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London, United Kingdom
Investigadora en el Instituto de Estudios Medievales y Renacentistas de la Universidad de Salamanca y en el Centro de Estudios Clásicos y Humanísticos de la Universidad de Coimbra. Doctora en filosofía por la Universidad de Salamanca (Febrero de 2008). Autora de cinco libros: "Una revolución hacia la nada" (2012), "Don Quijote de la Mancha: literatura, filosofía y política" (2012) "Destino y Libertad en la tragedia griega" (2008), "Contra la teoría literaria feminista" (2007) y "El mito de Prometeo en Hesíodo, Esquilo y Platón: tres imágenes de la Grecia antigua" (2006). Ha publicado varios trabajos en revistas académicas sobre asuntos de literatura, filosofía y teoría literaria. En su carrera investigadora ha trabajado y estudiado en las universidades de Oviedo, Salamanca y Oxford. Fundamentalmente se ha especializado en la identificación y el análisis de las Ideas filosóficas presentes en la obra de numerosos clásicos de la literatura universal, con especial atención a la literatura de la antigüedad greco-latina y la literatura española.

No es que esto sea Ítaca, pero verás que es agradable

No es que esto sea Ítaca, pero verás que es agradable

Si amas la literatura y adoras la filosofía, éste puede ser un buen lugar para atracar mientras navegas por la red.
Aquí encontrarás acercamientos críticos de naturaleza filosófica a autores clásicos, ya sean antiguos, modernos o contemporáneos; críticas apasionadas de las corrientes más "totales" del momento: desde la moda de los estudios culturales hasta los intocables estudios "de género" o feministas; investigaciones estrictamente filosóficas sobre diversas Ideas fundamentales y muchas cosas más. Puede que hasta os echéis unas risas, cortesía de algún autor posmoderno.
Ante todo, encontraréis coherencia, pasión, sinceridad y honestidad, antes que corrección política, retóricas complacientes y cinismos e hipocresías de toda clase y condición, pero siempre muy bien disimuladas.
También tenemos la ventaja de que, como el "mercado" suele pasar de estos temas, nos vengamos de él hablando de algunos autores con los que se equivocó, muchísimos, ya que, en su momento, conocieron el fracaso literario o filosófico y el rechazo social en toda su crudeza; y lo conocieron, entre otras cosas, porque fueron autores muy valientes (son los que más merecen la pena). Se merecen, en consecuencia, el homenaje de ser rehabilitados en todo lo que tuvieron de transgresor, algo que, sorprendentemente, en la mayoría de los casos, sigue vigente en la actualidad.
En definitiva, lo que se ofrece aquí es el sitio de alguien que vive para la filosofía y la literatura (aunque, sobre todo en el caso de la filosofía, se haga realmente duro el vivir de ellas) y que desea tratar de ellas con respeto y rigor, pero sin perder la gracia, porque creo que se lo debemos, y si hay algo que una ha aprendido de los griegos es, sin duda, que se debe ser siempre agradecido.

lunes, 7 de diciembre de 2009

VI. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?

No son ciertas, según mi tesis, interpretaciones como las que da, por ejemplo, el narrador:

“¿Quién oyera el pasado razonamiento de don Quijote que no le tuviera por persona muy cuerda y mejor intencionada? Pero, como muchas veces en el progreso desta grande historia queda dicho, solamente disparaba en tocándole en la caballería, y en los demás discurso mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de manera que a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus obras […]” (II, XLIII, 1062).

Afirmaciones como la que acabamos de citar no obedecen, a mi juicio, más que a una estrategia de despiste y confusión, que cae por su propio peso al someterla a una crítica profunda.
En el Quijote, tanto el papel del narrador como el esquema narratológico responden a una sola función: causar confusión en el lector. Don Quijote no es un loco con períodos de lucidez; sus hechos y palabras responden en todo momento a la coherencia lógica del personaje creado por Alonso Quijano, pero no interesa mostrar a don Quijote como una persona coherente en sus actos y razones. A Cervantes le interesa crear una cierta duda razonable, como ya señalé en su momento. Hay acciones lúcidas y acciones irracionales, ¿cuál será cuál? Si algo molestaba a la Iglesia, fácilmente podría alegarse que era una muestra de la locura e irracionalidad del personaje. Tradicionalmente –y en la propia obra así se dice (II, XVIII, 846) en boca del hijo de don Diego, caballero del verde gabán; o en la segunda parte, en el capítulo LXII, en la página 1241; y, en definitiva, en tantas ocasiones a lo largo de la obra- se han considerado períodos de lucidez aquellos en los que don Quijote articula sus discursos (el de las Armas y las Letras es el más claro, pero también el Discurso en defensa de la poesía o el de la Edad de oro), pero yo sostengo que tales discursos responden antes a la racionalidad caballeresca que a la racionalidad mundana imperante en el momento histórico en el que don Quijote se sitúa.
Neuschäfer, por ejemplo, no duda en sostener estas tesis que critico.

“Es verdad que don Quijote sigue estando loco en cuanto está en juego la caballería andante y su amor por Dulcinea; pero en relación con las cuestiones “patrióticas” que se tratan en esta segunda tanda de los episodios, se encuentra don Quijote en el lado de los cuerdos y no existe el abismo entre los asuntos serios representados por los personajes episódicos y el aspecto ridículo representado por don Quijote. Como ya hemos indicado, es él quien, en los capítulos 37 y 38, da la salida y pronuncia, como quien dice, el prólogo a la historia del Cautivo. Lo hace en su famoso discurso sobre las armas y las letras, cuya cordura se subraya varias veces en el texto por medio de los que allí escuchan y que conocen perfectamente su inclinación a la locura. Es, pues, el mismo don Quijote quien introduce aquí el “tema serio”, como, por cierto, ya lo había hecho en el episodio de Marcela con su discurso sobre la Edad de Oro” (Neuschäfer, 1999: 90).

En esta investigación me pregunto cómo realmente alguien puede considerar cuerdo a un hombre hablando sobre la Edad de Oro, mito muy pasado de moda hasta para los griegos en tiempos de Platón, y sobre la necesidad de la caballería en esta nuestra Edad de Hierro. Considero que este discurso se inserta a la perfección en el logos caballeresco que don Quijote toma como pretexto de diversión, pero sigo sin entender que los defensores de la locura de don Quijote vean este discurso como ejemplo de lucidez y cordura. En el caso del Discurso de las Armas y las Letras se trata de una cuestión más complicada porque la apariencia de lucidez de éste es muchísimo mayor que en el de la Edad de Oro, que a mi juicio no tiene ninguna. Por ello le dedicaré un espacio a la hora de tratar el tema de la libertad, en relación con el cual adquiere sentido.

V. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?

Las normas de actuación de don Quijote son siempre la imposición de sus criterios, intereses y deseos. Actúa siempre por imperativo categórico y muestra una forma de actuación cínicamente profética: realiza predicciones que él mismo se encargará de realizar.

“[…] porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser y son sin duda algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa […]” (I, VIII, 108).

Sólo consigue tener aventuras quien las crea:

“[…] no habremos estado dos horas por estas encrucijadas, cuando veamos más armados que los que vinieron sobre Albraca, a la conquista de Angélica la Bella” (I, X, 128).

Al modo de las profecías, según estableció Kant, las aventuras de don Quijote sólo tienen lugar si él mismo se encarga de crearlas y de llevarlas a cabo.

“Por lo menos, quiero, Sancho, y porque es menester ansí, quiero, digo, que me veas en cueros y hacer una o dos docenas de locuras, que las haré en menos de media hora, porque, habiéndolas tú visto por tus ojos, puedas jurar a tu salvo en las demás que quisieres añadir, y asegúrate que no dirás tú tantas cuantas yo pienso hacer” (I, XXV, 314-315).

Don Quijote decide fingirse loco en Sierra Morena y para ello llega a autolesionarse. El texto que cito a continuación es absolutamente fundamental para comprender este punto.

“Ante todo, Alonso Quijano “vive” el “otro” que él mismo quisiera ser, y lo vive tan realmente que sufre en sus carnes las consecuencias. La representación se confunde con la vida. Y ¿qué palabra hay que designe esto de un modo inequívoco? El repertorio verbal hispano no ofrece más que la de “juego” que, casualmente, figura entre los significados del verbo francés jouer, lo mismo que del inglés to play. Alonso Quijano juega a ser don Quijote, y uno de los medios técnicos que “pone en juego”, es la representación –despojada ahora de cualquier tipo de connotaciones, así escénicas como morales-“ (Torrente, 1984: 64).

El episodio de Sierra Morena es, en mi interpretación, fundamental en tanto que trasunto de la situación por la que atravesó el propio Alonso Quijano cuando decide inventarse el personaje de Quijote. Tanto este episodio como la novela de El curioso Impertinente nos ofrecen ejemplos claros de señoritos ociosos que sufren un aburrimiento mortal y deciden empezar a crearse problemas. De hecho, estoy muy de acuerdo con Güntert cuando escribe:

“Además, es un hecho que el centro temático de las obras literarias se encuentra, casi siempre, algo después de su centro geométrico: en Ariosto, en el canto 24 de los 46 que forman el poema, con la aparición de la locura de Orlando; en Tasso, en el canto 12 de los 20 que constituyen su Gerusalemme, con el duelo nocturno de Tancredo y Clorinda; y en la primera parte del Quijote, en los capítulos 33 a 35, de 52, con la lectura nocturna de “El curioso impertinente” en la venta de Juan Palomeque” (Güntert, 2007: 36).

Efectivamente, creo que el relato de El curioso impertinente es absolutamente central en la temática del Quijote I, si bien sostengo que tal centralidad se debe no sólo a su carácter de reflexión metaliteraria, que no pongo en duda, sino a que nos proporciona algunas claves de interpretación fundamentales para aprehender el significado racional y crítico de la novela.
Estoy absolutamente de acuerdo con Neuschäfer cuando manifiesta la tesis de que El curioso impertinente guarda relación con la fábula principal del Quijote:

“Con esto llegamos al punto en que comienza a perfilarse la analogía entre la novela intercalada y la acción principal” (Neuschäfer, 1999: 65).

Ahora bien, disiento en cuanto a los términos en que se resuelve esa analogía:

“De la misma forma que don Quijote, Anselmo se inspira en un modelo ideal –el santo heroísmo resistente a todas las tentaciones- y cree poseer así una medida objetiva para juzgar el comportamiento real comparándolo con el ideal. Sobre todo cree poder discernir así si la virtud de alguien es o no es verdadera. La presuposición de que o se es una cosa o se es su contraria y que tertium non datar, le acerca a la forma de pensar de don Quijote. La única diferencia entre los dos consiste en que don Quijote cree ingenuamente que el mundo es y debe ser realmente tal como él se lo imagina mientras que Anselmo parte desde un principio de una duda, la duda de si lo real corresponde a lo ideal. Los dos someten, pues, la realidad a su idea, por lo que necesariamente han de verse desilusionados ante el choque de ambas. Y al igual que en la acción principal, el resultado negativo de esta confrontación no dice aún nada sobre la verdadera calidad de lo que ha sido sometido a prueba” (Neuschäfer, 1999: 65-66).

No creo que pueda atribuírsele a Anselmo ninguna característica relacionada con buscar la virtud ni nada por el estilo. Tampoco creo que don Quijote piense que la realidad es como él la cuenta. Don Quijote es un hombre maduro que se aburre y decide empezar a jugar. Anselmo es un joven ocioso que se aburre y decide empezar a importunar a su esposa a pesar de las advertencias de su mejor amigo. Anselmo no busca ningún ideal de virtud, su actitud está más cerca de la de un idiota, con perdón, que de ningún humanismo erasmista preocupado por las relaciones entre el ser y el parecer. Creo que ciertas críticas conceden mucho más crédito a Anselmo del que le concedió Cervantes.

“Este tranquilo equilibrio, sin embargo, se ve estorbado por un repentino cambio mental en Anselmo, que él mismo llama “locura”: una locura a la que trata de combatir pero que termina por dominarlo. En medio de la felicidad más segura –teniendo amor, amistad y fortuna- se ve asaltado por la duda de si su mujer es verdaderamente “tan buena y tan perfecta” como él había creído hasta entonces” (Neuschäfer, 1999: 64).

La supuesta locura de Anselmo es, en el fondo, un actuar egoísta causado por la desidia que le produce la monotonía de su vida, al igual que la supuesta locura de don Quijote no obedece en realidad más que a un deseo lúdico.
Volviendo al caso de Anselmo, se trata desde el principio de un personaje sumamente gris. Ni siquiera siente verdadero amor por su esposa, ya que no duda en decirle a su mejor amigo que si el matrimonio es un inconveniente para su amistad no lo llevará a cabo. Camila le gusta, es cierto, pero moderadamente. No va al matrimonio muy convencido y, una vez consumado, la vida matrimonial le aburre, como lo prueba el hecho de que prácticamente obliga a su amigo a seguir acudiendo a verle como si el matrimonio no se hubiera celebrado. Una vez conseguido esto, la presencia constante e involuntaria de Lotario en la vida de la pareja, es cuando el tedio le lleva a tramar el extraño caso que narra la novela. Anselmo es un impertinente, no un humanista con inquietudes filosóficas acerca de la naturaleza de la virtud.
Don Quijote, por su parte y como ya he apuntado anteriormente, es muy consciente de la realidad, como se ve, por ejemplo, en el texto que aduzco a continuación, absolutamente elocuente respecto al punto que estoy examinando:

“[…] tal es el recato y encerramiento con que su padre, Lorenzo Corchuelo, y su madre Aldonza Nogales, la han criado” (I, XXV, 309).

