se trata exclusivamente de las armas y las letras, es necesaria en la ecuación la presencia del Estado. El Discurso de las armas y las letras que ofrece don Quijote parece muy adecuado y lúcido, pero responde antes a la actitud de un Quijote que a la actitud de un militar como Cervantes. El Estado no es una banda de piratas, no se trata sin más del ejercicio de la violencia, se trata del ejercicio de la violencia al servicio de unos derechos que luego pueden posibilitar la paz. La paz no la imponen sólo las armas, la paz sólo es posible si existe un estado fuerte que la sustente. Por eso las victorias que don Quijote alcanza por medio de las armas no valen de nada, porque el derecho es el que fundamenta el ejército, no al revés. Sin derecho, sin letras, no hay ejército. El ejército es una institución estatal. Bien lo dice el duque en la segunda parte de la obra: “Vos, Sancho, iréis vestido parte de letrado y parte de capitán, porque en la ínsula que os doy tanto son menester las armas como las letras, y las letras como las armas” (Quijote II, XLII, 1057).

El Estado y el derecho son lo que le falta a don Quijote, por eso su primera victoria sobre el amo de Andrés – en el capítulo IV de la primera parte- o sobre los Galeotes –en el capítulo XXII de la misma- duran tanto como dura su primacía armamentística. En cuanto don Quijote deja de empuñar las armas y empieza a imponer el código caballeresco, la victoria se viene abajo porque nada la sustenta. La libertad secundaria se da por definición en el Estado y requiere de armas y de letras, ninguna es superior a la otra. Son conceptos esenciales en relación a la Idea de Libertad secundaria y en sentido objetivo. En consecuencia, lo que don Quijote ejerce en sus aventuras es una libertad primaria que él pretende que tenga fuerza de ley (algo imposible desde el momento en que nos encontramos situados en un marco de libertad estatal), pero que es, en realidad, absolutamente inestable y que depende únicamente del poder de Alonso Quijano, un poder, como sabemos, escaso y muy efímero cuando llega a darse. El derecho de don Quijote se extiende hasta donde llega su poder, diríamos parafraseando a Spinoza. Lo que falla en la actitud violenta de don Quijote es la ausencia de un derecho estatalizado. Siempre que don Quijote vence en una batalla, impone luego unos deberes a los vencidos en función del derecho caballeresco, y siempre son incumplidos puesto que no hay fuerza de ley que obligue a los perdedores. Y si éstos, encima, se ven en posición de arremeter contra don Quijote, como es el caso de los galeotes, la situación experimenta un vuelco total, lo que nos demuestra que lo que encontramos en don Quijote es un ejercicio primario de Libertad que obtiene su justificación teórica en el Discurso de las armas y las letras –capítulo XXXVIII de la primera parte-.

Sostengo, por tanto, que Cervantes apuesta por el Estado como criterio de racionalidad frente a la actitud quijotesca, sin dejar de tratarse de una apuesta crítica. Don Quijote ofrece un divertimento, una búsqueda violenta de una justicia ideal, pero no ofrece algo a lo que atenerse. La religión es una mentira, el Estado está podrido, pero es el único criterio que tenemos. En el episodio del cautivo se observa cómo las leyes siguen vigentes incluso en el cautiverio; el derecho no deja nunca de estar presente porque la guerra no es violencia sin más, es violencia regulada mercantil y jurídicamente: los presos también se encuentran divididos en clases en función de criterios económicos que se plasman en un código carcelario -los cautivos del rey no salen al trabajo con la demás chusma, diríamos parafraseando a Cervantes (I, XL, 507)-.

Encontramos en el Quijote a un personaje que pretende ejercer, de forma absurda, una libertad primaria, pre-política y pre-estatal en un contexto político imperial. En consonancia con ello tenemos también un ejercicio de la libertad al margen del Estado, un uso subjetivo y secundario de la libertad. Don Quijote ejercita una libertad subjetiva a la que pretende dar un significado político (a través del recurso primario de la lucha no politizada). Ambas ideas de libertad se encuentran formalizadas a la perfección el hermoso discurso que sobre la libertad ofrece don Quijote a Sancho.

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquél a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!” (Quijote II, LVIII, 1195).

Las dos nociones de Libertad que maneja Don quijote son absurdas: la primera, por ser una libertad primaria que carece de todo sentido en contextos estatales (por la libertad se puede y debe aventurar la vida, sin más); la segunda, por identificar la libertad subjetiva con la noción idealista de autonomía: sólo es libre aquél que no debe nada a nadie. Ambos conceptos de libertad son absurdos e incongruentes con el momento que le ha tocado vivir a Alonso Quijano, el creador de don Quijote.

Es la libertad metafísica lo que sostiene y da dignidad al hombre, y la cual no se pierde ni en la prisión, ya que el cautiverio al cual se refiere es el que el hombre sufre cuando está dominado por las pasiones o las obligaciones sociales. La imagen del hombre espiritual ha sido deformada bufonescamente por el medio social. Honores, regalo, comodidad, abundancia con que la sociedad trata de dar realidad al espíritu no son otra cosa que “estrechezas de el hambre” para quien vive en la otra orilla de lo material. Al reconocer al espíritu la sociedad le obliga y le encadena. Sólo puede ser feliz aquel que no está en obligación nada más que con el Cielo; Sancho, sin embargo, defiende el agradecimiento a los hombres: ha recibido de los Duques doscientos escudos de oro” (Casalduero, 1949/2006: 331-332).

En mi modesta opinión, se equivoca Casalduero en el análisis que realiza del texto del Quijote. Es precioso, pero es desajustado, atribuirle semejantes Ideas a Cervantes. Alguien que ha estado en una prisión, alguien que ha combatido en guerras, alguien que sabe lo que es tener el cuerpo a disposición de los deseos y caprichos de otros, no habla del cautiverio en términos metafóricos. Cuando Cervantes hablaba de prisiones seguro que éstas no eran metafóricas. Coincido plenamente con el análisis que realiza Close de la interpretación de Casalduero.

Sentido y forma del «Quijote», el extenso e influyente estudio de Joaquín Casalduero, puede considerarse dentro del ciclo simbólico y alegórico; pero merece ser analizado aparte por el refinamiento de su método. Casalduero opta por comentar la novela capítulo a capítulo, con la intención de poner de relieve de forma sistemática la estructura artística de la novela; en este sentido, es un heredero de la tradición romántica, pero mucho más fiel a ella que los autores considerados en páginas anteriores de este capítulo. Su lectura de la segunda parte, por ejemplo, es muy cercana a la de Schelling. […] Se describe a un héroe que persigue la realización social de sus ideales hasta que descubre que, una vez integrados en el mundo real, se transforman y deforman paródicamente. Por encima de la Libertad triunfa la Necesidad, como vemos en el falso encantamiento de Dulcinea (debido a un engaño de Sancho), en la metamorfosis de la misma Dulcinea (en el episodio de la cueva de Montesinos) o en los desconcertantes engaños que sufre don Quijote en el palacio de los duques. En todas estas aventuras, el Hombre de Fe es un espectador cautivo, privado del poder de intervención” (Close, 2005: 165).

Mi oposición a las lecturas románticas no puede ser más marcada, como se verá sobre todo en el último capítulo de este trabajo. El Quijote supone la afirmación de la Libertad en contextos de necesidad. Al final de la obra, Alonso Quijano logrará hacer triunfar sus planes de generosidad hacia Sancho (testar a su favor), plegándose a los imperativos del orden religioso y moral que le rodean, pero esto lo veremos posteriormente.