El análisis de Torrente en este punto no puede ser más acertado.

“Ocasionalmente se le escapa a don Quijote la verdadera filiación civil de Dulcinea ante Sancho testigo; y por el nombre de los padres colige el escudero quién sea la dama, a la que, hasta entonces, había tenido por princesa. A Sancho, tan realista, la realidad le deja turulato, y no es para menos; pero en su estupor, además de sorpresa, hay un ingrediente de satisfacción porque las cosas desciendan del Empíreo a que don Quijote acostumbra a elevarlas. En este terreno, Sancho pisa firme, pero también don Quijote, aunque parezca mentira. El diálogo es delicioso, de pillo a pillo, y, por parte de don Quijote, enormemente explícito, como que tiene todo el valor de una clave desvelada, o, si se prefiere, de una revelación” (Torrente, 1984: 73-74).

Don Quijote sabe perfectísimamente que Dulcinea es una invención de la misma clase que las damas a las cuales los poetas dedican sus producciones –como que la invención la ha hecho él mismo, por cierto-.

“Así que, Sancho, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa de la tierra. Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amariles, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquéllos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo. Y, así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad, y ni la llega Elena, ni la alcanza Lucrecia, ni otra alguna de las famosas mujeres de las edades pretéritas, griega, bárbara o latina. Y diga cada uno lo que quisiere; que si por esto fuere reprehendido de los ignorantes, no seré castigado de los rigurosos” (I, XXV, 311-312).

A este respecto, veamos ahora cómo don Quijote afronta los mismos hechos en la Segunda parte.

“—Pues en verdad, señor —respondió Sancho—, que cuando yo vi ese sol de la señora Dulcinea del Toboso, que no estaba tan claro, que pudiese echar de sí rayos algunos, y debió de ser que, como su merced estaba ahechando aquel trigo que dije, el mucho polvo que sacaba se le puso como nube ante el rostro y se le escureció.
—¡Que todavía das, Sancho —dijo don Quijote—, en decir, en pensar, en creer y en porfiar que mi señora Dulcinea ahechaba trigo, siendo eso un menester y ejercicio que va desviado de todo lo que hacen y deben hacer las personas principales que están constituidas y guardadas para otros ejercicios y entretenimientos, que muestran a tiro de ballesta su principalidad! Mal se te acuerdan a ti, ¡oh Sancho!, aquellos versos de nuestro poeta donde nos pinta las labores que hacían allá en sus moradas de cristal aquellas cuatro ninfas que del Tajo amado sacaron las cabezas, y se sentaron a labrar en el prado verde aquellas ricas telas que allí el ingenioso poeta nos describe, que todas eran de oro, sirgo y perlas contestas y tejidas. Y desta manera debía de ser el de mi señora cuando tú la viste, sino que la envidia que algún mal encantador debe de tener a mis cosas, todas las que me han de dar gusto trueca y vuelve en diferentes figuras que ellas tienen; y, así, temo que, en aquella historia que dicen que anda impresa de mis hazañas, si por ventura ha sido su autor algún sabio mi enemigo, habrá puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras, divertiéndose a contar otras acciones fuera de lo que requiere la continuación de una verdadera historia. ¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rancores y rabias” (II, VIII, 750-751).

Si en la primera parte, como hemos visto, don Quijote se mostraba consciente de la realidad de Dulcinea, en el citado fragmento de la segunda niega haber tenido esa consciencia y dice que tal condición se debe a algún encantamento. El cinismo absolutamente oportunista de don Quijote no posee límites. Lo mismo encontramos en el diálogo que sobre Dulcinea tiene lugar en la segunda parte (capítulo XXXII, 979-981), en el que don Quijote llega a decir:

“—En eso hay mucho que decir —respondió don Quijote—. Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo” (II, XXXII, 980).

Es más, sostengo que cada palabra que sale de la boca de don Quijote responde al mismo patrón lógico según el cual Alonso Quijano crea su personaje. Pensar, por ejemplo, que el discurso sobre las armas y las letras responde a un período de lucidez es, como veremos en el apartado que dedicamos a la Idea de Libertad, no percibir el significado que subyace a ese discurso: la reivindicación de una libertad primaria pre-estatal y pre-política. Pero no adelantemos acontecimientos.

IV. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?

Llegamos, pues, a la enunciación del problema: don Quijote, ¿cinismo o trastorno mental? Este aspecto es fundamental porque si don Quijote es un loco, todo lo que dice y hace serán, pues, locuras. Si es un hombre cuerdo, en cambio, lo que hace y dice no será una locura, simplemente se enfrentará a lo socialmente establecido. Si aceptamos el diagnóstico del narrador o del resto de personajes que pueblan la obra, nos encontraremos forzados a seguir este diagnóstico en todo momento, a saber, nos veremos obligados a aceptar que sean estos personajes los que enjuicien cada una de las acciones de don Quijote. Esto significa que habremos de considerar como una locura todo comportamiento quijotesco de ataque a la religión y a sus estamentos, mientras que hemos de aceptar como lúcidos discursos como el de las Armas y las Letras, o el del Elogio de la poesía –discurso éste que refleja un ideal renacentista que en época de Cervantes ya no existía ni era posible, como veremos-, o el delirante discurso acerca de la Edad de Oro.
Afirmo y sostengo que don Quijote no está loco y que sería un grave error plegarse a los juicios epistemológicos que nos ofrecen diversos personajes en la obra. Precisamente porque no está loco sus palabras cobran una fuerza crítica desmedida. Ahora bien, que don Quijote no esté loco no significa que en la obra no haya un interés por parte del autor en presentárnoslo como un posible y verosímil loco. Cervantes persigue, a nuestro juicio, la articulación de una duda razonable porque la racionalidad de don Quijote no es fácilmente asimilable (es absolutamente dialéctica frente a la realidad vigente, tanto en la primera parte como en la segunda, pero con matices que posteriormente aclararé) y por eso hay que encubrirla. Como bien señala Torrente Ballester.

“Es un juego, pero nada claro. Si lo fuera, si la trampa estuviera al descubierto, no tendría gracia y la novela se caería de las manos. Porque uno de sus ingredientes prospectivos más vitales es la comezón en que pone de saber si el personaje está loco o no” (Torrente, 1984: 81).

Y de nuevo vuelve a acertar en su interpretación al manifestar lo siguiente:

“Se objetará que él “cree ser” don Quijote y “cree ser” caballero andante, pero esto no está nada claro: la duda se infiere, por lo pronto de esta frase, elegida entre otras semejantes por lo precisa y afirmativa, que se toma de la segunda parte de a novela, capítulo XXXI: “aquél fue el primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante verdadero y no fantástico”. Lo cual quiere decir que antes no lo había creído” (Torrente, 1984: 58).

Son muchos los ejemplos que pueden aducirse para discutir la supuesta locura de don Quijote.
Especialmente significativo se vuelve a este respecto el episodio en que afirma que dos rebaños de carneros son en realidad dos ejércitos enfrentándose.

“Si no, haz una cosa, Sancho, por mi vida, porque te desengañes y veas ser verdad lo que te digo: sube en tu asno y síguelos bonitamente y verás como, en alejándose de aquí algún poco, se vuelven en su ser primero y, dejando de ser carneros, son hombres hechos y derechos como yo te los pinté primero. Pero no vayas agora, que he menester tu favor y ayuda” […] (I, XVIII, 213).

El cinismo de que hace gala don Quijote es de un descaro tremendo, por no decir, como bien señala Torrente Ballester, que sus ataques se dirigen efectivamente contra ovejas, dando como resultado la muerte de siete de ellas, no contra hombres.
Bastante claro es también, y en ello sigo y coincido totalmente con la interpretación exhaustiva de Torrente Ballester, el episodio de la firma (I, 315).
Don Quijote es un cínico y su cinismo muchas veces perjudica a los demás. Es un absoluto egoísta ético:

“En lo que toca a lo que dicen que ésta es bacía y no yelmo, ya yo tengo respondido; pero en lo de declarar si ésa es albarda o jaez, no me atrevo a dar sentencia definitiva: sólo lo dejo al buen parecer de vuestras mercedes” (I, XLV, 572).

Las reglas del juego que decide emprender Alonso Quijano son externas y son modificadas constantemente ad hoc para que todo encaje.

“Alonso Quijano “socorre” a su personaje; el socorro consiste en permitirle, o ayudarle a permanecer donde está, dentro del juego” (Torrente, 1984: 63).

Y cuando algo no encaja o es difícilmente justificable frente a Sancho, don Quijote usa el recurso de la apelación al encantamento (algo que Sancho, para su desgracia y para regocijo de don Quijote, aprenderá a hacer en la segunda parte, como veremos).

“-Calla, amigo Sancho –respondió don Quijote-, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto esos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento […]” (I, VIII, 105).

En este sentido es sumamente interesante el estudio que Torrente efectúa acerca de los procedimientos que permiten crear el juego. Para Torrente, es la realidad la que marca la estrategia, lo que implica que don Quijote ha de ser plenamente consciente de ella. Estamos absolutamente de acuerdo.
Otro dato que nos parece especialmente interesante es cómo don Quijote siempre apela en la primera parte a la necesidad de crear las aventuras. Al hilo de esto, mi análisis del episodio de los molinos/gigantes es bien distinto del ofrecido por Torrente. Veamos en primer lugar su interpretación.

“Véase ahora un caso del Quijote: se dijo a su tiempo, o se dice ahora, que el examen escrupuloso del texto no deparó un solo resquicio que autorizase a mostrar o demostrar que, ante los molinos de la Mancha, don Quijote viese molinos y no gigantes. Pero la aventura de los rebaños, con la que estructuralmente coincide, se ha visto ya cómo incluye una “pista” que permitió afirmar que veía ovejas y no ejércitos. Inevitablemente el lector piensa: si en este caso vio rebaños, ¿no habrá visto en el otro molinos verdaderos? Los elementos de acción retroactiva “operan” sobre una situación pasada y la “modifican”. Se puede, pues, con cierta lógica, pensar que, en toda situación semejante, pasada o futura, don Quijote “ve siempre la realidad de manera correcta”, como se ha venido insinuando con bastante machaconería” (Torrente, 1984: 141).

Sólo una cosa cabría objetarle al razonamiento que aquí se nos ofrece, y es que estoy absolutamente convencida de que en el episodio de los molinos Cervantes sí ofrece pistas, como veremos a continuación.
Estoy totalmente de acuerdo con Torrente en las restantes pruebas que aduce, muchas de las cuales las he señalado ya, y comparto con él la tesis de que el espectador ideal de don Quijote es Sancho. Es cierto que las actuaciones de don Quijote varían según esté Sancho presente o no, como en el famoso caso en que don Quijote insulta al ventero tildándolo de mal hostelero (Torrente, 1984: 143), mientras que delante de Sancho aduce el recurso del encantamiento. Los encantadores son la principal táctica que maneja don Quijote para ocultar el juego a Sancho, táctica copiada de la empleada por la sobrina del hidalgo para explicar la desaparición de la biblioteca, como bien defiende Torrente (1984: 144). De hecho, es don Quijote quien se encarga de mantener el juego a toda costa, incluso a pesar de la inutilidad para mantener las ficciones de quienes a él se suman (Torrente, 1984: 145). Pero no es lo mismo mantener una ficción compartida, que engañar a quien cree que no se está jugando. De hecho, si Sancho compartiese el juego, no intentaría advertir a su señor de que está siendo engañado y de que ni la princesa Micomicona es tal princesa, ni su enjaulamiento obedece realmente a razones caballerescas o de encantamiento –Sancho ha reconocido a sus vecinos-.
Don Quijote nunca se enfrenta abiertamente a Sancho por defender la realidad de sus percepciones, sino por las intromisiones de Sancho en su juego:

“-Bien parece –respondió Don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; […]” (I, VIII, 103).

Y de nuevo:

“- Ya te he dicho, Sancho –respondió Don Quijote-, que sabes poco de achaque de aventuras: lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás” (I, VIII, 109).

En otro episodio muy significativo para quienes defendemos la hipótesis del juego, pero de un juego cínico, cuando la Santa Hermandad apresa a don Quijote, el narrador declara lo siguiente acerca de su modo de librarse.

“En efecto, tanto les supo el cura decir y tantas locuras supo Don Quijote hacer, que más locos fueran que no él los cuadrilleros si no conocieran la falta de don Quijote […]” (I, XLVI, 580).

Lo mismo se observa en la actitud de don Quijote cada vez que debe enfrentarse al tema del dinero, en la primera parte.

“Engañado he vivido hasta aquí –respondió don Quijote-, que en verdad que pensé que era castillo, y no malo; pero pues es ansí que no es castillo, sino venta, lo que se podrá hacer por agora es que perdonéis por la paga, que yo no puedo contravenir a la orden de los caballeros andantes, de los cuales sé cierto, sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario, que jamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen […]” (I, XVII, 199).

Lo explica muy bien Torrente:

“Hay dos cosas en las que no cabe fantasía, y ambas las evita don Quijote por miedo de que su tremenda, innegable realidad le arrastre y dé al traste con su ficción: una, la del dinero: cuando se ve obligado a llevarlo, lo entrega a Sancho, y allá él, porque el caballero no quiere saber nada de esas cosas. La segunda es el amor (o el sexo, da igual). Sea quien fuere Maritornes, yacer con ella hubiera sido “una realidad” contra la que don Quijote va bien apercibido: abundantes pasajes caballerescos donde el esquema oferta-repulsa-mención de la fidelidad a la dama se repite, lo abonan; en cuanto a Altisidora, aunque no llegue tan cerca de la cama de don Quijote, al menos en situación de ofrecimiento, el esquema es el mismo” (Torrente, 1984: 76).

Otro argumento muy fuerte, y que Torrente sorprendentemente no aduce, es el fragmento en que se produce la huída de la Santa Hermandad, propuesta por Sancho tras liberar a los galeotes. Esta evidencia textual defiende claramente la lectura de la actitud de don Quijote como una actitud de juego: evita un encontronazo con la autoridad puesto que ésta podría suponer el cierre definitivo de las aventuras.

“Naturalmente eres cobarde, Sancho –dijo Don Quijote-, pero, porque no digas que soy contumaz y que jamás hago lo que me aconsejas, por esta vez quiero tomar tu consejo y apartarme de la furia que tanto temes, mas ha de ser con una condición: que jamás en vida ni en muerte has de decir a nadie que yo me retiré y aparté deste peligro de miedo, sino por complacer a tus ruegos […]” (I, XXIII, 272).

Don Quijote es consciente del carácter de cuento –cuento en el sentido de estratagema antes que de ficción, creemos, aunque también en este sentido- que posee su aventura: es consciente de su estatuto ficcional como personaje (capítulo XIX de la primera parte).

“-¡Bien estás en el cuento!- respondió don Quijote-. Ahora me falta rasgar las vestiduras, esparcir las armas y darme de calabazadas por estas peñas, con otras cosas deste jaez, que te han de admirar” (I, XXV, 306).

Es muy interesante en este punto la tesis que defiende Torrente Ballester.

“En su caso, de esto no cabe duda, una historia de caballerías (para el lector moderno, una novela); en cualquier caso, “un libro”. A lo que don Quijote aspira (lo que tiene por supremo bien apetecido, y claramente lo dice), es a ser “personaje de un libro”” (Torrente, 1984: 69).

En relación con la consciencia ficcional que exhibe don Quijote, interpreto también el siguiente diálogo entre el caballero y Sancho:

“Con esto se fue el bachiller, y don Quijote preguntó a Sancho que qué le había movido a llamarle “el Caballero de la Triste Figura”, más entonces que nunca.
Yo se lo diré –respondió Sancho-, porque le he estado mirando un rato a la luz de aquella hacha que lleva aquel malandante, y verdaderamente tiene vuestra merced la más mala figura, de poco acá, que jamás he visto; y débelo de haber causado, o ya el cansancio deste combate, o ya la falta de las muelas y dientes.
- No es eso –respondió don Quijote-, sino que el sabio a cuyo cargo debe de estar el escribir la historia de mis hazañas le habrá parecido que será bien que yo tome algún nombre apelativo, como lo tomaban todos los caballeros pasados […]. Y, así, digo que el sabio ya dicho te habrá puesto en la lengua y en el pensamiento ahora que me llamases el Caballero de la Triste Figura, como pienso llamarme desde hoy en adelante; y para que mejor me cuadre tal nombre, determino de hacer pintar, cuando haya lugar, en mi escudo una muy triste figura” (I, XIX, 223-224).

A don Quijote le gusta que le sigan el juego (como por ejemplo hace Sancho en I, X, 127, y en prácticamente toda la segunda parte, donde, por unos momentos, llega a encontrarse en su salsa).
En otro episodio fundamental, el capítulo XXV de la primera parte, asistimos, de manera muy significativa, a la planificación exhaustiva de la imitación de un proceso de locura.

III. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?

“El personaje, “que ya anda en las historias”, no puede morir. Lo que hace, pues, Alonso Quijano, es dejarlo a un lado, “quitárselo”, pura y simplemente, porque viniéndole como le viene la muerte de dentro, el negocio planteado, el de la muerte personal, nada tiene que ver con don Quijote. Don Quijote hubiera muerto en las garras del león o en cualquier otra posible ocasión granjeada con su nombre y con su obra; pero esta otra clase de muerte que adviene, esta muerte que no es la consecuencia de una hazaña, ni siquiera de la malevolencia de los encantadores, muerte de un hombre y no de un personaje, atañe sólo a quien la engendra, a quien la lleva en el cuerpo y en el alma, a quien la padece. Alonso Quijano distingue con claridad; por eso dice que “ya no es” don Quijote y que se muere. Don Quijote ha volado de los nidos de antaño. El nido es el propio Quijano, que se ha quedado vacío por su voluntad, para morir sencillamente. El pájaro –don Quijote- seguirá volando.
Lo demás, la condena de los libros de caballerías, aunque bien pudiera entenderse como concesión a la moralidad, se puede asimismo interpretar “desde” el cristianismo de Quijano, que al ver la muerte encima la afronta con toda su personalidad moral y espiritual, hecha por el cristianismo” (Torrente, 1984: 201-202).

Creo que en este punto Torrente se equivoca por completo en la interpretación y lo que es más grave, se contradice. Si don Quijote era un personaje que tomaba toda su historia y personalidad moral de las de su creador -“O, dicho de otra manera: el personaje asume enteramente al hombre que lo ha creado, porque lo necesita para andar por el mundo como tal personaje; con lo cual Quijano deja de ser actor” (Torrente, 1984: 60)-, ¿cómo explicar entonces ese cristianismo sincero de Alonso Quijano tras dar vida a un personaje que se deleita haciendo gala de anticlericalismo? ¿Puede hablarse realmente de un cristianismo de Alonso Quijano? Si se observa detalladamente en qué consistía su juego creemos que la respuesta coherente es que no. Habrá que acudir entonces a otras explicaciones más lógicas, dentro de las tesis defendidas, que den cuenta de ese supuesto arrepentimiento.
Si Torrente estuviese atento a la materialización del juego de Alonso Quijano, se habría percatado de que uno de sus principales objetivos son los representantes de las instituciones eclesiásticas. Por eso Cervantes debe disimular muy bien el juego: no estaría bien visto que un hidalgo se divirtiese a costa de la Iglesia, a no ser que estuviese loco. Si Alonso Quijano juega, y si en su juego la Iglesia es una de las víctimas preferidas, entonces no es creíble su arrepentimiento basado en un supuesto cristianismo. Si don Quijote, como sostiene Torrente, asume al hombre y sus actitudes morales; si don Quijote es un personaje en el juego de Alonso Quijano –como efectivamente lo creemos-, entonces don Quijote, como Alonso Quijano, le tiene “bastantes ganas” a la Iglesia. Su cristianismo humanista y su piedad aparecen muy dudosas, en consecuencia. Por la misma razón niego y huyo de manidas interpretaciones erasmistas, como ya expuse, a la manera de las que nos ofrece un Américo Castro.

“La ideología renacentista está obsesionada por ese retorno a los orígenes de las formas de la cultura, de la moral, de la justicia, de la religión. Habría querido el Renacimiento hacer una edición crítica del Universo. En el terreno religioso, cristiano, el problema consistía en volver a las Escrituras, al Evangelio, a la soñada pureza de los primeros tiempos, al texto hebreo mejor que al latino, a lo más próximo, en suma, de la inalterable esencia que se aspiraba encontrar. Erasmo es el máximo representante de esa inquietud, de ese afán inquisitivo, que en él es método y no contenido cerrado; por eso repugnará las soluciones dogmáticas, tanto las de los teólogos católicos como las de los protestantes; por eso será odiado y perseguido en ambos campos. Pero ha dejado a lo largo del siglo, a la vez que mística emoción, una estela de criticismo y de insatisfecha inquietud; de exigencia racional y de espíritu de protesta. Sin Erasmo, Cervantes no habría sido como fue” (Castro, 2002: 288-289).

Es más, mi interpretación de que el cristianismo de Alonso Quijano es fingido, como luego veremos, es más coherente con la interpretación de Torrente que la que él mismo da.
En cuanto a la segunda parte, yerra Torrente, y por los mismos motivos, en una apreciación: la segunda parte no representa ya un juego inofensivo y esto es fundamental para entender por qué don Quijote acepta abandonar el juego mientras que Sancho desea continuarlo. Los dos aparecen guiados por la misma motivación: la virtud ética, identificada por Spinoza, de la generosidad. Alonso Quijano decide dejar el juego por Sancho (al igual que se arrepentirá y se fingirá cristiano para poder testar a favor de él) y Sancho desea seguir el juego por Alonso Quijano (porque sabe que la vida real, sin juegos, le resulta insoportable, como efectivamente se verificará en su muerte inmediatamente posterior al cese del juego).
Asistimos en la obra a distintas visiones y versiones del comportamiento de don Quijote.
El narrador y el resto de personajes, lo consideran un loco.

“Si este narrador no hiciera otra cosa que repetir un ardid tradicional, su consideración estaría de más. Su conducta, sin embargo, sorprende e interesa, porque con harta frecuencia abandona los trámites convencionales e interviene en el relato de manera original y, en ciertos pasajes, sospechosa. Uno de sus modos constantes y característicos de participación surge en el segundo párrafo de la novela, cuando dice: “… y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto…”. ¿La primera minucia? En todo caso, significativa, porque la palabra “desatino” inaugura la serie de las dotadas de fuerte connotación moral. Con “curiosidad”, el narrador designa un hecho; con “desatino”, lo juzga. No tendría importancia si sólo fuera una vez, pero, sin salir del primer capítulo, se advierte que los juicios se reiteran, se sistematizan. Y así se mantiene hasta el fin de la novela. Y los juicios se refieren, principal y sistemáticamente, a los protagonistas; a su modo de ser y a su conducta” (Torrente, 1984: 30).

Estoy completamente de acuerdo con lo que afirma Torrente en el siguiente párrafo, así como en el anteriormente citado.

“Prescindiendo de que tal procedimiento sea defectuoso y de que así se haya estimado, quizá el examen de estos juicios sistematizado, permita ver algo más claro. En la primera parte, se encuentran dos palabras clave: la de “loco”, aplicada a don Quijote, y la de “majadero” o “bobo”, aplicada a Sancho Panza. No son, bien entendido, monopolio del narrador, sino que otros personajes de la fábula las usan, e incluso hay ocasiones en que Sancho piensa de don Quijote que está “loco” y en que don Quijote piensa de Sancho que es un “majadero”. “Loco” y “majadero” constituyen, en la primera parte, los dos puntos de cohesión que dan unidad a los elementos de las figuras de los dos protagonistas en tanto en cuanto son vistas por los demás y, por supuesto, por el narrador. Son dos juicios que expresan el “sentir común”, son de “sentido común”. La imagen que el cura, el barbero, el ama, la sobrina y cierto número de personajes hallados a lo largo del camino tienen de don Quijote, es la de un “loco”, y, de Sancho, la de un “bobo”. ¿La propuesta “real” del narrador es la de entretener, la de interesar, la de apasionar con las aventuras de un loco y de un bobo? Así resulta a primera vista, aunque las cosas, examinadas con más atención, no parezcan tan simples. Pero no hay vuelta de hoja: los juicios morales del narrador coinciden con los de todo el mundo, y en este “todo el mundo” se incluye buena parte de los lectores” (Torrente, 1984: 34-35).

El narrador y el resto de personajes, lo consideran un loco, efectivamente, pero es que el narrador y el resto de los personajes no representan precisamente ejemplos de claridad argumental ni de sinceridad, sino que manifiestan unas actitudes, cuando menos, sospechosas.
Tanto en la primera como en la segunda parte de la obra se insiste en la locura de don Quijote, por una parte, y en su extraordinaria lucidez a la hora de afrontar otros discursos.
Veamos las declaraciones del narrador destinadas a explicar el proceso en el que Alonso Quijano pierde la razón.

“En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros […]” (I, I, 41-42).

Y de nuevo:

“En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo […]” (I, I, 43).