Para el análisis de la Idea de Libertad:


Bibliografía citada:

Bueno, G., “Sobre el análisis filosófico del Quijote”,
El Catoblepas, nº 46 (diciembre, 2005). http://www.nodulo.org/ec/2005/n046p02.htm, visto por última vez el 2 de noviembre de 2008.
Casalduero, J. (1949/2006), Sentido y forma del Quijote (1606-1615), Madrid, Visor libros.
Close, A. (2005), La concepción romántica del Quijote, Barcelona, Crítica.
Neuschäfer, H.-J. (1972), "Don Quijote como ser social. Nuevo aspecto en la dialéctica cervantina", en Studia Hispanica in honorem R. Lapesa, II (399-410).
Neuschäfer, H-J. (1999), La ética del Quijote. Función de las novelas intercaladas, Madrid, Gredos.
Torrente Ballester, G. (1975/1984): El Quijote como juego y otros trabajos críticos, Barcelona, Ediciones Destino.

martes, 21 de septiembre de 2010

Anthony J. Close (1937-2010)

Violeta Varela Álvarez. "Reseña de Cervantes y la mentalidad cómica de su tiempo de Anthony J. Close, Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 434 pp (2007). Trad. esp. de Leticia Iglesias Pedronzo y Carlos Conde Solares. ISBN 978-84-96408-39-5"

El libro que me dispongo a reseñar parte de dos tesis sumamente sugerentes:

La recuperación de Cervantes como sujeto de citerior artísticos firmes y bien articulados en su práctica literaria. En este sentido, es interesante la reivindicación que hace Close de un Cervantes comprometido con los valores de su época, sin dejar de apuntar ciertas reservas personales que pudieron aquejarle. Close trata de recuperar a Cervantes frente a esa visión relativista y escéptica de su persona que tantas veces nos ha transmitido la crítica. Cervantes mantuvo unos criterios firmes, lo cual es importante, independientemente del acuerdo a la hora de retratar tales valores.

“Respecto a los compromisos de Cervantes, la insistencia en su perspectivismo ha conducido a una situación en la que ha llegado a parecer penosamente inocente y de dudoso gusto sugerir que tuviese alguno, a menos que se trate de alguno de los temas candentes de debate del campus universitario moderno” (Close, 2007: 17).

“No podemos entender su poética, ni ningún otro aspecto de su pensamiento a menos que partamos de la premisa de que dentro de sus obras Cervantes expresa, en ocasiones, sus propias ideas” (Close, 2007: 26).

La consideración de su individualidad en el marco contextual de su época, para apreciar aquélla en toda su originalidad.

La monografía de Close toma como ejes articuladores fundamentales la figura del autor y del lector. Para contextualizar una lectura adecuada de Cervantes es necesario conocer someramente el ambiente social y literario –partiendo del concepto metodológico de socio-génesis, de Norbert Elias, y de la dialéctica individuo-sociedad en cuanto a la conformación del gusto- en el que se enmarcó su producción, en particular la cómica.

Desde este punto de vista, articularé la reseña en torno a dos puntos absolutamente centrales a mi juicio: las reflexiones en torno a la poética cervantina de lo cómico y las divergencias y familiaridades de las mismas con respecto a las actitudes literarias y de recepción que configuraron su momento histórico.

En este sentido Close se revuelve prudentemente contra aquellas interpretaciones que han llegado a descontextualizar tanto las obras de Cervantes que han perdido incluso de vista que se trata de un autor que vivió en una época literaria en la que la comedia, que llegó a conocer la prohibición en tiempos de Felipe II, se hallaba en el centro de la polémica. Una polémica en la que muchos autores como López de Úbeda, Alemán, Quevedo, Góngora, Lope… se involucraron.

También es interesante la relación que postula Close entre Cervantes y Berkeley, que encierra toda una concepción de la espectacularidad y funcionalidad de lo literaria: esse est percipi, principio éste que destaca en la preferencia cervantina por el mostrar antes que por el relatar.

“Incluso aparentes excepciones a la norma de “esse est percipi”, como algunas de las conversaciones entre don Quijote y Sancho que no son presenciadas por una tercera persona, la confirman de forma implícita. Cuando Sancho, en el capítulo 2 de la segunda parte, expresa su asombro ante el hecho de que el cronista haya sido capaz de averiguar lo que él y su maestro habían dicho en el transcurso de conversaciones privadas, Cervantes no está simplemente bromeando sobre las convenciones que apuntalan la suspensión voluntaria de la incredulidad, sino, sobre todo, implicando la normatividad de esa ley” (Close, 2007: 216).

I. La poética de lo cómico en Cervantes.

Fundamentalmente, la poética cervantina es definida por Close como un ejemplo de buen gusto. El decoro, el cuidado del estilo, la evitación de lo lascivo y de toda expresión maldicente, la evitación de las degeneraciones propias del humor de naturaleza aristofánica, el didactismo sin pedantería, el academicismo implícito, la erudición al servicio del argumento –caso del Discurso sobre la Edad de Oro en la primera parte del Quijote- y la necesidad de dotar de dignidad metapoética a géneros que hasta entonces no la poseían. Una poética que se podría sintetizar en la máxima: cuanto más verdadero mejor.

Es la cervantina una estética limpia, profundamente fiel a los principios del decoro y de la verosimilitud, y absolutamente consciente de la excelencia de su producción literaria, presidida por la propiedad y la ejemplaridad, entendida como la subordinación del entretenimiento a la teoría poética y al buen gusto. Por último, destaca también la capacidad cervantina para la fusión y síntesis de opuestos que podrían acaso parecer irreconciliables, algo muy en consonancia con la concepción de lo cómico en el siglo de oro.

“Dicho esto, la fundamental es la concepción de lo cómico como existente en una relación simultánea de intimidad parasitaria con, y de oposición simétrica a, lo no-cómico. Esta situación se resume en la dicotomía entre burlas y veras, dos elementos que, aunque opuestos, son concebidos como inseparables, y esta relación paradójica, penetra en los lugares más recónditos de la cultura del Siglo de Oro” (Close, 2007: 232).

En este sentido, Close considera a Cervantes como un exquisito artífice de la llamada literatura de entretenimiento popular a la que nunca consideró reñida con las reglas del buen arte y del buen gusto.

“Para simplificar, Cervantes transforma la ficción cómica, bien purgando su materia tradicional –ingeniosas seducciones llevadas a cabo por frailes mujeriegos, astutos engaños, equivocaciones de camas o parejas en habitaciones oscuras, desgracias ridículas en excusados- o bien presentándola desde una perspectiva medular que, aunque cómica, es intrínsecamente lúcida u honorable. De esta modificación radical –por mucho que la crítica cervantina moderna se ha mostrado reacia a aceptar la consecuencia- se deriva forzosamente la ejemplaridad, la cual afecta de forma fundamental a la perspectiva narrativa, la ambientación y el ethos, las connotaciones metafóricas, el matiz retórico, y la caracterización” (Close, 2007: 98).

Esta depuración de lo cómico la estudia Close en concreto en tres ejemplos cervantinos muy célebres:

El acuse de recibo de la influencia de Alemán en escenas como la del encuentro nocturno entre don Quijote y la dueña en la segunda parte de la obra.
El rechazo de la sátira hiriente y sangrante en el Coloquio de los perros.
La postura cervantina en la polémica que rodeó al uso de los motes, que se encuentra solventada en El licenciado Vidriera con una condena de los mismos al reducirlos a la etapa de locura de Tomás Rueda.