En ambos casos estamos ante declaraciones vertidas por el narrador, es importante reseñarlo una y otra vez, un narrador que no duda en mentir o ironizar a lo largo del relato de los hechos, como cuando habla de la gran ciudad del Toboso (II, VIII, 757), por ejemplo, o en la escena que reproduzco a continuación.

“—He perdido el libro de memoria —respondió Sancho— donde venía carta para Dulcinea y una cédula firmada de su señor, por la cual mandaba que su sobrina me diese tres pollinos, de cuatro o cinco que estaban en casa.
Y con esto les contó la pérdida del rucio. Consolole el cura, y díjole que en hallando a su señor él le haría revalidar la manda y que tornase a hacer la libranza en papel, como era uso y costumbre, porque las que se hacían en libros de memoria jamás se acetaban ni cumplían.
Con esto se consoló Sancho, y dijo que como aquello fuese ansí, que no le daba mucha pena la pérdida de la carta de Dulcinea, porque él la sabía casi de memoria, de la cual se podría trasladar donde y cuando quisiesen.
—Decildo, Sancho, pues —dijo el barbero—, que después la trasladaremos.
Parose Sancho Panza a rascar la cabeza para traer a la memoria la carta, y ya se ponía sobre un pie y ya sobre otro, unas veces miraba al suelo, otras al cielo, y al cabo de haberse roído la mitad de la yema de un dedo, teniendo suspensos a los que esperaban que ya la dijese, dijo al cabo de grandísimo rato:
—Por Dios, señor licenciado, que los diablos lleven la cosa que de la carta se me acuerda, aunque en el principio decía: «Alta y sobajada señora».
—No diría —dijo el barbero— sobajada, sino sobrehumana o soberana señora.
—Así es —dijo Sancho—. Luego, si mal no me acuerdo, proseguía, si mal no me acuerdo: «el llego y falto de sueño, y el ferido besa a vuestra merced las manos, ingrata y muy desconocida hermosa», y no sé qué decía de salud y de enfermedad que le enviaba, y por aquí iba escurriendo, hasta que acababa en «Vuestro hasta la muerte, el Caballero de la Triste Figura».
No poco gustaron los dos de ver la buena memoria de Sancho Panza, y alabáronsela mucho y le pidieron que dijese la carta otras dos veces, para que ellos ansimesmo la tomasen de memoria para trasladalla a su tiempo.
Tornóla a decir Sancho otras tres veces, y otras tantas volvió a decir otros tres mil disparates” (I, XXVI, 323-324).

Como bien dice Torrente (aunque yo haría extensivo el comentario también a la primera parte de la obra, si bien en menor medida):

“El sistema “loco-bobo” se mantiene también en la segunda parte, pero sustancialmente modificado. No son ya dos adjetivos, sino cuatro, agrupados en parejas: “loco-cuerdo y tonto-discreto”. Cada una de ellas encierra una contradicción, de tal manera que cada adjetivo devora al otro, lo destruye y es destruido por él. Sin embargo, el narrador no los usa para que los lectores se queden con un montón de residuos en las manos, sino porque piensa que con ellos designa mejor y más apropiadamente la realidad de los personajes según su punto de vista. Con lo cual la contradicción de las palabras se traspasa a quienes son a la vez loco-cuerdo y tonto-discreto. (Debe, sin embargo, quedar constancia clara de que esta contradicción es aparente, ya que lo que parece querer designar el narrador es una “alternancia” de situaciones: alguien que actúa, a veces, como loco y, a veces, como cuerdo; y otro alguien que actúa, a veces como bobo, y, a veces, como discreto. A esta interpretación tienden quienes aceptan de antemano la locura patológica, la insania, del personaje, autorizados por la ciencia que les dice que ciertos locos atraviesan momentos lúcidos, etc. Esta cómoda explicación deja, sin embargo, una grave cuestión pendiente: ¿por qué Alonso Quijano, en sus momentos de cordura, “asume” la personalidad de don Quijote y sigue comportándose como tal? Pues la única rectificación es inmediatamente anterior a su muerte y no es, propiamente hablando, una rectificación sino que se aproxima más bien a un acto de arrepentimiento)”. (Torrente, 1984: 35-36).

Don Quijote se nos presenta como un loco, un loco que debe los síntomas de su enfermedad, entre otras cosas, a la mucha lectura de libros de caballerías. Pocos han reparado en el hecho de que antes de darse a la ficción caballeresca, para algunos locura, don Quijote pensó en tomar la pluma.

“Lo que se juzga primordial “es” que Alonso Quijano, “que ya estaba loco”, según el narrador, o, al menos, en trance de “llegar a serlo”, al proponerse completar las aventuras de don Belianís (precisamente la aventura inacabable) tenía que inventarla, sacándola de su caletre, de cabo a rabo. Siendo esto así, ¿es verosímil que creyese luego en su propia invención, que se la propusiese a sí mismo y a su conciencia como histórica? Pues a quien se siente capaz de inventar un relato de caballerías, ¿no se le ocurre que los relatos del mismo género tienen que ser igualmente inventados?” (Torrente, 1984: 49).

Respecto a las causas de la supuesta locura, se vuelve absolutamente fundamental según mis tesis, la segunda parte de la obra en la que don Quijote decide modificar su nombre y su personaje para dar comienzo a una nueva ficción pastoril. No se puede decir ahora que don Quijote leyera obsesivamente novelas pastoriles, en ningún momento se dice nada parecido en la obra. Don Quijote toma este nuevo juego, lo copia, de unos pastores fingidos que deciden darse a la recreación de la Arcadia y que acogen muy favorablemente a don Quijote y a Sancho cuando se cruzan en su camino.
Por otro lado, tenemos también el diagnóstico que del comportamiento de don Quijote nos ofrecen personajes como el del ventero, en la primera parte:

“El ventero daba voces que le dejasen, porque ya les había dicho como era loco, y que por loco se libraría, aunque los matase a todos” (I, III, 63).

Es importante constatar como la locura, sea fingida o real, aparece unida en las manifestaciones de muchos personajes a la cuestión de la impunidad: un loco puede hacer lo que desee; el ventero, por lo menos, así lo cree. Se trata de una creencia sumamente significativa para el análisis de la obra. Como veremos, don Quijote sabe perfectamente cuándo la locura puede funcionar como un eximente -cuando es apresado en la venta por los cuadrilleros en la primera parte- y cuándo sólo cabe la huída -ante la Santa Hermandad y tras liberar a los galeotes-.
De la misma manera, don Quijote es juzgado como loco por sus vecinos:

“De suerte que, cuando el labrador le volvió a preguntar que cómo estaba y qué sentía, le respondió las mesmas palabras y razones que el cautivo Abencerraje respondía a Rodrigo de Narváez, del mesmo modo que él había leído la historia en La Diana, de Jorge de Montemayor, donde se escribe; aprovechándose della tan a propósito, que el labrador se iba dando al diablo de oír tanta máquina de necedades; por donde conoció que su vecino estaba loco, y dábale priesa a llegar al pueblo por escusar el enfado que don Quijote le causaba con su larga arenga” (I, V, 79).

A la misma conclusión, la de la locura, llegan el cura y el barbero, personajes igualmente negativos en la obra.

“Quedaron admirados los dos de lo que Sancho Panza les contaba; y aunque ya sabían la locura de don Quijote y el género della, siempre que la oían se admiraban de nuevo” (I, XXVI, 322).

No hay que olvidar que estos dos personajes acaban perfectamente integrados en el juego quijotesco y su comportamiento, una vez metidos en él, no puede ser más mezquino. Veamos a continuación los acertados comentarios de Mancing a propósito del episodio en que don Quijote se enfrenta a un cabrero en el último capítulo de la primera parte.

“Y ¿cuál es la actitud de la ilustre compañía que mira esta escena? Veamos: «Reventaban de risa el canónigo y el cura, saltaban los cuadrilleros de gozo, zuzaban los unos y los otros, como hacen los perros cuando en pendencia están trabados; sólo Sancho Panza se desesperaba.»
Ya no existe el menor pretexto altruista de parte de Pero Pérez, Maese Nicolás y los otros. El manteamiento en la venta de Juan Palomeque le dio a Sancho Panza tanta vergüenza porque era un acto muy embrutecedor; los perros se manteaban durante Carnestolendas. El mismo embrutecimiento de don Quijote –el azuzarlo como a un perro- es el colmo de las humillaciones que ha sufrido hasta este momento. Y quienes lo humillan así no son unos arrieros brutales, ni ningún ventero picaresco, ni unos galeotes criminales, sino sus supuestos amigos. Con tales amigos, a don Quijote no le hacen falta enemigos” (Mancing, 1981b: 739).

Amen. Continuemos el análisis de la perspectiva de los personajes: el ama (en II, VII, 739, por ejemplo) y la sobrina también le tienen por loco.
Frente a esta actitud, tenemos las constantes apelaciones de don Quijote a su estado de auto-conciencia:

“—Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías” (I, V, 79).

Pero no sólo respecto a su persona, sino también respecto a la realidad:

“—O yo me engaño, o ésta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto, porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser y son sin duda algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester deshacer este tuerto a todo mi poderío.
—Peor será esto que los molinos de viento —dijo Sancho—. Mire, señor, que aquéllos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le engañe.
—Ya te he dicho, Sancho —respondió don Quijote—, que sabes poco de achaque de aventuras: lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás.
Y diciendo esto se adelantó y se puso en la mitad del camino por donde los frailes venían, y, en llegando tan cerca que a él le pareció que le podrían oír lo que dijese, en alta voz dijo:
—Gente endiablada y descomunal, dejad luego al punto las altas princesas que en ese coche lleváis forzadas; si no, aparejaos a recebir presta muerte, por justo castigo de vuestras malas obras.
Detuvieron los frailes las riendas, y quedaron admirados así de la figura de don Quijote como de sus razones, a las cuales respondieron:
—Señor caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos religiosos de San Benito que vamos nuestro camino, y no sabemos si en este coche vienen o no ningunas forzadas princesas.
—Para conmigo no hay palabras blandas, que ya yo os conozco, fementida canalla —dijo don Quijote.
Y, sin esperar más respuesta, picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió contra el primero fraile, con tanta furia y denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun malferido, si no cayera muerto. El segundo religioso, que vio del modo que trataban a su compañero, puso piernas al castillo de su buena mula, y comenzó a correr por aquella campaña, más ligero que el mesmo viento.
Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno, arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes y preguntáronle que por qué le desnudaba. Respondióles Sancho que aquello le tocaba a él ligítimamente, como despojos de la batalla que su señor don Quijote había ganado. Los mozos, que no sabían de burlas, ni entendían aquello de despojos ni batallas, viendo que ya don Quijote estaba desviado de allí, hablando con las que en el coche venían, arremetieron con Sancho y dieron con él en el suelo; y, sin dejarle pelo en las barbas, le molieron a coces y le dejaron tendido en el suelo sin aliento ni sentido. Y, sin detenerse un punto, tornó a subir el fraile, todo temeroso y acobardado y sin color en el rostro; y cuando se vio a caballo, picó tras su compañero, que un buen espacio de allí le estaba aguardando, y esperando en qué paraba aquel sobresalto, y, sin querer aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron su camino, haciéndose más cruces que si llevaran al diablo a las espaldas” (I, VIII, 108-110).

Llegados a este punto, son especialmente interesantes las tesis de Torrente Ballester al respecto. Para este lucidísimo intérprete, don Quijote es plenamente consciente de la realidad que le rodea, lo que es lógico y coherente con la defensa de la hipótesis del juego que él, como ahora yo, lleva a cabo. Ahora bien, Torrente completa su análisis con una explicitación de las reglas que sirven a don Quijote para convertir la realidad circundante en escenario y objeto de sus aventuras, demostrando así que don Quijote conoce perfectamente las circunstancias en las que actúa -“Lo primero que sorprende de este loco es su perfecta comprensión del tipo de realidad que tiene delante y de lo que conviene hacer en cada caso” (Torrente Ballester, 1975/1984: 116)-.
Don Quijote no se estima a sí mismo como a un loco -lo cual podría ser hasta lógico en un comportamiento patológico-:

“¡Váleme Dios –dijo don Quijote-, y qué de necedades vas, Sancho, ensartando! ¿Qué va de lo que tratamos a los refranes que enhilas? Por tu vida, Sancho, que calles, y de aquí adelante, entremétete en espolear a tu asno, y deja de hacello en lo que no te importa. Y entiende con todos tus cinco sentidos que todo cuanto yo he hecho, hago e hiciere va muy puesto en razón y muy conforme a las reglas de caballería, que las sé mejor que cuantos caballeros las profesaron en el mundo” (I, XXV, 299).

Pero es que Sancho tampoco le juzga loco, al menos no de una forma concluyente. Sancho cree a don Quijote y desea acompañarle porque, como veremos, y entre otras motivaciones, tiene esperanzas de mejorar socialmente y obtener beneficios siendo escudero de un caballero.

II. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?