Un escritor jovial, de ethos amistoso, que si bien dejó translucir en la primera parte de su Quijote una actitud de resentimiento hacia la nueva poética lopesca, convirtió la segunda parte de su obra maestra en una expresión de júbilo y agradecimiento al reconocimiento que los lectores otorgaron a su obra.

Es significativo que Close pretenda recuperar esa vertiente lúdica que recorre toda la obra cervantina y que la crítica moderna, más preocupada de canonizar a un Cervantes como expresión de actitudes y virtudes anacrónicas, habría dejado de lado.

Close pretende recuperar al autor como hombre, sujeto de preocupaciones artísticas, pero también, y no menos importantes, existenciales, que se dejan translucir en toda su obra.

II. Una disputa familiar: lo cómico a debate en la actividad literaria del Siglo de Oro.

Comienza Close por dibujarnos un panorama característico de lo que era el sentido español de lo cómico y que podría ser sintetizado en las siguientes notas esenciales:

1. Culto a la bravuconería y a la blasfemia.
2. Gusto por llevar las fantasías absurdas a extremos irracionales.
3. Admiración por la agudeza.
4. Explotación de la comicidad de nombres y linajes.
5. Deleite en lo degradante y en las burlas.

La principal diferencia que podría cifrarse entre Cervantes y sus contemporáneos cultivadores del género cómico es la preocupación por la dignidad de la labor literaria, en concreto de la comedia.

Cervantes, desde una perspectiva teórica de raigambre aristotélica, pretendió introducir criterios preceptivos en la anarquía a que estaba sujeta la heterodoxia cómica. El entretenimiento no ha de estar reñido ni con la calidad ni con las normas que la sustentan.

“Por ejemplo, su insistencia en el respeto a las reglas del arte se debe a su aceptación de que encierran principios esenciales de racionalidad, proporción y armonía y, por tanto, el cumplir con las mismas permite a la literatura llevar a cabo su función primaria, entretener, de una forma más eficiente” (Close, 2007: 293).

Desde este punto de vista lo que distinguiría a Cervantes de sus coetáneos es la preocupación por la preceptiva y por la justificación teórica de su práctica literaria. El Quijote supuso, en este sentido, no sólo una hábil parodia de géneros como e caballeresco, sino todo un despliegue reflexivo acerca de cómo debía estructurarse la prosa de ficción de acuerdo a los cánones establecidos.

“Las líneas generales de la reforma que propone para los libros de caballerías (respecto a las reglas del arte, supervisión por un censor de la corte) están inspiradas en las premisas comunes de la polémica que estaba teniendo lugar a propósito de la comedia” (Close, 2007: 143).

Es este hecho, la excesiva fidelidad a la norma aristotélica, lo que, en opinión de Close, le llevará, curiosamente, a hacer avanzar el género novelístico.

“Paradójicamente, la revolucionaria naturaleza de la solución adoptada en la segunda parte de Don Quijote se deriva, de forma lógica, de los escrupulosos esfuerzos que mantiene para respetar el decoro, obteniendo como resultado una narrativa pionera que nace de la semilla de poéticas anticuadas” (Close, 2007: 161).

Es cierto que pretendió, como tantos otros, la depuración de los elementos más groseros e irreverentes que caracterizaban el género español de lo cómico, pero también él comprendió que tal dignidad debía ir acompañada de una labor preceptiva. Con Cervantes asistimos al caso de un escritor orgulloso de entretener y causar la risa en sus lectores. Un autor que concibió la risa como un instrumento terapéutico y catártico en la línea de Erasmo o Ravelais, Burton, Huarte, Vives. Un autor profundamente didáctico que, sin embargo, desdeñó el estilo moralizante del púlpito y, acorde seguramente a su propio carácter irónico y desenfadado, prefirió suavizar la sátira de tal forma que cualquier ofensa posible se viese atenuada. Segregó de sus obras la crueldad y la frivolidad para aleccionar sin herir y enseñar sin causar tedio.

“Su concepción del poder alentador y terapéutico de la risa lo sitúa más en la línea del humanismo renacentista (Erasmo, Rabelais, Burton) que en la de sus propias tradiciones étnicas, si bien esto es debido, a mi entender, más a su propio carácter que a ninguna influencia literaria” (Close, 2007: 400).

Fue, además, Cervantes, el descubridor de una nueva modalidad cómica: la potencialidad humorística de la insignificancia prosaica, de lo cotidiano.

Un autor, por último, consciente de la importancia de su obra y de la calidad de la misma, que anheló el reconocimiento del público y que no dudó en celebrarlo en la segunda parte de su Quijote, cuyas burlas son ejemplo de ingenio, buen gusto, originalidad e inventiva.

Se trata de una obra sumamente interesante que despliega un hondo saber erudito acerca de la historia de lo cómico en el panorama literario español, con extensos análisis de autores como Pinciano, Úbeda, Alemán, Quevedo y Góngora, entre otros. Una fuente inagotable de conocimientos acerca del tan denostado mundo de la risa, para el que nuestro intérprete desea recuperar el interés hermenéutico que muchos le han negado. Intérpretes admirados por Close como Castro, Spitzer y, sobremanera, Riley, infravaloraron lo cómico dejando así de lado una perspectiva fundamental a la hora de comprender la producción cervantina. Close elabora su monografía para hacer justicia a este aspecto tan olvidado de su producción. El resultado es parte de lo que hemos decidido destacar en esta reseña. Imprescindible.

lunes, 7 de diciembre de 2009

XVII. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes? Bibliografía

Para identificar los títulos citados: quédese con el nombre del autor y el año de edición que aparecen en los textos y gracias a los cuales podrá encontrar luego en esta lista la referencia completa.

1- Bibliografía Literaria
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 Cervantes, Miguel de, La gran sultana, edición de Florencio Sevilla Arroyo en Obras completas, Madrid, Castalia (1999).
 Cervantes, Miguel de, El laberinto de amor, edición de Florencio Sevilla Arroyo en Obras completas, Madrid, Castalia (1999).
 Cervantes, Miguel de, El trato de Argel, edición de Florencio Sevilla Arroyo en Obras completas, Madrid, Castalia (1999).
 Cervantes, Miguel de, La fuerza de la sangre, edición de Florencio Sevilla Arroyo en Obras completas, Madrid, Castalia (1999).
 González Iglesias, J. A. (2006), “Don Quijote, poeta en acción”, en José Manuel Oca Lozano (ed.), La razón de la sinrazón que a la razón se hace. Lecturas actuales del Quijote, vol. II, Segovia, fundación instituto Castellano y Leonés de la Lengua.
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2- Bibliografía filosófica

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3- Bibliografía filológica

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XVI. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?