Dependiendo del diagnóstico que se efectúe del comportamiento de don Quijote se podrá sacar una u otra conclusión del conjunto de la obra: si don Quijote es un loco, ¿cómo tomarse en serio las críticas que efectúa?; si, por el contrario, don Quijote está jugando, ¿al servicio de qué significado presenta el autor tal juego? Esto lo trataré en las conclusiones, pero ahora voy a detenerme en profundidad en el análisis del tema de la locura, absolutamente fundamental dentro de la symploké de Ideas que presenta la obra.
Me reconozco profundamente deudora de las tesis defendidas por Torrente Ballester en su brillantísimo ensayo, El quijote como juego (1975/1984). Es más, las tesis de Torrente han pretendido combatirse desde posiciones que dejan mucho que desear en cuanto a su calidad argumentativa. Veamos un ejemplo.

“En toda vida humana se juega a ser sin parecer que jugamos, sin conciencia de representación. El personaje que decimos ser no es sino la máscara con que revestimos la identidad real que poseemos, que carece de relevancia alguna para el juego social. Es preciso representar tan seriamente que no lo parezca, y la mayor seriedad consiste en negar el tratamiento que hacemos de nuestro personaje como representación. Así, decimos que somos el juez, el médico, el notario, etcétera, cuando en verdad hacemos mera representación […]. Ahora bien, jugar a ser el que no se es es fantasear sobre sí mismo. Porque nadie es juez, catedrático, médico, capataz, etcétera, sino que todo lo más, hace-de tales. Y puede convertirse este hacer-de en ser porque los demás le obligan-aceptan en su representación de hacer-de” (Castilla del Pino, 2005: 27-28).

Con este argumento tan audaz pretende Castilla del Pino enfrentarse a las tesis de Torrente Ballester. He de decir que para mí queda absolutamente desacreditada su interpretación al partir de bases tan endebles. Si para este intérprete la vida es un juego en el que los médicos lo son no por estudiar medicina ni por pasar el MIR, sino porque les viene en gana representar el papel de médicos, entonces prefiero no sacar consecuencias y seguir apoyando las tesis que pretende combatir. Entre otras cosas, porque se encuentran mucho más fundamentadas en el texto que las metáforas que maneja Castilla del Pino.
Dicho esto, y antes de proceder a desarrollar el tema anunciado, quiero indicar que, como mostraré en los lugares pertinentes, Torrente Ballester no supo llevar de forma coherente, a mi juicio, las tesis que defendía hasta las últimas consecuencias.
Las tesis de Torrente incurren fundamentalmente en tres fallos graves:
- No refiere a los contenidos explícitos en que se materializa el juego quedándose en la mera descripción de las reglas y de la metodología.
- Renuncia expresamente a averiguar nada acerca de las razones autoriales para crear una novela sobre un personaje que a los 50 años decide empezar a jugar a los caballeros andantes.

“En cualquier caso, lo de menos es que el autor piense o no como su personaje. Es una cuestión absolutamente extraña a la novela en sí, y su inclusión en los criterios de valoración estética o de análisis crítico, impertinente. Lo que interesa en este caso es que el personaje, los personajes, “piensen”, y que de este pensamiento quede constancia en el texto, o sea, que forme parte de sus materiales y que, como tal entre a colaborar, bien o mal acomodado, en una “organización estética”.” (Torrente, 1984: 39).

- El juego de don Quijote eclipsa en su interpretación otras Ideas presentes en la obra. Mi tesis será que el juego sólo tiene sentido en symploké con otras Ideas como las involucradas por la dialéctica social, la concepción de la libertad o la dialéctica religiosa.
El primer y último fallo los cometen también quienes apuestan por la interpretación de la locura. Si se postula la locura como explicación de la conducta de don Quijote, el resto de Ideas presentes en la obra han de ser considerarse incoherentes, ya que, como veremos, no encajan. Si asumimos la hipótesis del juego, por las razones que Torrente aduce y por otras que él se dejó en el tintero, entonces la symploké ideal de la obra, la trabazón de las Ideas en ella implicadas, adquiere una lucidez y una lógica apabullantes. La hipótesis del juego no sólo explica más hechos textuales que la hipótesis de la locura; la hipótesis del juego, además, y esto es absolutamente fundamental, encaja a la perfección con el resto de Ideas implicadas en la fábula. La interpretación de la conducta de don Quijote en términos de locura condena a la obra cervantina a la incoherencia y la contradicción. Cervantes sólo puede mostrar correctamente la dialéctica social si don Quijote actúa a sabiendas y con plena conciencia de sus actos. Si es un loco, la dialéctica desaparece. Por eso a las tesis de Torrente les falta “algo más” para ser absolutamente rotundas, haciéndole necesario, en consecuencia, reconocer su carácter hipotético.

“Quien está disconforme con la locura como explicación de su conducta, a lo más que puede llegar es a la siguiente formulación, que, en último término, es la base de esta lectura y del entendimiento posterior a la misma: en el Quijote se cuenta la historia de un hombre que, al llegar a cierta edad y por razones ignoradas, puesto que la locura que se propone puede ser discutible, intenta configurar su vida conforme a la realización de ciertos valores arcaicos con una finalidad expresa, para lo cual adopta una apariencia de armonía histórica con los valores de que se sirve y con el tiempo en que estuvieron vigentes, y en franca discordancia (por analepsis) con el tiempo en que vive y en que va a realizarlos. Consciente del anacronismo, quizás también de lo impertinente de su ocurrencia, el personaje adopta ante ella una actitud irónica que confiere a su conducta la condición de juego” (Torrente, 1984: 50-51).

Y esto por no hablar ya de la pertinencia del relato episódico de El curioso impertinente: la hipótesis del juego explicaría la coherencia de esta pequeña novela con la fábula de la obra en la que se inserta. Si don Quijote juega es por la misma razón y desde la misma posición por la que Anselmo decide poner a prueba a su esposa: por aburrimiento mortal (en el caso de Alonso Quijano se verificará esta mortalidad al final de la novela).

“La génesis de [la estancia vital] de nuestro héroe queda señalada, lo mismo que acontece en Anselmo (El curioso impertinente) y en otros, que nos interesará sorprender en momentos decisivos de su existir” (Castro, 2002: 89).

Son estos tres fallos los que llevan a Torrente a errar de nuevo su interpretación cuando se pregunta por la crueldad de don Quijote en relación a la segunda parte de la obra y cuando habla del cristianismo de Alonso Quijano para explicar su arrepentimiento final.

I. ¿Qué tienen que ver los Panzas con los Quijotes?

Fragmento del libro: "Don Quijote de la Mancha: literatura, filosofía y política" (2008) de Violeta Varela Álvarez


Don Quijote representa, ante todo, una paradoja ética: no duda en atentar contra su propio cuerpo en multitud de ocasiones para satisfacer su propia diversión. Su sentido de la aventura es, en principio, anti-ético, y todo ello en función de un código moral ficticio: el caballeresco. Ahora bien, don Quijote siempre exhibe un control total de la situación –salvo acaso en el episodio de los batanes (I, XX) y, claro está, en la segunda parte de la obra en la que las modificaciones son substanciales-. Su firmeza nunca se ve comprometida hasta el punto de perder la vida. Quizás en este sentido se podría objetar, fundamentalmente, el episodio en que se enfrenta –pretende enfrentarse, mejor dicho- a un león. En mi lectura de la obra, tal episodio puede ser calificado de insana temeridad, pero las razones para ello habría que buscarlas antes en la autoconciencia quijotesca de que su historia es conocida y admirada, antes que en la locura.
Su actitud consiste en una imposición de la ética frente a la moral y el derecho: son sus deseos y voliciones los que impone en su actuación. La crítica de Cervantes vendría a mostrarnos a un individuo moviéndose en un sistema moral que no existe, con el consiguiente desajuste entre intenciones y fines.
Antes de continuar, llega el momento de explicitar las nociones de ética, moral y derecho con las que voy a trabajar en este ensayo. A tal fin recurriré a tres autores: Hegel (1807/2004), Spinoza (1678/1987) y Bueno (1996b).
- Los planteamientos de Hegel
La eticidad, al desarrollarse, escinde la sustancia ética en dos categorías:
1) Ley subterránea o derecho de las sombras: incumbe a la sangre y a la familia. Es ley divina, en tanto se encarna en los penates familiares. Su virtud es la piedad y sus deberes son los que impone la philía o afecto recíproco entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas, unidos por la identidad de carne y sangre. Funda un deber, ya que cada uno de los miembros del grupo familiar es una individualidad insustituible y necesaria para los otros miembros (es la ley del corazón: cada uno de los sujetos implicados es insustituible en el corazón de cada miembro). En las categorías en que me muevo, habría que decir que la Ley divina, en Hegel, se caracterizaría por considerar a los individuos que forman el todo familiar como partes atributivas, es decir, inintercambiables unas por otras.
2) Ley humana: representa las normas de la comunidad civil, del pueblo y de la ciudad. Se expresa en la costumbre y, de forma consciente, en el gobierno y en la palabra del gobernante. Trasciende siempre el ámbito particular de cada ciudadano. Los ciudadanos, para el Estado, son sustituibles. La muerte es un episodio natural y el Estado no la contempla, al contrario que la familia, como un mal absoluto. El Estado es una totalidad que contempla a los individuos que le constituyen bajo un prisma distributivo en relación a sus distintas clases dentro del ordenamiento jurídico-social.
- Mi posición
Comparto, salvo pequeños detalles que luego especificaré, los conceptos hegelianos de ley divina y ley humana. El problema lo encuentro, fundamentalmente, en que el esquema hegeliano resulta incompleto. La filosofía de Hegel se olvidó de la ética. Sus dos categorías no permiten llegar hasta el fondo de la compleja problemática política que se da en las dialécticas que envuelven al ciudadano.
Creo que las dos categorías hegelianas, además, deberían pulirse y depurarse por las razones que procedo a explicitar. La familia, el culto a los penates, por poner dos ejemplos célebres en la historia de la civilización occidental, ¿no pertenecían acaso a las costumbres de las póleis griegas? No toda costumbre debe ser encuadrada en la ley humana. Creo que lo correcto sería considerar a la ley divina como moral y a la ley humana como derecho o razón de estado, caso especial de la moral, ya que se trata de la codificación de ésta en términos sancionables política y judicialmente. El derecho es la moral unida al aparato estatal.
Habría también que distinguir tajantemente, Hegel no lo hace, entre las normas que rigen un estado (que evidentemente fundan costumbres) y las tradiciones y costumbres (mos, moris) de un grupo social. Las primeras serían impensables sin un estado regulado por un derecho, sea éste más o menos complejo.
A continuación voy a clarificar estos términos a los que acabo de referirme.
1) Ética
Entiendo la ética en el sentido en que Spinoza la enuncia en las proposiciones 58 y 59 de la parte tercera de su Ética:

Escolio: refiero a la fortaleza todas las acciones que derivan de los afectos que se remiten al alma en cuanto que entienden, y divido aquella en firmeza y generosidad. Por firmeza entiendo el deseo por el que cada uno se esfuerza en conservar su ser, en virtud del solo dictamen de la razón. Por generosidad entiendo el deseo por el que cada uno se esfuerza, en virtud del solo dictamen de la razón, en ayudar a los demás hombres y unirse a ellos mediante la amistad.