Si ya en la primera parte Sancho destacaba, en la segunda se ganará el respeto de todos, pero especialmente de su señor, que llega a poner el bienestar de su fiel escudero por encima del de su señora (II, LXXI, 1314), sintiendo lástima de un Sancho que estaba dispuesto a azotarse por sacar un dinero (II, LXXI, 1311 y 1313) -aunque luego recurra a la trampa de los árboles-.
Don Quijote, ingenioso hidalgo, bien podría estar arrepintiéndose de discursos como éste que reproduzco a continuación, tan lleno de cinismo:

“Apenas la blanca aurora había dado lugar a que el luciente Febo con el ardor de sus calientes rayos las líquidas perlas de sus cabellos de oro enjugase, cuando don Quijote, sacudiendo la pereza de sus miembros, se puso en pie y llamó a su escudero Sancho, que aún todavía roncaba; lo cual visto por don Quijote, antes que le despertase, le dijo:
—¡Oh tú, bienaventurado sobre cuantos viven sobre la haz de la tierra, pues sin tener invidia ni ser invidiado duermes con sosegado espíritu, ni te persiguen encantadores ni sobresaltan encantamentos! Duermes, digo otra vez, y lo diré otras ciento, sin que te tengan en continua vigilia celos de tu dama, ni te desvelen pensamientos de pagar deudas que debas, ni de lo que has de hacer para comer otro día tú y tu pequeña y angustiada familia. Ni la ambición te inquieta, ni la pompa vana del mundo te fatiga, pues los límites de tus deseos no se estienden a más que a pensar tu jumento, que el de tu persona sobre mis hombros le tienes puesto, contrapeso y carga que puso la naturaleza y la costumbre a los señores. Duerme el criado, y está velando el señor, pensando cómo le ha de sustentar, mejorar y hacer mercedes. La congoja de ver que el cielo se hace de bronce sin acudir a la tierra con el conveniente rocío no aflige al criado, sino al señor, que ha de sustentar en la esterilidad y hambre al que le sirvió en la fertilidad y abundancia” (II, XX, 862-863).

O acaso de éste:

“Vuelve las riendas, o el cabestro, al rucio, y vuélvete a tu casa, porque un solo paso desde aquí no has de pasar más adelante conmigo. ¡Oh pan mal conocido, oh promesas mal colocadas, oh hombre que tiene más de bestia que de persona! ¿Ahora cuando yo pensaba ponerte en estado, y tal, que a pesar de tu mujer te llamaran “señoría”, te despides? ¿Ahora te vas, cuando yo venía con intención firme y valedera de hacerte señor de la mejor ínsula del mundo? En fin, como tú has dicho otras veces, no es la miel, etcétera. Asno eres, y asno has de ser, y en asno has de parar cuando se te acabe el curso de la vida, que para mí tengo que antes llegará ella a su último término que tú caigas y des en la cuenta de que eres bestia.
Miraba Sancho a don Quijote de en hito en hito, en tanto que los tales vituperios le decía, y compungióse de manera que le vinieron las lágrimas a los ojos y con voz dolorida y enferma le dijo:
—Señor mío, yo confieso que para ser del todo asno no me falta más de la cola: si vuestra merced quiere ponérmela, yo la daré por bien puesta, y le serviré como jumento todos los días que me quedan de mi vida. Vuestra merced me perdone y se duela de mi mocedad, y advierta que sé poco, y que si hablo mucho, más procede de enfermedad que de malicia; mas quien yerra y se enmienda, a Dios se encomienda.
—Maravillárame yo, Sancho, si no mezclaras algún refrancico en tu coloquio. Ahora bien, yo te perdono, con que te emiendes y con que no te muestres de aquí adelante tan amigo de tu interés, sino que procures ensanchar el corazón y te alientes y animes a esperar el cumplimiento de mis promesas, que, aunque se tarda, no se imposibilita” (II, XXVIII, 946-947).

El arrepentimiento de don Quijote obedece a razones: razones testamentarias. Ha perjudicado a Sancho y rectifica el agravio incluyéndolo en su testamento. Esto no es un arrepentimiento cristiano, Alonso Quijano obra conforme a razones y a hechos. Para que se entienda, no se arrepiente (algo muy cristiano que no supone acción ni reparación del daño causado), sino que rectifica materialmente y actúa para beneficiar a Sancho. Si habla de arrepentimiento es para adecuar su comportamiento a las mentalidades que le rodean y que serían muy capaces de anular sus últimas voluntades igual que expoliaron su biblioteca. Finge acatar los dictados de la religión y del orden imperante, para materialmente subvertir todas las convenciones de su época: favorecer a un villano.
Cervantes construye la segunda parte en confrontación con el Quijote de Avellaneda. Tres son los puntos principales en la interpretación de los personajes y la trama que se llevan a cabo en la obra de Avellaneda:
- Maltrato del personaje de Sancho y animalización de sus relaciones con su esposa y con el resto de las personas con las que trata.
- Maltrato de las figuras femeninas, en especial la de Dulcinea.
- Quien lo escribió se tomó a don Quijote muy en serio, no lo consideraba un loco.
El Quijote de Avellaneda pone a cada personaje en el lugar que le corresponde dentro de la escala estamental que Cervantes había subvertido. La respuesta cervantina será clara: en la segunda parte la subversión será mayor, el amor de don Quijote por Dulcinea no cesará y el hidalgo acabará respetando a un rústico de quien ya nadie puede dudar que es noble. Sancho encarna en el Quijote multitud de virtudes: como gobernante, como persona, como amigo, como padre, como esposo. A Cervantes no le gusta el Sancho que pretende pintar Avellaneda:

“—Y ese don Quijote —dijo el nuestro— ¿traía consigo a un escudero llamado Sancho Panza?
—Sí traía —respondió don Álvaro—; y aunque tenía fama de muy gracioso, nunca le oí decir gracia que la tuviese.
—Eso creo yo muy bien —dijo a esta sazón Sancho—, porque el decir gracias no es para todos, y ese Sancho que vuestra merced dice, señor gentilhombre, debe de ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente, que el verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas; y, si no, haga vuestra merced la experiencia y ándese tras de mí por los menos un año, y verá que se me caen a cada paso, y tales y tantas, que sin saber yo las más veces lo que me digo hago reír a cuantos me escuchan; y el verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas, el matador de las doncellas, el que tiene por única señora a la sin par Dulcinea del Toboso, es este señor que está presente, que es mi amo: todo cualquier otro don Quijote y cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa de sueño” (II, LXXII, 1318-1319).

Sus personajes no son los de Avellaneda (II, LXXII, 1320). Lo que es más, el personaje del caballero de los espejos y de su fingido escudero bien podrían ser una transposición de los mismos personajes en la interpretación fijada por Avellaneda: en esa pareja cada uno está en su sitio. De hecho, no entienden que don Quijote permita hablar a Sancho (II, XII, 791).
Hasta aquí ha llegado mi interpretación del comportamiento de don Quijote y la explicitación de la relación que creo debe establecerse entre la hipótesis del juego y la dialéctica social.

FIN DEL CAPÍTULO (PARA OTROS CAPÍTULOS DEL LIBRO, VER ENTRADAS ANTIGUAS)

XV. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?

Don Quijote al final se arrepentirá. No se arrepiente un loco de haber hecho locuras -¿cabría hablar de arrepentimiento respecto a un comportamiento que no obedecía a razón ni a conciencia?, creo que no-, se arrepiente un hombre ocioso de haber embarcado en un juego delirante a quien no podía permitírselo. Un juego que iba a costa de Sancho. En sentido literal se expresa esta idea en el Quijote: “a costa de las posaderas de Sancho” (II, LXX, 1302). Se arrepentirá para que quede claro que el testamento lo realiza un hombre cuerdo: Alonso Quijano, que decide dejar una importante cantidad de dinero a quien ha sido el acompañante y sustentador de su supuesta locura.

“Las misericordias —respondió don Quijote—, sobrina, son las que en este instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados. Yo tengo juicio ya libre y claro sin las sombras caliginosas de la ignorancia, que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna recompensa leyendo otros que sean luz del alma [adviértase el sarcasmo que encierra esta frase]. Yo me siento, sobrina, a punto de muerte: querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala, que dejase renombre de loco; que, puesto que lo he sido, no querría confirmar esta verdad en mi muerte. Llámame, amiga, a mis buenos amigos, al cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás el barbero, que quiero confesarme y hacer mi testamento.
Pero de este trabajo se escusó la sobrina con la entrada de los tres. Apenas los vio don Quijote, cuando dijo:
—Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de “bueno”. Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería; ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído; ya, por misericordia de Dios escarmentando en cabeza propia, las abomino” (II, LXXIIII, 1330-1331).

Alonso Quijano dice al final de sus días todo lo que los demás quieren oír para poder dejar cubierto a Sancho, amigo fiel que no se ha separado del lecho de su antiguo señor (II, LXXIIII, 1330-1331).

“—Ítem, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en mi locura hice mi escudero, tiene, que, porque ha habido entre él y mí ciertas cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos ni se le pida cuenta alguna, sino que si sobrare alguno después de haberse pagado de lo que le debo, el restante sea suyo, que será bien poco, y buen provecho le haga; y si, como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece” (II, LXXIIII, 1332).

Alonso Quijano abandonará un juego que ya no era tan divertido, puesto que ahora eran los demás los que jugaban con él y, sobre todo, con Sancho. Abandonará un juego que ya no le interesaba, y lo hará por un amigo que le interesaba hasta el punto de tener que plegarse a otro juego: el de la realidad católica que le obliga a arrepentirse de todo para que su testamento sea, a ojos de todos los demás, obra de un hombre cuerdo. Un hidalgo cuerdo y arrepentido que deja parte de su dinero a su loco escudero, al que no dejaría, arrepentido y cuerdo, de ofrecerle un reino. No creo que tengan sentido las interpretaciones teológicas, irracionalistas y fideístas de la muerte del hidalgo, como la que muestro a continuación.
“Don Quijote no muere; se evapora, por así decirlo. Alonso Quijano ya no quiere ser Don Quijote. Muchos lectores se entristecen, se lamentan, se sienten desengañados. Quisieran verle de nuevo sobre su rocín, con lanza y adarga, emprendiendo nuevas aventuras. Y todo ¿para qué? Es que no se comprende que la misión del Caballero de la Triste Figura no podía terminar de otra manera. Tenía que pagar su heroísmo. El médico aseguró “que melancolías y desabrimientos le acababan”. Anheló, como caballero andante, ser un paladín de la justicia y terminó siendo derribado por el Caballero de la Blanca Luna. Con lo cual cae en profunda desesperación por su derrota. Esta desesperación debía encontrar en la muerte su desenlace, por el conocimiento de que todo había sido locura. Pero la muerte en la creencia de que Dulcinea no era una princesa adorable, sino una lugareña bronca, y de que toda su fe y sus hechos y sus cuitas habían sido locura, ¿no es también una muerte desesperada? Sí, era necesario salvar el alma de la razón de Don Quijote antes de su muerte. Tampoco se puede aceptar fácilmente que toda su fe y sus hechos fueron locura. Alonso Quijano, buen cristiano al fin y al cabo, abominó los disparates y artificios de los libros de caballería, no los valores eternos del ideal caballeresco. La adversidad fue recibida por él, como un rayo de verdad enviado por Dios misericordioso. “Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda prisa: déjense burlas aparte, y tráiganme un confesor que me confiese... que en tales trances como este no se ha de burlar el hombre con el alma”. (II, 74.) Si sabía, por la materia de que estaba hecho, que morir resulta forzoso, entonces, se vuelve imprescindible hacer la paz definitiva con Dios. En este sentido, resulta interesante abordar la dimensión relacionada con la renuncia del Quijote. Tanto autores rusos como españoles coinciden en destacar a partir de la muerte del Quijote el sentido de renuncia implicado. “Cuando al fin renunció a todo, dice Dostoievsky, cuando curó de su locura y se convirtió en un hombre cuerdo... no tardó en irse de este mundo plácidamente y con triste sonrisa en los labios, consolando todavía al lloroso Sancho, y amando al mundo con la gran fuerza de aquella ternura que en su santo corazón se encerrara, y viendo, sin embargo, que no hacía ya falta alguna en la tierra”. Cabe destacar que esta renuncia, para Agustín Basave Fernández del Valle, tiene un sentido de donación, de entrega: “Se renuncia al egocentrismo para entregarse al teo-centrismo. Y para quitar cualquier sabor de conceptualismo abstracto, digámoslo en términos más precisos: se renuncia al narcisismo del yo para darse, generosamente, a Dios”. (Fernández del Valle, 53)” (Navarrete, 2005).
Para aceptar el buen cristianismo de Alonso Quijano hay que aceptar dos premisas que a su vez dependen la una de la otra:
- Premisa 1: don Quijote está loco.
- Premisa 2: se arrepiente de su conducta impía y se reconcilia con Dios a su muerte.
Muchas cosas son las que fallan en esta argumentación, tanto en el nivel deductivo de concatenamiento de las premisas, como en el nivel hipotético. Para empezar, creo haber demostrado que la supuesta locura de don Quijote no es ni mucho menos algo firmemente establecido en la novela. Hay demasiados indicios que inducen a pensar lo contrario. Quienes apuestan por la locura de don Quijote, pienso, acaban aportando interpretaciones que caen una por una en todas las trampas que Cervantes ha colocado en la obra: creer que el Discurso de las Armas y las Letras es un discurso lúcido; pasar por alto la ironía presente en el Discurso en defensa de la poesía; considerar los ataques a los estamentos religiosos como un acto de locura antes que de rebeldía; etc. Esto respecto a la hipótesis de que parten este tipo de interpretaciones. Examinemos ahora la coherencia interna que se da entre la hipótesis y sus consecuencias deductivas. Si don Quijote estaba loco, ¿qué sentido tiene hablar de arrepentimiento, por un lado, a la vez que se hace de Sancho un importante beneficiario del testamento, por otro? Si Alonso Quijano reniega de don Quijote y sus impiedades, ¿por qué no renegar del cómplice que tuvo? ¿Qué sentido tiene que un loco se arrepienta y pida perdón? A mi juicio, y es algo en lo que insisto en este trabajo, ninguno.

XIV. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?

Así comienza la segunda parte: Sancho convence a su mujer de los beneficios que puede sacar siendo escudero de un caballero andante y convence a don Quijote de que debe efectuarse ya la tercera salida. Frente al escepticismo de su mujer, Sancho se halla imbuido de la esperanza que para un rústico supone el discurso quijotesco. Un discurso en el que la nobleza no depende del nacimiento (II, VI, 734-735; II, XXXII, 972), sino de la condición de cada hombre. El código caballeresco de don Quijote encubre bajo su retórica las verdaderas dialécticas que existían en su momento histórico:

“—Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fui el que te saqué de tus casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis casas: juntos salimos, juntos fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte ha corrido por los dos: si a ti te mantearon una vez, a mí me han molido ciento, y esto es lo que te llevo de ventaja.
—Eso estaba puesto en razón —respondió Sancho—, porque, según vuestra merced dice, más anejas son a los caballeros andantes las desgracias que a sus escuderos.
—Engáñaste, Sancho —dijo don Quijote—, según aquello “quando caput dolet”, etcétera.
—No entiendo otra lengua que la mía —respondió Sancho.
—Quiero decir —dijo don Quijote— que cuando la cabeza duele, todos los miembros duelen; y así, siendo yo tu amo y señor, soy tu cabeza, y tú mi parte, pues eres mi criado; y por esta razón el mal que a mí me toca, o tocare, a ti te ha de doler, y a mí el tuyo.
—Así había de ser —dijo Sancho—, pero cuando a mí me manteaban como a miembro, se estaba mi cabeza detrás de las bardas, mirándome volar por los aires, sin sentir dolor alguno; y pues los miembros están obligados a dolerse del mal de la cabeza, había de estar obligada ella a dolerse dellos.
—¿Querrás tú decir agora, Sancho —respondió don Quijote—, que no me dolía yo cuando a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas, ni lo pienses, pues más dolor sentía yo entonces en mi espíritu que tú en tu cuerpo. Pero dejemos esto aparte por agora, que tiempo habrá donde lo ponderemos y pongamos en su punto […]” (II, II, 699-700).