Las virtudes éticas derivadas de la fortaleza, en tanto atienden a la existencia real corpórea del individuo, son totalmente universales.
La moral y el derecho exigen muchas veces el sacrificio de la ética. Por poner ejemplos literarios clásicos y célebres, Antígona sabe que al violar la ley de Tebas acabará condenada a muerte. Antígona sacrifica su firmeza (perseverar en el ser) a sus deberes familiares. No actúa éticamente, sino moralmente. La ética falta en el sistema hegeliano, ya que no encaja en la ley divina.
2) Moral
Las costumbres que constituyen la moral son las tradiciones que han ido sobreviviendo en el grupo social, ya que efectivamente sirven y contribuyen a su cohesión como tal grupo. Son aquellas normas victoriosas que han demostrado servir a la supervivencia de una determinada comunidad. Aquí encaja, con las salvedades que antes he señalado, la ley divina hegeliana.
3) Derecho
La moral -en tanto que es indisociable de la ética puesto que la comunidad está compuesta por hombres corpóreos que, a su vez, se hacen personas en el contexto socio-político de una comunidad jurídica- está condenada a vivir en dialéctica y conflicto permanentes con la ética. Aquí es donde entra el tercer elemento: el Estado en tanto que regulador e instaurador de un código moral encarnado en el Derecho. Al Estado es a quien le incumbe solucionar los conflictos originados en la relación dialéctica que une a la ética y a la moral, pero esto provoca a su vez nuevos conflictos.
Continúo, pues, con mi análisis de la obra en los términos indicados.
La actitud ética de don Quijote conoce otro tipo de manifestación, a parte de la ya indicada paradoja: la generosidad -que se acentuará considerablemente, como veremos, en la segunda parte de la obra llegando a su culminación en el momento de su muerte-. Don Quijote muestra una gran generosidad hacia Sancho en la medida en que éste se involucra en sus proyectos. Pero Sancho se enredará al creer y seguir a don Quijote a través de un mundo moral que no existe. No hay ningún grupo de caballeros que se rija por la moral caballeresca. Todos los caballeros y hombres de armas que aparecen en la novela son ridiculizados y sometidos a una dura crítica: Cardenio y don Fernando, los Duques. No ocurre así con la figura del militar, de la que es un ejemplo claro el hermano de don Fernando, el cautivo.
El militar supone una determinada actuación anti-ética dentro de una moral y de un orden jurídico. El código militar se opone al caballeresco en su existencia real y en sus fines implantados dentro de un Estado. El criterio de Cervantes es siempre estatal, a pesar de las críticas a las que somete al Imperio aurisecular: el Estado es el criterio para la religión (episodio del cautivo y de los moriscos) y para el ejercicio de las armas.
En la segunda parte, al igual que en todos los restantes temas que trato en la obra, el cambio será importante. Ahora se seguirá imponiendo un código moral, pero éste ya no es un capricho ético de Don Quijote. En la segunda parte, efectivamente está funcionando un código moral caballeresco: el que comparten don Quijote y todos cuantos se han involucrado en su juego. Ahora la moral caballeresca la comparten, de modo lúdico, tanto don Quijote como los lectores de sus aventuras.

martes, 24 de noviembre de 2009

La filosofía del Quijote

Fragmento del libro inédito (no tanto como me gustaría): "Don Quijote de la Mancha: literatura, filosofía y política" (2008) de Violeta Varela Álvarez

¿Qué conclusiones filosóficas pueden extraerse de la lectura del Quijote? ¿Cuáles son las Ideas que pretende asentar Cervantes con la redacción de su obra? ¿Pretende defender el idealismo y la imposición, frente a toda realidad, de unos determinados ideales de verdad, bondad y justicia? ¿Pretende desacreditar estos mismos ideales a través de la ridiculización de los proyectos quijotescos? ¿Acaso quería constatar que la justicia no es un bien de este mundo, como lo prueba el fracaso final del caballero? ¿O, muy al contrario, pretendía mostrar que la justicia sólo es posible a través de las configuraciones reales que constituyen una determinada sociedad en un determinado momento? A esclarecer estas cuestiones voy a dedicar estas reflexiones finales. Deseo adelantar que mi interpretación va a decantarse por responder afirmativamente a la última de las preguntas que formulábamos. Cervantes, a mi juicio, es uno de los primeros autores que mostró la necedad de las doctrinas del deber ser, demostrando con ello una inteligencia y una racionalidad que no habrían de imponerse hasta pasados dos siglos en el panorama filosófico y del pensamiento occidental.
No voy a sostener en estas conclusiones, como puede deducirse de lo dicho hasta ahora, una interpretación filosófica del Quijote en términos kantianos, por citar un referente querido por la Crítica. Lo que sostengo, muy al contrario, es, como ya he indicado, que la obra de Cervantes supone toda una crítica de las filosofías del deber ser. Don Quijote supone la imposición de un deber ser frente al ser que caracteriza la realidad. Ahora bien, el comportamiento de don Quijote no debería confundirse con patrones de actuación kantianos. Don Quijote supone, efectivamente, la imposición arbitraria de un deber ser, pero su comportamiento no obedece a motivaciones pacifistas, ni a criterios morales, ni siquiera encaja a la perfección con los criterios humanistas. El deber ser de don Quijote no obedece, en principio, a más razón que la que le produce el aburrimiento causado por la sociedad y la realidad en las que le ha tocado vivir. Siguiendo con mi refutación de las interpretaciones del personaje en clave kantiana, debo decir que ningún personaje que afirme que el fin justifica los medios, como indica don Quijote en el contexto episódico de las bodas de Camacho, puede ser considerado kantiano.

“- Teneos, señores, teneos, que no es razón toméis venganza de los agravios que el amor nos hace, y advertid que el amor y la guerra son una misma cosa, y así como en la guerra es cosa lícita y acostumbrada usar de ardides y estratagemas para vencer al enemigo, así en las contiendas y competencias amorosas se tienen por buenos los embustes y marañas que se hacen para conseguir el fin que se desea, como no sean en menoscabo y deshonra de la cosas amadas” (Quijote II, XXI: 880-881).

Don Quijote representa el deber ser, es cierto, pero no es un deber ser kantiano, ni mucho menos. Esto que sostengo supone, para el caso de Cervantes como autor, una lucidez intelectual, moral y política sin precedentes en la literatura universal y que no encontrará eco hasta el siglo XIX cuando el kantismo, que consolidó este tipo de filosofías, empiece a estar en el punto de mira. Lo que parece una cuestión sin importancia, supuso una de las mayores revoluciones en el ámbito de la filosofía europea. Las filosofías del deber ser se caracterizarían, principalmente:
- Por su negación y encubrimiento de las dialécticas que efectivamente funcionan en la realidad socio-política. En este punto incurre don Quijote, como hemos visto, en múltiples ocasiones con respecto a Sancho.
- Por su imposición, absolutamente a-contextual, de ciertos parámetros de pensamiento y acción. En esto consiste, ni más ni menos, el juego quijotesco.
- Al ignorar lo que efectivamente está funcionando, estas estrategias de acción suelen causar más daño del que pretenden evitar. Intentan solucionar problemas cuyos patrones de funcionamiento ignoran por completo. Queda claro este punto en el episodio del pastorcillo Andrés.
Son, además, filosofías mezquinas: renuncian a lo que en realidad ocurre y renuncian a los hombres de carne y hueso (los sustituyen por sujetos que encajan en los parámetros de las teorías de la elección racional y fantasías semejantes), y lo hacen porque en el fondo de tan bondadoso kantismo sigue permaneciendo la doctrina del fuste torcido de la humanidad.
Quisiera decirles porque creo que el formalismo es tan peligroso. Tomemos, para seguir con lo dicho, a Kant como ejemplo. Este autor pasa por ser la suma de todas las virtudes en filosofía. Pues bien, Kant es, a mi juicio, que creo poder demostrar, uno de los autores más crueles que la filosofía ha alumbrado. Quienes hablan de la humanidad suelen hacerlo no por bondad, sino para encubrir las enormes diferencias que existen entre unas personas u otras. No hay nada más kantiano que afirmar que merece tanto castigo quien roba pan, porque muere de hambre, como quien malversa cien mil euros. La ley sin excepción. La humanidad sin clases. Lo de siempre, ocultar los verdaderos procesos dialécticos que tienen lugar en nuestras sociedades.
Imponer un deber ser en teoría supone condenar al ser a un callejón sin salida. Esto lo vio Hegel, que atacó con todas sus fuerzas en la Fenomenología del espíritu al derecho de las sombras, a la ley de la Universalidad, en otras palabras, a la moral kantiana. Se trata de filosofías normativas, pero es que las normas definen el juego y vienen dadas por él, no se pueden imponer desde fuera, por muy bonitas que éstas sean. Los formalismos usan la razón para crear fantasías especulativas (olvidan que el sueño de la razón produce monstruos). Pero siempre nos quedarán opciones como las que Cervantes nos ofrece en su obra maestra. Son más crudas y menos complacientes, porque tratan con lo que hay, pero son más útiles. La obra de Cervantes, en este sentido, supone dos lecciones:
- El mundo realmente existente es precario y defectuoso.
- La evasión de la realidad es errónea e imposible o infructífera.
Cervantes ocuparía así un lugar de honor en la historia del pensamiento occidental al poner su obra al servicio de la crítica de idealismos y postulados metafísicos varios. De esta manera, la interpretación erasmista de un Cervantes es imposible, puesto que la reacción erasmista, como vimos en su momento, consistió en una reacción fideísta e idealista frente al materialismo institucional en que se encarnaba el catolicismo. El erasmismo encaja a la perfección en la línea y en los postulados de las filosofías del deber ser.
En la obra de Cervantes aparecen múltiples códigos morales ficticios: el de los pastores, el de don Quijote, las supersticiones del ama y la sobrina, las normas de unos bandoleros mitificados... Creo que podrían distinguirse tres tipos de deber ser en la novela:
I- Dialéctico: el quijotesco, fundamentalmente, en la primera parte de la obra; el de los bandoleros que se encuentran camino a Barcelona en la segunda parte.
Centrándonos ahora en el primer caso, en el deber ser quijotesco, Sancho posee en éste un futuro, sin perjuicio de su clase social:

“Ya en este tiempo se había levantado Sancho Panza, algo maltratado de los mozos de los frailes, y había estado atento a la batalla de su señor don Quijote, y rogaba a Dios en su corazón fuese servido de darle vitoria y que en ella ganase alguna ínsula de donde le hiciese gobernador, como se lo había prometido. Viendo, pues, ya acabada la pendencia y que su amo volvía a subir sobre Rocinante, llegó a tenerle el estribo y, antes que subiese, se hincó de rodillas delante dél y, asiéndole de la mano, se la besó y le dijo:
—Sea vuestra merced servido, señor don Quijote mío, de darme el gobierno de la ínsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado, que, por grande que sea, yo me siento con fuerzas de saberla gobernar tal y tan bien como otro que haya gobernado ínsulas en el mundo.
A lo cual respondió don Quijote:
—Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a ésta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza, o una oreja menos. Tened paciencia, que aventuras se ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino más adelante.
Agradecióselo mucho Sancho, y, besándole otra vez la mano y la falda de la loriga, le ayudó a subir sobre Rocinante, y él subió sobre su asno y comenzó a seguir a su señor, que a paso tirado, sin despedirse ni hablar más con las del coche, se entró por un bosque que allí junto estaba” (Quijote I, X, 123-124).

Don Quijote incluso manifiesta que en la moral caballeresca las diferencias sociales se diluyen (I, XI, 131). Don Quijote enuncia un deber ser que se enfrenta directamente con la realidad vigente. Lo que él reivindica y pretende imponer nos dibuja una idea de lo que no existe:

“—Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia: aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella sin ser forzada ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van agora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude, el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interese, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar, ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señora, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y agora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta, porque allí, por los resquicios o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. Desta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra” (Quijote I, XI, 133-135).

Al modo hesiódico, el mito sirve a la crítica de lo vigente, ya sea la sociedad homérica de raigambre aristocrática o la España Imperial y católica. Vemos que don Quijote atenta contra los valores católicos y hace referencia a la libertad sexual (su perdición nacía de su propio gusto y voluntad) de las mujeres, al igual que Marcela. El discurso de Marcela y el de Don Quijote, pueden ser interpretados como dos reivindicaciones éticas que no encuentran acogida en los códigos morales vigentes, razón por la cual deben sustentarse en códigos inexistentes: el de la caballería y el pastoril. La diferencia es que el deber ser en el que se sitúa Marcela no es dialéctico (Marcela no se enfrenta al mundo), sino paralelo (Marcela se recluye del mundo). Lo veremos.
Otro caso clarísimo de deber ser dialéctico en la obra se encuentra representado, como anuncié, en el personaje del bandolero catalán, Roque.

“Mostraron afligirse los capitanes, entristecióse la señora regenta y no se holgaron nada los peregrinos, viendo la confiscación de sus bienes. Túvolos así un rato suspensos Roque, pero no quiso que pasase adelante su tristeza, que ya se podía conocer a tiro de arcabuz, y volviéndose a los capitanes dijo:
—Vuesas mercedes, señores capitanes, por cortesía, sean servidos de prestarme sesenta escudos, y la señora regenta ochenta, para contentar esta escuadra que me acompaña, porque el abad, de lo que canta yanta, y luego puédense ir su camino libre y desembarazadamente, con un salvoconduto que yo les daré, para que si toparen otras de algunas escuadras mías que tengo divididas por estos contornos, no les hagan daño, que no es mi intención de agraviar a soldados ni a mujer alguna, especialmente a las que son principales.
Infinitas y bien dichas fueron las razones con que los capitanes agradecieron a Roque su cortesía y liberalidad, que por tal la tuvieron, en dejarles su mismo dinero. La señora doña Guiomar de Quiñones se quiso arrojar del coche para besar los pies y las manos del gran Roque, pero él no lo consintió en ninguna manera, antes le pidió perdón del agravio que le había hecho forzado de cumplir con las obligaciones precisas de su mal oficio. Mandó la señora regenta a un criado suyo diese luego los ochenta escudos que le habían repartido, y ya los capitanes habían desembolsado los sesenta. Iban los peregrinos a dar toda su miseria, pero Roque les dijo que se estuviesen quedos, y volviéndose a los suyos, les dijo:
—Destos escudos dos tocan a cada uno, y sobran veinte: los diez se den a estos peregrinos, y los otros diez a este buen escudero, porque pueda decir bien de esta aventura.
Y, trayéndole aderezo de escribir, de que siempre andaba proveído, Roque les dio por escrito un salvoconduto para los mayorales de sus escuadras y, despidiéndose dellos, los dejó ir libres y admirados de su nobleza, de su gallarda disposición y estraño proceder, teniéndole más por un Alejandro Magno que por ladrón conocido. Uno de los escuderos dijo en su lengua gascona y catalana:
—Este nuestro capitán más es para frade que para bandolero: si de aquí adelante quisiere mostrarse liberal, séalo con su hacienda y no con la nuestra.
No lo dijo tan paso el desventurado, que dejase de oírlo Roque, el cual, echando mano a la espada, le abrió la cabeza casi en dos partes, diciéndole:
—Desta manera castigo yo a los deslenguados y atrevidos” (Quijote II, LX, 1231-1232).