Con las ideas igualitaristas quijotescas (“y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale”, dice don Quijote en II, XLII, 1060) –ideas muy cínicas, como se ve en el diálogo que acabo de reproducir- afrontará Sancho el diálogo con su mujer antes de partir por última vez. Un Sancho que cree que va a mejorar su vida y la de su familia (“si no pensare antes de mucho tiempo verme gobernador de una ínsula, aquí me caería muerto” dice en II, V, 725).

“- Ven acá, bestia y mujer de Barrabás —replicó Sancho—: ¿por qué quieres tú ahora, sin qué ni para qué, estorbarme que no case a mi hija con quien me dé nietos que se llamen “señoría”? Mira, Teresa, siempre he oído decir a mis mayores que el que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, que no se debe quejar si se le pasa; y no sería bien que ahora, que está llamando a nuestra puerta se la cerremos: dejémonos llevar deste viento favorable que nos sopla.
Por este modo de hablar, y por lo que más abajo dice Sancho, dijo el tradutor desta historia que tenía por apócrifo este capítulo.
—¿No te parece, animalia —prosiguió Sancho—, que será bien dar con mi cuerpo en algún gobierno provechoso que nos saque el pie del lodo? Y cásese a Mari Sancha con quien yo quisiere, y verás cómo te llaman a ti “doña Teresa Panza” y te sientas en la iglesia sobre alcatifa, almohadas y arambeles, a pesar y despecho de las hidalgas del pueblo. ¡No, sino estaos siempre en un ser, sin crecer ni menguar, como figura de paramento! Y en esto no hablemos más, que Sanchica ha de ser condesa, aunque tú más me digas” (II, V, 727)

Sancho se deja llevar. Con estas esperanzas, que Sancho verá volverse en humo al final de la obra (II, LXV, 1271), juega don Quijote para zafarse de la petición de salario que su leal escudero le formula (II, VII, 742).

“Y advertid, hijo, que vale más buena esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga. Hablo de esta manera, Sancho, por daros a entender que también como vos sé yo arrojar refranes como llovidos. Y, finalmente, quiero decir, y os digo, que si no queréis venir a merced conmigo y correr la suerte que yo corriere, que Dios quede con vos y os haga un santo, que a mí no me faltarán escuderos más obedientes, más solícitos, y no tan empachados ni tan habladores como vos.
Cuando Sancho oyó la firme resolución de su amo, se le anubló el cielo y se le cayeron las alas del corazón, porque tenía creído que su señor no se iría sin él por todos los haberes del mundo; y, así, estando suspenso y pensativo, entró Sansón Carrasco con el ama y la sobrina, deseosos de oír con qué razones persuadía a su señor que no tornarse a buscar las aventuras” (II, VII, 743-744).

Sancho desea sacar a su familia del lodo, es cierto, pero es el personaje generoso por excelencia: su respeto y fidelidad a don Quijote le llevan a poner por delante su deseo de acompañar a su amo, frente a su interés inmediato, al igual que al verse gobernador se mostrará incapaz de dejar de mirar por el interés común antes que por el propio, mostrándose incapaz de abusar nunca de su autoridad, ni de aprovecharse del cargo.
Los episodios que se desarrollan en el palacio de los duques son sumamente importantes. Recrean todo un mundo paralelo en el que todo está hecho a la medida del personaje de la obra que han leído (la primera parte, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha). Su único objetivo es procurarse diversión a costa de don Quijote, pero sobre todo a costa de Sancho.
Se trata de unos personajes ciertamente negativos: representan el ocio más improductivo, la ausencia de generosidad (sobre todo hacia los más humildes como Sancho y la Dueña dolorida), la ausencia total de un sentido de la Justicia (II, LII, 1151-1152), el querer y no poder (se endeudan, como hemos dicho, con un labrador rico de la zona que a cambio puede atropellar impunemente el honor de la joven hija de la dueña). Crean para Sancho una ficción (darle el gobierno de la ínsula Barataria) que se caracteriza por la ausencia de compasión (II, LIII, 1161) y por la crueldad hacia el engañado (cap. XLVII y L de la segunda parte).
Como dice el narrador del Quijote, echándole la culpa al moro que pasa por su autor:

“Y dice más Cide Hamete: que tiene para sí ser tan locos los burladores como los burlados y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto ahínco ponían en burlarse de dos tontos” (II, LXX, 1303).

Cide Hamete Berengeli es, en este caso concreto, la excusa que permite al correcto narrador manifestar juicios contrarios a lo socialmente admitido.
Pero lo más fundamental es que en el escenario que crean los duques Sancho desprende una luz que deslumbra incluso a sus burladores. El gobierno de Sancho que describe Cervantes es absolutamente racional, inteligente, mesurado, brillante, social. La segunda parte nos muestra a un Sancho humillado y maltratado para diversión de unos nobles ociosos y degenerados, pero la segunda parte también nos ofrece a un Sancho brillante que deslumbra a todos por sus virtudes éticas (su generosidad hacia su señor es absolutamente conmovedora, sobre todo a partir de la derrota definitiva que don Quijote sufre en Barcelona), morales (su actitud hacia su familia, las esperanzas que tiene de que ésta mejore, de dar un buen casamiento a su hija) y políticas (su breve pero impresionante labor como gobernador). Se ha hablado de una quijotización de Sancho, pero eso no es cierto. Ni Alonso Quijano ni don Quijote alcanzan nunca la brillantez que Sancho alcanza en la segunda parte. Lo que sí se da, o al menos así lo creemos, es una progresiva impregnación del personaje de don Quijote de algunas características de Sancho, y no lo digo sólo por el contagio del uso abundante de refranes (II, LXVIII, 1290).

XIII. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?

Volvamos de nuevo ahora al caso de la novela introducida en la obra: El curioso impertinente. Básicamente, el relato versa acerca de un individuo ocioso y sin problemas que decide complicarse la vida acarreándose con ello su propia destrucción y la de quienes le rodean.