Se trata de una concepción absolutamente ideal e inverosímil de la delincuencia, que aún así no pierde su consideración dialéctica al tratarse de una actividad que se enfrenta al ordenamiento jurídico establecido.
II- Paralelo: es el caso de los pastores fingidos tanto en la primera como en la segunda parte, y el del propio don Quijote en la segunda parte, cuando ya todo el mundo le sigue el juego o cuando resuelve hacerse pastor. Veamos el ejemplo de los pastores que aparecen en la primera parte.

“—Pues sabed —prosiguió el mozo— que murió esta mañana aquel famoso pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores de aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aquélla que se anda en hábito de pastora por esos andurriales.
—Por Marcela, dirás —dijo uno.
—Por ésa digo —respondió el cabrero—. […] A todo lo cual responde aquel gran su amigo Ambrosio, el estudiante, que también se vistió de pastor con él, que se ha de cumplir todo, sin faltar nada, como lo dejó mandado Grisóstomo, y sobre esto anda el pueblo alborotado; mas, a lo que se dice, en fin se hará lo que Ambrosio y todos los pastores sus amigos quieren, y mañana le vienen a enterrar con gran pompa adonde tengo dicho. Y tengo para mí que ha de ser cosa muy de ver; a lo menos, yo no dejaré de ir a verla, si supiese no volver mañana al lugar” (Quijote I, XII, 140-141).

En algunas ocasiones parece que el deber ser que ejercen se torna dialéctico, pero no es así en ningún momento. Veámoslo con detenimiento. Dos casos en los que las posturas de los jóvenes pastores fingidos parecen tomar un cariz conflictivo serían los siguientes:
1 - La postura de Galatea ante el matrimonio.

“Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable, mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir “Quiérote por hermosa: hasme de amar aunque sea feo”. Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran: que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en cuál habían de parar, porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos. Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien?” (Quijote I, XIIII, 167-168).

2 - El suicidio de Grisóstomo.

“[…] y es lo bueno, que mandó en su testamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro, y que sea al pie de la peña donde está la fuente del alcornoque, porque, según es fama y él dicen que lo dijo, aquel lugar es adonde él la vio la vez primera. Y también mandó otras cosas, tales, que los abades del pueblo dicen que no se han de cumplir ni es bien que se cumplan, porque parecen de gentiles” (Quijote I, XII, 140).

Es cierto que el suicidio de Grisóstomo es el reflejo literario de un acto sumamente impío, pero no posee gran trascendencia. En este episodio del Quijote, Cervantes está llevando a la novela, a mi juicio y siguiendo las expertas tesis de Menéndez Pidal, el Romance del pastor desesperado, perteneciente al Romancero viejo. Lo transcribo a continuación:

“Por aquel lirón arriba lindo pastor va llorando; del agua de los sus ojos el gabán lleva mojado. —Buscaréis, ovejas mías, pastor más aventurado, que os lleve a la fuente fría y os caree con su cayado. ¡Adiós, adiós, compañeros, las alegrías de antaño!, si me muero deste mal, no me enterréis en sagrado; no quiero paz de la muerte, pues nunca fui bien amado; enterréisme en prado verde, donde paste mi ganado, con una piedra que diga: «Aquí murió un desdichado; murió del mal del amor, que es un mal desesperado». Ya le entierran al pastor en medio del verde prado, al son de un triste cencerro, que no hay allí campanario. Tres serranitas le lloran al pie del monte serrano; una decía: «Ay mi primo» otra decía: «Ay mi hermano» la más chiquita dellas: «Adiós, lindo enamorado, mal te quise por mi mal, siempre viviré penando»” (Edición de Menéndez Pidal, 1938/1988: 246- 247).

Vemos, pues, que el pastor desesperado se parece muchísimo al Grisóstomo de Cervantes, autor a su vez de una Canción desesperada. No es, en consecuencia, el tema del suicidio la novedad que introduce Cervantes, que en este punto simplemente retoma el tópico del Romancero. Lo novedoso en el Quijote es que se trata de pastores fingidos, gentes acomodadas que deciden entregarse a una ficción. No son los elementos impíos la gran novedad en Cervantes, sino los elementos sociales. El viejo romance lo convierte nuestro genial novelista en una estrategia más para mostrar las absurdas vidas de gentes acomodadas y ociosas.
Ahora bien, ni Marcela ni Grisóstomo se enfrentan al mundo, simplemente se evaden con la muerte o la soledad. Ninguno lucha por imponer su deber ser al resto de la sociedad, sólo don Quijote lo hace. Marcela lo expresa claramente: “Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos: los árboles destas montañas son mi compañía; las claras aguas destos arroyos, mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos” (Quijote I, XIIII, 168). Si para ser libre se precisa de una huída de la sociedad para refugiarse en una naturaleza idealizada, entonces no hay libertad que valga. Marcela no logra la libertad, se rinde a la impotencia.
En cuanto al deber ser que aparece reflejado en la segunda parte del Quijote es cierto que, como hemos indicado, se convierte en un mundo paralelo aparte: el caballero de los espejos (en una aventura análoga a lo que podría ser la invención de la princesa Micomicona en la primera parte) es un ejemplo, pero, sobre todo, el mundo paralelo se abrirá paso en el palacio de los duques en Aragón. En ese palacio todo está recreado para que don Quijote viva de la misma manera que en una novela de caballerías y para que Sancho viva las esperanzas que don Quijote le inculcó. Pero lo que será sueño para don Quijote se convertirá en pesadilla para un Sancho que demostrará ser el personaje más digno de la obra. La dialéctica social, en la segunda parte, lo inunda todo, como vimos en los capítulos precedentes.
¿Y qué decir de la realidad paralela que supone que unos asesinos de soldados españoles sean perdonados una vez apresados?

“—Una por una vuestras lágrimas no me dejarán cumplir mi juramento: vivid, hermosa Ana Félix, los años de vida que os tiene determinados el cielo, y lleven la pena de su culpa los insolentes y atrevidos que la cometieron.
Y mandó luego ahorcar de la entena a los dos turcos que a sus dos soldados habían muerto, pero el virrey le pidió encarecidamente no los ahorcase, pues más locura que valentía había sido la suya. Hizo el general lo que el virrey le pedía, porque no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada” (Quijote II, LXIII, 1262).

El Quijote nos presenta multitud de realidades paralelas, algunas de ellas ciertamente hermosas, pero imposibles todas por principio.
III- Analógico y acrítico: se trata de los ejemplos del ama y de la sobrina. El mundo en el que se mueve un personaje como el del Ama supone también un deber ser que causa risa, el de la irracionalidad de las creencias religiosas rebajadas al rango de superstición:

“Pidió las llaves a la sobrina del aposento donde estaban los libros autores del daño, y ella se las dio de muy buena gana. Entraron dentro todos, y la ama con ellos, y hallaron más de cien cuerpos de libros grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños; y, así como el ama los vio, volvióse a salir del aposento con gran priesa, y tornó luego con una escudilla de agua bendita y un hisopo, y dijo:
—Tome vuestra merced, señor licenciado; rocíe este aposento, no esté aquí algún encantador de los muchos que tienen estos libros, y nos encanten, en pena de las que les queremos dar echándolos del mundo.
Causó risa al licenciado la simplicidad del ama y mandó al barbero que le fuese dando de aquellos libros uno a uno, para ver de qué trataban, pues podía ser hallar algunos que no mereciesen castigo de fuego” (Quijote I, VI, 83).

En el Quijote, el diablo y los encantadores quedan puestos al mismo nivel. De hecho, al poder le interesa mantener ciertas creencias, siempre que no sean molestas. El cura no tendrá ningún inconveniente en seguirle el juego a don Quijote. Además, mientras jueguen con él, el juego estará bajo control.

“Uno de los remedios que el cura y el barbero dieron por entonces para el mal de su amigo fue que le murasen y tapiasen el aposento de los libros, porque cuando se levantase no los hallase —quizá quitando la causa, cesaría el efeto—, y que dijesen que un encantador se los había llevado, y el aposento y todo; y así fue hecho con mucha presteza. De allí a dos días, se levantó don Quijote, y lo primero que hizo fue ir a ver sus libros; y, como no hallaba el aposento donde le había dejado, andaba de una en otra parte buscándole. Llegaba adonde solía tener la puerta, y tentábala con las manos, y volvía y revolvía los ojos por todo, sin decir palabra; pero al cabo de una buena pieza preguntó a su ama que hacia qué parte estaba el aposento de sus libros. El ama, que ya estaba bien advertida de lo que había de responder, le dijo:
—¿Qué aposento, o qué nada, busca vuestra merced? Ya no hay aposento ni libros en esta casa, porque todo se lo llevó el mesmo diablo.
—No era diablo —replicó la sobrina—, sino un encantador que vino sobre una nube una noche, después del día que vuestra merced de aquí se partió, y, apeándose de una sierpe en que venía caballero, entró en el aposento, y no sé lo que se hizo dentro, que a cabo de poca pieza salió volando por el tejado, y dejó la casa llena de humo; y cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho, no vimos libro ni aposento alguno: sólo se nos acuerda muy bien a mí y al ama que al tiempo del partirse aquel mal viejo, dijo en altas voces que, por enemistad secreta que tenía al dueño de aquellos libros y aposento, dejaba hecho el daño en aquella casa que después se vería. Dijo también que se llamaba el sabio Muñatón” (Quijote I, VII, 97-98).

De aquí tomará don Quijote –en la acertada tesis de Torrente Ballester- el recurso al encantamiento que él mismo ejercitará en adelante en toda la obra para mantener el engaño frente a Sancho. Al poder le interesa mantener cualquier engaño (Quijote II, XXXIII, 992) que haga permanecer al vulgo en la ignorancia, las molestias comienzan cuando el deber ser lo crea y lo impone dialécticamente un individuo. Aún así, la actitud de don Quijote, por muy dialéctica que sea, no pasa de ser un divertimento, es inocua, -y eso lo sabe Cervantes-, razón por la cual el cura y el barbero siguen el juego a don Quijote más veces de las que se lo discuten [todos los episodios referentes a la princesa Micomicona; la lucha con el cabrero en el último capítulo de la primera parte; el engaño para meter a don Quijote en la jaula; el episodio del esclarecimiento del verdadero estatus del yelmo de Mambrino como tal yelmo]. Los juegos lo dejan todo como está, salvo para aquellos que no pueden permitirse jugar. La víctima auténtica es Sancho, o el muchacho castigado por su amo en el capítulo IV de la primera parte, personajes entre los que se observa una auténtica solidaridad en la obra (Quijote I, XXXI, 399-402):

“Estando en esto, acertó a pasar por allí un muchacho que iba de camino, el cual, poniéndose a mirar con mucha atención a los que en la fuente estaban, de allí a poco arremetió a don Quijote y, abrazándole por las piernas, comenzó a llorar muy de propósito, diciendo:
—¡Ay, señor mío! ¿No me conoce vuestra merced? Pues míreme bien, que yo soy aquel mozo Andrés que quitó vuestra merced de la encina donde estaba atado.
Reconocióle don Quijote, y asiéndole por la mano, se volvió a los que allí estaban y dijo:
—Porque vean vuestras mercedes cuán de importancia es haber caballeros andantes en el mundo, que desfagan los tuertos y agravios que en él se hacen por los insolentes y malos hombres que en él viven, sepan vuestras mercedes que los días pasados, pasando yo por un bosque, oí unos gritos y unas voces muy lastimosas, como de persona afligida y menesterosa. Acudí luego, llevado de mi obligación, hacia la parte donde me pareció que las lamentables voces sonaban, y hallé atado a una encina a este muchacho que ahora está delante, de lo que me huelgo en el alma, porque será testigo que no me dejará mentir en nada. Digo que estaba atado a la encina, desnudo del medio cuerpo arriba, y estábale abriendo a azotes con las riendas de una yegua un villano, que después supe que era amo suyo; y así como yo le vi, le pregunté la causa de tan atroz vapulamiento; respondió el zafio que le azotaba porque era su criado, y que ciertos descuidos que tenía nacían más de ladrón que de simple; a lo cual este niño dijo: “Señor, no me azota sino porque le pido mi salario”. El amo replicó no sé qué arengas y disculpas, las cuales, aunque de mí fueron oídas, no fueron admitidas. En resolución, yo le hice desatar, y tomé juramento al villano de que le llevaría consigo y le pagaría un real sobre otro, y aun sahumados. ¿No es verdad todo esto, hijo Andrés? ¿No notaste con cuánto imperio se lo mandé, y con cuánta humildad prometió de hacer todo cuanto yo le impuse y notifiqué y quise? Responde, no te turbes ni dudes en nada, di lo que pasó a estos señores, porque se vea y considere ser del provecho que digo haber caballeros andantes por los caminos.
—Todo lo que vuestra merced ha dicho es mucha verdad —respondió el muchacho—, pero el fin del negocio sucedió muy al revés de lo que vuestra merced se imagina”.