“—Pensabas, amigo Lotario, que a las mercedes que Dios me ha hecho en hacerme hijo de tales padres como fueron los míos y al darme no con mano escasa los bienes, así los que llaman de naturaleza como los de fortuna, no puedo yo corresponder con agradecimiento que llegue al bien recebido y sobre al que me hizo en darme a ti por amigo y a Camila por mujer propria, dos prendas que las estimo, si no en el grado que debo, sí en el que puedo. Pues con todas estas partes, que suelen ser el todo con que los hombres suelen y pueden vivir contentos, vivo yo el más despechado y el más desabrido hombre de todo el universo mundo, porque no sé qué días a esta parte me fatiga y aprieta un deseo tan estraño y tan fuera del uso común de otros, que yo me maravillo de mí mismo, y me culpo y me riño a solas, y procuro callarlo y encubrillo de mis proprios pensamientos, y así me ha sido posible salir con este secreto como si de industria procurara decillo a todo el mundo. Y pues que en efeto él ha de salir a plaza, quiero que sea en la del archivo de tu secreto, confiado que con él y con la diligencia que pondrás, como mi amigo verdadero, en remediarme, yo me veré presto libre de la angustia que me causa, y llegará mi alegría por tu solicitud al grado que ha llegado mi descontento por mi locura.
Suspenso tenían a Lotario las razones de Anselmo, y no sabía en qué había de parar tan larga prevención o preámbulo, y aunque iba revolviendo en su imaginación qué deseo podría ser aquel que a su amigo tanto fatigaba, dio siempre muy lejos del blanco de la verdad; y, por salir presto de la agonía que le causaba aquella suspensión, le dijo que hacía notorio agravio a su mucha amistad en andar buscando rodeos para decirle sus más encubiertos pensamientos, pues tenía cierto que se podía prometer dél o ya consejos para entretenellos o ya remedio para cumplillos.
—Así es la verdad —respondió Anselmo—, y con esa confianza te hago saber, amigo Lotario, que el deseo que me fatiga es pensar si Camila, mi esposa, es tan buena y tan perfeta como yo pienso, y no puedo enterarme en esta verdad si no es probándola de manera que la prueba manifieste los quilates de su bondad, como el fuego muestra los del oro. Porque yo tengo para mí, ¡oh amigo!, que no es una mujer más buena de cuanto es o no es solicitada, y que aquella sola es fuerte que no se dobla a las promesas, a las dádivas, a las lágrimas y a las continuas importunidades de los solícitos amantes. Porque, ¿qué hay que agradecer —decía él— que una mujer sea buena si nadie le dice que sea mala?” (I, XXXIII, 414-415).

Cervantes nos dibuja en el Quijote un pésimo retrato, en mayor o menor grado según los casos, de las gentes acomodadas. Ya sean nobles muy bien situados, como don Fernando; gente bien acomodada y ociosa, como Anselmo; o hidalgos aburridos que poco tienen que hacer o gastar o ganar, como don Quijote. Pero hay una diferencia fundamental entre don Quijote y el resto de los nobles: mientras Alonso Quijano decide enfrentarse con una realidad que detesta, los otros nobles se dedican a explotarla.
Todo esto que apunto acerca de la dialéctica social se verá acrecentado hasta límites vergonzosos en la segunda parte de la obra, a través de la actitud de don Quijote hacia Sancho, en primer lugar, y, por último, a través de la entrada en la escena de los duques. Estos personajes evidencian como ningún otro el juego como privilegio estamental. Y son fundamentales también porque demuestran que el juego es cuestión de estamento, no de dinero. Los duques reciben dinero prestado de un labrador rico (II, XLVIII, 1114-1115). Su posición privilegiada se debe a razones estamentales, no exclusivamente económicas.
A este respecto –mi tesis acerca de la dialéctica social como eje articulador de toda la fábula-, se vuelve absolutamente fundamental el excelente análisis que Clamurro realiza de la visión de la nobleza que transmite el Quijote.

“Es evidente que el laberíntico enredo de amores, errores, traiciones y resoluciones representa una divertida digresión y un pretendido contraste con respecto a la línea narrativa principal de don Quijote y Sancho. Sin embargo, este receso presenta un singular examen de los efectos y problemas que conlleva la presencia del poder, de la identidad social y de los privilegios en el asunto del amor […]. En cuanto a la cuestión de lo que debe o no debe ser un caballero, don Fernando no sólo tiene un papel indispensable dentro de la trama sentimental, sino que ejemplifica las posibilidades del poder a la hora de realizar el bien o el mal. Su personaje, en fin, representa a un estamento bastante inclinado a un ejercicio abusivo de la libertad y no en vano Cervantes quiso subrayar su condición social, notablemente más elevada que la de sus compañeros de cuento […]. De esta manera, sin articularlo directamente, el ejemplo representado por este soldado cautivo recién liberado no puede dejar de contrastar con los errores y la ociosidad de los anteriores caballeros, cuya complicada historia de intrigas amorosas acaba de resolverse. El contraste implícito sugiere el problema de los fundamentos de la nobleza como posición dentro del sistema social. No sólo se trata de un planteamiento general y teórico, sino de una visión individualizada del problema: mientras los que ostentan la aristocracia de la sangre abusan de sus privilegios en el ocio y en la negligencia moral, se ensalzan los valores personales de los que tienen que luchar por sí mismos y pueden obtener un grado de “hidalguía” por medio del esfuerzo y la virtud personal […]. El contraste moral de este soldado con los otros caballeros socialmente superiores, Cardenio o don Fernando, no podría haber sido más dramático […]. De nuevo trae Cervantes a la palestra el conflicto entre los sujetos de una vida de privilegio heredado y un carácter de virtud y valor ganado a base de esfuerzo y (en este caso) sufrimiento […]. El duque es, sin duda, un caballero, cuya condición viene avalada por el alto rango social y político de su persona, así como por la abundancia de bienes materiales y el dominio sobre otros. No obstante, este aristócrata, como otros muchos de la época, se presenta como un emblema de las tendencias ociosas y decadentes de las primeras décadas del siglo XVII en España […]. En cierto sentido el comportamiento y la actitud de estos nobles se convierte en una reprobación sutil, eficaz y completa de lo que significan como representantes de todo un estamento social, en el que comenzaban a percibirse vislumbres evidentes de decadencia […]. Entre las muchas tramas que convergen en el Quijote, Cervantes quiso incluir una sutil indagación o incluso una crítica de la sociedad contemporánea y, en especial, de la identidad y del papel social de la nobleza. La novela revela las contradicciones y los dilemas que comenzaban a rodear a los caballeros, no sólo como figuras de mundo ficticio o literario, sino como realidad viva y cuestionada […]. Para 1615, la publicación y la lectura de la primera parte por no pocos personajes hace que el debate sobre la naturaleza y vida de los caballeros se vuelva penetrante, pero también más siniestro y desencantado. El aire de comedia que invadía las dos primeras salidas de don Quijote terminaba por disculpar las acciones y ofrecía al lector una salida crítica, pero amable. Diez años después las cañas se habían tornado lanzas y la desilusión había llevado a Cervantes a una censura tan sutil como profunda” (Clamurro, 2007: 165-171).

El texto que acabo de citar no podría estar más en lo cierto. Pero vayamos poco a poco.

XII. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?

Sancho, en la primera parte, salió como tal y como tal regresa, pero para él es importante regresar con algo en las manos, aunque sea la promesa de una nueva salida –es Sancho el que habla por primera vez de volver a salir con don Quijote, ya que no habían logrado los objetivos perseguidos (I, LII, 645)-.

“A las nuevas desta venida de don Quijote, acudió la mujer de Sancho Panza, que ya había sabido que había ido con él sirviéndole de escudero, y así como vio a Sancho, lo primero que le preguntó fue que si venía bueno el asno. Sancho respondió que venía mejor que su amo.
—Gracias sean dadas a Dios —replicó ella—, que tanto bien me ha hecho; pero contadme agora, amigo, qué bien habéis sacado de vuestras escuderías. ¿Qué saboyana me traes a mí? ¿Qué zapaticos a vuestros hijos?
—No traigo nada deso —dijo Sancho—, mujer mía, aunque traigo otras cosas de más momento y consideración.
—Deso recibo yo mucho gusto —respondió la mujer—. Mostradme esas cosas de más consideración y más momento, amigo mío, que las quiero ver, para que se me alegre este corazón, que tan triste y descontento ha estado en todos los siglos de vuestra ausencia.
—En casa os las mostraré, mujer —dijo Panza—, y por agora estad contenta, que siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a buscar aventuras, vos me veréis presto conde, o gobernador de una ínsula, y no de las de por ahí, sino la mejor que pueda hallarse.
—Quiéralo así el cielo, marido mío, que bien lo habemos menester. Mas decidme: qué es eso de ínsulas, que no lo entiendo.
—No es la miel para la boca del asno —respondió Sancho—; a su tiempo lo verás, mujer, y aun te admirarás de oírte llamar señoría de todos tus vasallos.
—¿Qué es lo que decís, Sancho, de señorías, ínsulas y vasallos? –respondió Juana Panza, que así se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran parientes, sino porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de sus maridos.
—No te acucies, Juana, por saber todo esto tan apriesa: basta que te digo verdad, y cose la boca. Sólo te sabré decir, así de paso, que no hay cosa más gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero andante buscador de aventuras. Bien es verdad que las más que se hallan no salen tan a gusto como el hombre querría, porque, de ciento que se encuentran, las noventa y nueve suelen salir aviesas y torcidas. Sélo yo de expiriencia, porque de algunas he salido manteado y de otras molido; pero, con todo eso, es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes, escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventas a toda discreción, sin pagar ofrecido sea al diablo, el maravedí.
Todas estas pláticas pasaron entre Sancho Panza y Juana Panza, su mujer, en tanto que el ama y sobrina de don Quijote le recibieron y le desnudaron y le tendieron en su antiguo lecho” (I, LII, 645-646).

Sancho, es cierto, comenzará mostrando grandes recelos frente a la empresa de su señor:

“Sancho Panza se acomodó entre Rocinante y su jumento, y durmió, no como enamorado desfavorecido, sino como hombre molido a coces” (I, XII, 147).

Pero finalmente se embarcará en un proceso de delirio total: creerá a pies juntillas todas las historias que su señor le cuenta y promete. Sancho opta por la esperanza que le ofrece don Quijote. Es el único personaje que se deja seducir realmente por el proyecto quijotesco.
La actitud de don Quijote hacia Sancho es terriblemente desvergonzada, incluso es cruelmente irónica. Así lo vemos en las palabras que le dice tras sufrir el apaleamiento de los yangüeses:

“Por lo cual, Sancho Panza, conviene que estés advertido en esto que ahora te diré, porque importa mucho a la salud de entrambos; y es que cuando veas que semejante canalla nos hace algún agravio, no aguardes a que yo ponga mano al espada para ellos, porque no lo haré en ninguna manera: sino pon tú mano a tu espada y castígalos muy a tu sabor, que si en su ayuda y defensa acudieren caballeros, yo te sabré defender, y ofendellos con todo mi poder, que ya habrás visto por mil señales y experiencias hasta adónde se estiende el valor de este mi fuerte brazo” (I, XV, 176).

El cinismo de don Quijote se observa en otras muchas partes de la obra: ante el manteamiento de Sancho (I, XLVI, 586), o en el episodio del Bálsamo de Fierabrás (I, XVII), entre otros.
Especialmente interesante se vuelve, respecto de la dialéctica social, el capítulo IV de la primera parte:

“—El daño está, señor caballero, en que no tengo aquí dineros: véngase Andrés conmigo a mi casa, que yo se los pagaré un real sobre otro.
—¿Irme yo con él? —dijo el muchacho—. Mas ¡mal año! No, señor, ni por pienso, porque en viéndose solo, me desuelle como a un San Bartolomé.
—No hará tal —replicó don Quijote—: basta que yo se lo mande para que me tenga respeto, y con que él me lo jure por la ley de caballería que ha recebido, le dejaré ir libre y aseguraré la paga.
—Mire vuestra merced, señor, lo que dice —dijo el muchacho—, que este mi amo no es caballero, ni ha recebido orden de caballería alguna, que es Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar.
—Importa eso poco —respondió don Quijote—, que Haldudos puede haber caballeros; cuanto más, que cada uno es hijo de sus obras.
—Así es verdad —dijo Andrés—, pero este mi amo ¿de qué obras es hijo, pues me niega mi soldada y mi sudor y trabajo?
—No niego, hermano Andrés —respondió el labrador—, y hacedme placer de veniros conmigo, que yo juro por todas las órdenes que de caballerías hay en el mundo de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados.
—Del sahumerio os hago gracia —dijo don Quijote—: dádselos en reales, que con eso me contento; y mirad que lo cumpláis como lo habéis jurado: si no, por el mismo juramento os juro de volver a buscaros y a castigaros, y que os tengo de hallar, aunque os escondáis más que una lagartija. Y si queréis saber quién os manda esto, para quedar con más veras obligado a cumplirlo, sabed que yo soy el valeroso don Quijote de la Mancha, el desfacedor de agravios y sinrazones, y a Dios quedad, y no se os parta de las mientes lo prometido y jurado, so pena de la pena pronunciada” (I, IIII, 70-71).

Don Quijote pretende que Sancho entienda el juego y lo siga, pero Sancho no puede jugar, su condición social no se lo permite.
De la misma manera, Dorotea no puede jugar tampoco, no al menos hasta haber asegurado, o encontrar quién se lo asegure, su casamiento y su consecuente estado social. Cardenio y don Fernando sí pueden darse a vidas absurdas, pero Dorotea no. Dorotea, al contrario que Luscinda, no posee muy principales padres (I, XXVIII, 360), sino que es villana (I, XXVIII). Los jóvenes de la Aristocracia, como Don Fernando, nuevamente vuelven a hacer de las suyas, como en tantas obras cervantinas (véase, por ejemplo, La fuerza de la sangre).
Don Quijote es un egoísta que no comprende que la situación de Sancho le obliga a comprometerse fuertemente con la realidad; por eso Sancho, para poder seguir a don Quijote, debe creerle. Dice Torrente:

“Es tentador el análisis de los factores irónicos que en la carta de pago se encierran, ironía del personaje, no del autor, pues al personaje en la novela se atribuye y él es quien la redacta: “esta primera de pollinos”, “por otros aquí recibidos de contado, que con ésta y con su carta de pago serán bien dados”. La utilización de una fórmula comercial invariable y su aplicación al caso de los pollinos, que no pueden homologarse a sumas de dinero, ni es ésa la situación, es, de una parte, apropiada, en lo que tiene de documento con valor jurídico; pero, de la otra, la imposibilidad de homologación la convierte en un documento ridículo, aunque válido. Don Quijote hubiera podido redactar la carta en otros términos con igual valor. Si no lo hace así, es pura y simplemente porque está de broma y no por primera vez ni por última” (Torrente, 1984: 122).

Está de broma a costa de Sancho y de su economía, añado yo.
Es cierto, como señala Torrente, que algunas veces es Sancho quien engaña a don Quijote –cuando ha de llevar la carta a Dulcinea, cuando van a buscarla al Toboso-, pero no tiene tanto que ver con el hecho de que Sancho juegue como con su temor a que su señor vea que no ha conseguido los objetivos que le ha encomendado.