Por primera vez va a enfrentarse don Quijote con una de las consecuencias de sus acciones. Va a conocer el resultado real y efectivo que obtuvo en uno de los primeros ejercicios de su concepto de Justicia aplicado, esto es importante, al caso de un muchacho que estaba sufriendo un castigo severo y desproporcionado.

“—¿Cómo al revés? —replicó don Quijote—. Luego ¿no te pagó el villano?
—No sólo no me pagó —respondió el muchacho—, pero así como vuestra merced traspuso del bosque y quedamos solos, me volvió a atar a la mesma encina, y me dio de nuevo tantos azotes, que quedé hecho un Sanbartolomé desollado; y a cada azote que me daba, me decía un donaire y chufeta acerca de hacer burla de vuestra merced, que, a no sentir yo tanto dolor, me riera de lo que decía. En efecto, él me paró tal, que hasta ahora he estado curándome en un hospital del mal que el mal villano entonces me hizo. De todo lo cual tiene vuestra merced la culpa, porque si se fuera su camino adelante y no viniera donde no le llamaban, ni se entremetiera en negocios ajenos, mi amo se contentara con darme una o dos docenas de azotes, y luego me soltara y pagara cuanto me debía. Mas como vuestra merced le deshonró tan sin propósito y le dijo tantas villanías, encendiósele la cólera, y, como no la pudo vengar en vuestra merced, cuando se vio solo descargó sobre mí el nublado, de modo que me parece que no seré más hombre en toda mi vida.
—El daño estuvo —dijo don Quijote— en irme yo de allí; que no me había de ir hasta dejarte pagado, porque bien debía yo de saber por luengas experiencias que no hay villano que guarde palabra que tiene, si él vee que no le está bien guardalla. Pero ya te acuerdas, Andrés, que yo juré que si no te pagaba, que había de ir a buscarle, y que le había de hallar, aunque se escondiese en el vientre de la ballena.
—Así es la verdad —dijo Andrés—, pero no aprovechó nada.
—Ahora verás si aprovecha —dijo don Quijote.
Y, diciendo esto, se levantó muy apriesa y mandó a Sancho que enfrenase a Rocinante, que estaba paciendo en tanto que ellos comían.
Preguntóle Dorotea qué era lo que hacer quería. Él le respondió que quería ir a buscar al villano y castigalle de tan mal término, y hacer pagado a Andrés hasta el último maravedí, a despecho y pesar de cuantos villanos hubiese en el mundo. A lo que ella respondió que advirtiese que no podía, conforme al don prometido, entremeterse en ninguna empresa hasta acabar la suya, y que pues esto sabía él mejor que otro alguno, que sosegase el pecho hasta la vuelta de su reino.
—Así es verdad —respondió don Quijote—, y es forzoso que Andrés tenga paciencia hasta la vuelta, como vos, señora, decís; que yo le torno a jurar y a prometer de nuevo de no parar hasta hacerle vengado y pagado”.

Don Quijote pretende salvar su juego frente a una realidad social muy dura: su labor lúdica sirvió para causarle más daño del que ya padecía a un joven inocente. El muchacho no desea más ayudas, le niega a don Quijote el seguir sirviéndole como instrumento para su juego. Le veta la posibilidad de jugar con él.

“—No me creo desos juramentos —dijo Andrés—. Más quisiera tener agora con qué llegar a Sevilla que todas las venganzas del mundo. Déme, si tiene ahí, algo que coma y lleve, y quédese con Dios su merced y todos los caballeros andantes, que tan bien andantes sean ellos para consigo como lo han sido para conmigo.
Sacó de su repuesto Sancho un pedazo de pan y otro de queso, y dándoselo al mozo, le dijo:
—Tomá, hermano Andrés, que a todos nos alcanza parte de vuestra desgracia.
—Pues ¿qué parte os alcanza a vos? —preguntó Andrés.
—Esta parte de queso y pan que os doy —respondió Sancho—, que Dios sabe si me ha de hacer falta o no; porque os hago saber, amigo, que los escuderos de los caballeros andantes estamos sujetos a mucha hambre y a mala ventura, y aun a otras cosas que se sienten mejor que se dicen.
Andrés asió de su pan y queso y, viendo que nadie le daba otra cosa, abajó su cabeza y tomó el camino en las manos, como suele decirse. Bien es verdad que, al partirse, dijo a don Quijote:
—Por amor de Dios, señor caballero andante, que si otra vez me encontrare, aunque vea que me hacen pedazos, no me socorra ni ayude, sino déjeme con mi desgracia, que no será tanta, que no sea mayor la que me vendrá de su ayuda de vuestra merced, a quien Dios maldiga, y a todos cuantos caballeros andantes han nacido en el mundo”.

Ante este veto, la reacción de Sancho será solidaria con Andrés y frente a don Quijote: él sabe perfectamente lo que ha sufrido el muchacho porque él mismo lo sufre y lo seguirá sufriendo en el camino en el que acompaña a su señor. La reacción de don Quijote, en cambio, al ver vetado su entretenimiento lúdico, será violenta.

“Íbase a levantar don Quijote para castigalle, más el se puso a correr de modo que ninguno se atrevió a seguille. Quedó corridísimo don Quijote del cuento de Andrés, y fue menester que los demás tuviesen mucha cuenta con no reírse, por no acaballe de correr del todo”.

La ruindad que exhiben en este episodio Dorotea y compañía no tiene límites. Los personajes más humildes y en peor situación social y existencial que aparecen en el Quijote no juegan, sino que se creen el juego. Andrés confiará en don Quijote mientras crea que éste realmente pretende ayudarle. Una vez comprobado que sólo se trata de un divertimento se negará a seguir la farsa. Nunca ocurre así, como hemos visto, con los nobles y personajes acomodados que pueblan la obra. En consecuencia, yerra Torrente, a mi juicio, cuando manifiesta que “No obstante, el Quijote se pudo escribir sin Sancho, como se escribió el Protoquijote” (Torrente, "El Quijote como juego", 1984: 87). No es cierto. Una vez más, Torrente se equivoca al ignorar la dialéctica social que está presente en toda la obra. No en vano, en el Protoquijote, esta dialéctica se encuentra personificada en el personaje de Andrés, lo que indica que Cervantes introduce la dialéctica social, que luego ganará estabilidad gracias a la introducción del personaje de Sancho, desde el comienzo de la obra. Así se entienden también mejor las diferencias con el Quijote de Avellaneda, destinado, en mi lectura, a poner en su sitio socialmente a cada personaje. El de Avellaneda percibió la dialéctica social cervantina y pretendió deshacerla restableciendo un orden que, a su juicio, Cervantes jamás debió atreverse a cuestionar. Por eso la segunda parte intensifica esta dialéctica dignificando, hasta límites muy descarados, la nobleza del villano Sancho. Cervantes le viene a decir a Avellaneda: si no quieres taza, ten taza y media. En realidad, el Quijote nos muestra a un hidalgo venido a menos jugando, y todos los restantes señoritos que aparecen en la obra acaban metiéndose en el juego con él. Sólo Sancho, Andrés, y Dorotea, mientras se encontraba deshonrada, no después de encontrar a quien le repare el daño, son personajes humildes que no pueden jugar con la realidad: es demasiado evidente y rotunda. La tragedia de Sancho es que deja que don Quijote le cree esperanzas, y su solución vendrá de manos de Alonso Quijano a la hora de su muerte.
Don Quijote representa la evasión lúdica y violenta de un código moral y jurídico que no le gusta, pero Cervantes nos enseña que la evasión no siempre es posible ni deseable. El deber ser es un refugio, pero son personajes como Sancho los que adquieren auténtica dignidad. Cuando las esperanzas que don Quijote le vendía desaparecen, Sancho volverá a su realidad social y económica sin lamentarse. Su manera de vivir en el mundo resulta ser tan superior que no necesita ficciones para evadirse, aunque a veces la ficción quijotesca le seduzca, y aunque al final, como intento de animar a su señor, esté dispuesto a volver a jugar porque sabe que Alonso Quijano no tiene su misma capacidad para desenvolverse en la realidad. Alonso Quijano no soporta la realidad y Sancho se dará cuenta de que ése es el problema de su señor: prefiere morir antes que vivir como lo hace. Pero el imperativo de realidad de Sancho sí encuentra una recompensa: si don Quijote le dio esperanzas, Alonso Quijano renunciará a su personaje por recompensar a Sancho, dejándole bien dotado en su testamento. Y Sancho, que nunca defrauda a quienes le seguimos, se sentirá un poco más alegre gracias a esta herencia.

“Cerró con esto el testamento y, tomándole un desmayo, se tendió de largo a largo en la cama. Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en tres días que vivió después deste donde hizo el testamento se desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada, pero, con todo, comía la sobrina, brindaba el ama, y se regocijaba Sancho Panza, que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto.
En fin, llegó el último de don Quijote, después de recebidos todos los sacramentos y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías” (Quijote II, LXXIIII, 1334).

Alonso Quijano renuncia a su ficción no por la realidad (la última evasión que encontramos en el Quijote es la muerte de su protagonista), sino por la realidad de Sancho. Igual que hizo a Sancho vivir una ficción, ahora don Quijote descenderá de nuevo a la realidad para testar a favor de su fiel escudero. Don Quijote siempre fue el personaje creado por Alonso para jugar. Don Quijote siempre fue un hidalgo muy consciente y muy ingenioso (capaz de abrazar los sacramentos y de arrepentirse de lo que haga falta para poder dar cumplimiento a sus intereses: la mejora económica de Sancho y el fin del juego por el bien de éste), he aquí otro de los motivos para el ambiguo y dialéctico título de la obra, al que ya había hecho referencia y cuya resolución he querido posponer hasta el final del estudio, porque sólo al final del libro puede entenderse el título.
Cervantes nos muestra en el Quijote multitud de mundos ideales, ya dialécticos, ya paralelos, ya analógicos. Mundos algunos de ellos hermosos en los que un militar perdona la vida a unos asustados moros que mataron a dos soldados, o en los que un bandolero muestra un alto sentido de la justicia; pero la realidad se impone y lo que cuenta, al final, es actuar en esa realidad, como actuará al final don Quijote al hacer su testamento. Lo demás vale de poco. Al poder le interesa más un hidalgo que juega a ser caballero que un hidalgo que decide llevar hasta sus últimas consecuencias el juego haciendo beneficiario de su testamento a su escudero. La grandeza del Quijote reside en que la subversión de los roles estamentales comenzará lúdicamente, pero luego se materializará en la realidad vigente. Don Quijote dará finalmente cumplimiento a alguna de las falsas esperanzas que había inculcado a Sancho: ahí reside su valentía, en la materialización de los valores con que jugaba en la vida real. Como se dice en la obra:

“Don Antonio Moreno se llamaba el huésped de don Quijote, caballero rico y discreto y amigo de holgarse a lo honesto y afable, el cual, viendo en su casa a don Quijote, andaba buscando modos como, sin su perjuicio, sacase a plaza sus locuras, porque no son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que valgan, si son con daño de tercero” (Quijote II, LXII, 1237).

Mientras el narrador enuncia esta máxima, en la obra vemos constantemente el dolor que causan esas burlas a personajes como Sancho. Y cuando la burla acaba, las esperanzas desaparecen:

“Sancho, todo triste, todo apesarado, no sabía qué decirse ni qué hacerse: parecíale que todo aquel suceso pasaba en sueños y que toda aquella máquina era cosa de encantamento. Veía a su señor rendido y obligado a no tomar armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus hazañas escurecida, las esperanzas de sus nuevas promesas deshechas, como se deshace el humo con el viento” (Quijote II, LXV, 1268).

El juego ha finalizado, pero ha finalizado para comprometerse con la realidad social y económica de uno de sus afectados: Sancho. Sólo al final verá Sancho materializarse una mejora económica. En el cierre de la obra la generosidad triunfará a pesar de condicionamientos estamentales o religiosos. Alonso Quijano sí que se ha ganado ahora el apelativo de “Bueno”, como amigo que responde a la lealtad y el aprecio del que fue su leal compañero de viaje.
La subversión, al fin y al cabo, terminará triunfando en el Quijote gracias al arrepentimiento fingido y racionalmente calculado de Alonso Quijano. El ser aparece en el Quijote como criterio regulador de las acciones. La necesidad y el determinismo requieren, para que la libertad triunfe, del uso de la inteligencia, no de la evasión. He aquí la lección que nos enseñó Cervantes. Aprendida queda.